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Al Faro

Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:

Tal y como viene siendo habitual en la obra de Virginia Woolf, en?Al Faro? no se descubre nada nuevo para los incondicionales de la autora. Tanto en el argumento como en la t?cnica narrativa se pueden encontrar elementos comunes: personajes atormentados e insatisfechos consigo mismos y con la realidad que les ha tocado vivir, paisajes agrestes y desfavorables para la convivencia y habitabilidad humana, y la novedosa utilizaci?n de la tercera persona y del reproducci?n de los pensamientos de los protagonistas.
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Cada latido de este pulso parecía, al alejarse él, incluirla a ella y a su marido, y parecía dar a cada uno ese solaz que dos notas diferentes, una alta, otra baja, que sonaran a la vez, parecen ofrecerse una a otra al combinarse. No obstante, al apagarse la resonancia, al volver al cuento de hadas, Mrs. Ramsay se sintió no sólo fisicamente cansada (siempre le ocurría después, nunca en el momento), sirio como si la fatiga se hubiera teñido vagamente de alguna sensación desagradable que tuviera otra causa. Y no es que, al leer en voz alta la historia de la mujer del pescador, ella no supiera exactamente de dónde procedía; ni se permitió traducir a palabras su insatisfacción, cuando se dio cuenta, al pasar la página -cuando se detuvo y oyó aburrida, ominosamente, cómo rompía una ola-, de dónde procedía: no le gustaba, ni un segundo, sentirse mejor que su marido; más aún, no podía soportar no estar completamente segura, cuando hablaba con él, de la verdad de lo que decía. Las universidades y personas que lo necesitaban, las conferencias y los libros que eran tan importantes, ni se le ocurría por un momento dudar de nada de esto; pero lo que la desazonaba era su relación, y el acercarse a ella así, abiertamente, para que lo viera todo el mundo; porque entonces la gente diría que dependía de ella; cuando todos debían saber que de los dos era él infinitamente más importante; y que lo que ella daba al mundo, en comparación con lo que daba él, era una insignificancia. Pero, claro, además estaba lo otro, lo de no ser capaz de decirle la verdad, por ejemplo, respecto de lo del tejado del invernadero, y lo que iba a costar repararlo, unas cincuenta libras, quizá; y luego estaba lo de sus libros, y el temor de que él pudiera enterarse de que ella sospechaba que este último no había sido quizá el mejor que hubiera escrito en su vida (lo había deducido de algún comentario de William Bankes); y también lo de ocultarle cosillas sin importancia, y que se dieran cuenta los niños, y la carga que era para ellos; esto es lo que empañaba toda alegría, la pura alegría, la de las dos notas que sonaban juntas, y dejaba que el sonido lúgubremente desafinado se apagara en su oído.

Oscureció la página una sombra, levantó la mirada. Era Augustus Carmichael, que pasaba arrastrando los pies, justamente ahora, en el momento en que tan doloroso era que le recordaran lo inadecuado de las relaciones humanas, que ni el más perfecto dejaba de tener defectos, y no pudo sufrir el examen que, como quería a su marido, con su pasión por la sinceridad, hizo de sí misma; cuando era tan doloroso sentirse rea de nulidad, y ajena a sus propias funciones por mentiras y exageraciones; justo en este momento, en que más se consumía innoblemente en medio de su exaltación, fue cuando pasó Mr. Carmichael arrastrando los pies, con las zapatillas amarillas, y algún demonio propio la obligó a decir cuando pasaba:

– ¿Va a casa, Mr. Carmichael?

8

No dijo nada. Tomaba opio. Los niños decían que el opio volvía rubia la barba. Quizá. Lo que sí le parecía evidente es que el pobre era un infeliz, y que se venía con ellos todos los años para huir de algo; y año tras año ella se sentía igual; él no confiaba en ella. Le había dicho: «Voy al pueblo, ¿quiere sellos, papel de cartas, tabaco?», y él se limitó a quedarse parpadeando. No confiaba en ella. Era obra de su mujer. Recordaba la inquina que le tuvo su mujer a Mr. Carmichael, y lo intransigente que era aquella mujercita detestable a quien había visto con sus propios ojos echarlo del minúsculo alojamiento de St. John's Wood. Era desordenado, se manchaba, y era todo lo pesado que pudiera ser un anciano sin nada que hacer en el mundo; lo había echado de casa. Dijo, con aquella voz tan desagradable: «Sí, Mrs. Ramsay, creo que tenemos que hablar», y Mrs. Ramsay tuvo que escuchar, como si ocurriera ante sus ojos, una relación de las incontables desdichas de la vida de él. ¿Tenía dinero para comprar tabaco? ¿Tenía que pedírselo a ella?, ¿media corona?, ¿dieciocho peniques? Ay, no quería ni pensar en las humillaciones por las que le había hecho pasar. Ahora la evitaba (nunca supo por qué, excepto que, de forma inconcreta, seguro que tenía que ver con aquella mujer). Él nunca le dijo nada. Pero ¿qué otra cosa podría haber hecho ella? Tenían siempre una habitación soleada para él. Los niños eran amables con él. Nunca dio ella muestras de que no quisiera que estuviera con ellos. Hasta se esforzaba en ser amable. ¿Quiere sellos, tabaco? Creo que este libro le gustará…, etcétera. Y después de todo -después de todo (aquí, insensiblemente, ella se refugió en sí misma, fisicamente; se le hizo presente, cosa rara, el sentido de su propia belleza}-, después de todo, a ella no le costaba nada que la gente se fijara en ella; por ejemplo, George Manning, Mr. Wallace, famosos y todo, se acercaban a visitarla por las tardes, y se quedaban charlando junto al fuego. Sabía llevar con elegancia la antorcha de la belleza, y se sabía bella; exhibía esta antorcha con orgullo dondequiera que entrara; y, después de todo, por mucho que hiciera por velarla, y por mucho que le disgustara la monotonía que eso le imponía, la belleza era evidente. La habían admirado. La habían amado. Había entrado en velatorios. Había visto llorar. Hombres y mujeres, liberados de sus preocupaciones, se habían consentido ante ella el consuelo de la sencillez. La hería que él la evitara. Le dolía. No era claro, no estaba bien. Eso es lo que le importaba: que se agregara esto al enfado con su marido; tenía la sensación, ahora, al pasar Mr. Carmichael arrastrando las zapatillas amarillas, con un libro bajo el brazo, asintiendo con la cabeza, de que no se fiaba de ella; y pensaba que todos sus deseos de dar, de ayudar, eran pura vanidad. Era por amor propio por lo que tan ansiosamente se empeñaba en dar, en ayudar; para que la gente dijera: «¡Oh, Mrs. Ramsay!, querida Mrs. Ramsay… ¡Claro que sí, Mrs. Ramsay!» Para que la necesitaran y la buscaran y la admiraran. ¿No era éste su más secreto deseo?, y, por lo tanto, ¿no era lógico que, cuando Mr. Carmichael la evitaba, como acababa de hacer, y fuera a ocultarse en cualquier rincón donde se dedicaba a hacer crucigramas inacabablemente, no sólo se sintiera desdeñada y contrariada, sino que se le hiciera sentir la mezquindad de una parte de ella, y de las relaciones humanas?; y estas relaciones, en el mejor de los casos, qué imperfectas son, qué despreciables, qué egoístas. Marchita, agotada (las mejillas hundidas, el cabello cano), quizá la imagen de su belleza ya no alegraba a nadie, mejor sería que se dedicara al cuento de El Pescador y su Mujer para apaciguar este manojo de nervios (el más sensible de sus hijos) que era su hijo James.

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