Al Faro
- Автор: Woolf Virginia
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:
¿Quién lo censuraría si, quedándose inmóvil un momento, se demorase en la fama, en las expediciones que acudirían a rescatarlo, en los monumentos fúnebres que se erigirían sobre sus huesos por los agradecidos discípulos? En fin, ¿quién censuraría al dirigente de la expedición condenada al fracaso, si, tras haberse arriesgado hasta el límite, y tras haber puesto toda la fuerza en ello, hasta el último gramo, hasta quedarse dormido sin saber si se despertará o no, advirtiera ahora, a causa de unos pinchazos en los dedos de los pies, que estaba vivo, y que eso de vivir no le desagradaba nada, y que necesitaba consuelo, whisky, y alguien a quien contarle inmediatamente sus penalidades? ¿Quién lo censuraría? ¿Quién no se regocijaría íntimamente cuando el héroe se quitara la armadura, se detuviera junto a la ventana, y se quedara mirando a su esposa e hijo, quienes, distantes al comienzo, se acercarían poco a poco, hasta que los labios y el libro y la cabeza estuvieran ante él, aunque todavía amables y como desconocidos a causa de la intensidad de su aislamiento, y del erial de los tiempos y de la muerte de las estrellas? Finalmente, tras guardar la pipa en el bolsillo, inclinada la magnífica cabeza ante ella, ¿quién lo censuraría si rindiera homenaje a la belleza del mundo?
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Pero su hijo lo odiaba. Lo odiaba por acercarse a ellos, por creerse superior, lo odiaba por interrumpir, lo odiaba por la ampulosidad y lo sublime de los gestos, por la espléndida cabeza que tenía, por su precisión y egotismo (ahí estaba otra vez, exigiendo que le prestaran atención), pero, sobre todo, lo odiaba por los chirridos y trinos de sus emociones que, vibrando por toda la habitación, perturbaban la perfecta sencillez y buen sentido de las relaciones con su madre. Esperaba que, si se quedaba mirando con toda atención la página, se fuera; confiaba en llamar la atención de su madre si señalaba una palabra con el dedo; su madre, para su enfado, se quedaba paralizada cuando aparecía su marido. Pero no. Nada obligaría a Mr. Ramsay a moverse. Se quedaba, y exigía consuelos.
Mrs. Ramsay, que había estado reclinada, con el brazo sobre su hijo, se irguió, y, medio vuelta, pareció que fuera a levantarse; fue como si hubiera enviado verticalmente al aire una lluvia de energía, una columna de rocío, que pareciera a la vez animada y viva, como si su energía se hubiera fundido con una fuerza con brillo y luz propios (aunque estaba sentada, y había cogido el calcetín de nuevo); y como si en esta deliciosa fecundidad, en este surtidor y fuente de la vida, se hundiera la funesta esterilidad masculina, punzante pico de bronce, estéril y desnudo. Quería consuelos. Era un fracasado, dijo. Destellaron las agujas de Mrs. Ramsay. Mr. Ramsay, sin dejar de mirarla a la cara, repitió lo que había dicho: que era un fracaso. Le devolvió las palabras en un suspiro. «Charles Tansley…», dijo. Pero él quería más. Lo que necesitaba era consuelo: en primer lugar, que le aseguraran que era un genio, y, a continuación, que lo introdujeran en la esfera de la vida, que lo acogieran y calmaran, que le hicieran recobrar la sensatez, que la esterilidad se convirtiera en fertilidad, y que todas las habitaciones de la casa se llenaran de vida: el salón, la cocina tras el salón, los dormitorios sobre la cocina, y más allá, los cuartos de juegos de los niños; había que acomodarlos, llenarlos de vida.
Charles Tansley pensaba que era el metafisico más importante de su época, dijo ella. Pero él quería algo más. Quería consuelos. Deseaba que le aseguraran que estaba en el centro de la vida, que lo necesitaban; y no sólo aquí, en todo el mundo. Las agujas destellaban, y ella, confiada, erguida, creaba el salón y la cocina, los iluminaba; y le dijo que se calmara, que entrara y que saliera, que se divirtiera. Se reía, tejía. Entre las rodillas de ella, muy envarado, James advertía cómo ardía en llamas toda la fuerza de ella para que la bebiera y sofocara el punzante pico de bronce, la yerma cimitarra del macho, que, una vez tras otra, golpeaba inmisencorde, exigiendo consuelo.
Era un fracasado, repetía. Sí, mira, toca. Destellaron las agujas; tras echar una breve mirada alrededor, más allá de la ventana, al propio James, le aseguró, sin sombra de duda, con su risa, con su actitud, con su eficacia (al igual que la niñera que lleva una luz al dormitorio a oscuras tranquiliza al niño inquieto), que era real, que la casa estaba llena, que el jardín florecía. Si tuviera en ella una fe incondicionada, nada lo heriría; por muy hondo que se enterrara, o por muy alto que escalara, ni durante un segundo estaría sin ella. Así, alardeando de su capacidad para amparar y proteger, apenas había un fragmento de ella misma que le sirviera para conocerse; todo lo gastaba con generosidad; y James, rígido entre las rodillas, sentía como si ella floreciera al modo de un frutal cargado de frutos rosados, lleno de hojas y de ramas bailarinas, en el que el punzante pico de bronce, la árida cimitarra del padre, el egotista, se hundía y golpeaba, mientras exigía consuelo.
Lleno de las palabras de ella, como el niño que se aparta satisfecho, dijo, finalmente, mirándola con humilde gratitud, restaurado, renovado, que iba a dar un paseo, a ver a los niños jugar al críquet. Se fue.
Al momento, Mrs. Ramsay pareció recogerse sobre sí misma, un pétalo tras otro, y todo el edificio se recogió sobre sí mismo, exhausto, de forma que sólo le quedó fuerza para mover un dedo, con el exquisito abandono del cansancio, por la página del cuento de hadas de Grimm, mientras latía en ella, como el pulso de una primavera que ha alcanzado su expansión máxima y ahora delicadamente deja de latir, el rapto de la creación lograda.