MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos
- Автор: MOLINA MAURICIO ARANGUREN
- Язык: испанский
- Жанр: Биографии и мемуары
Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:
Alcanc� la carretera como un guerrero derrotado y humillado, sin un zapato, ni camisa. Mi tronco desnudo dejaba ver la mancha de sangre que proven�a de mi ojo hinchado. El antebrazo conservaba la herida abierta de la que a�n manaban algunas gotas de sangre hasta los dedos.
Caminaba entumecido por la mitad de la v�a, a pasos cortos. Parec�a p�lido como una pared blanca. Hab�a perdido mucha sangre. Al fondo, alcanc� a ver una hilera de soldados caminando hacia m�, encalet� al borde de la carretera la ametralladora MP-5 y continu� mi camino. Al encontrarme con ellos frente a frente, metros m�s adelante, se colocaron a lado y lado de la v�a. Pienso que recorr� un kil�metro de uniformados que me observaban imp�vidos, percib�an en m� la tr�gica escena final de un combate. Cuando encontr� al cabo en la �ltima fila, como siempre, le dije: �Yo s� que tengo compa�eros muertos y heridos. Quisiera llev�rmelos�. El tipo no dud� y s�lo dijo: �No hay problema. Consiga un carro y entre por ellos�. No s� por qu� estall� en llanto como un ni�o. Me ahogaba ensimismado. Respir� con dificultad y llor� sin consuelo ante el cabo asombrado.
Una moto me traslad� hasta el puesto de salud m�s cercano en la vereda Santa Catalina. All�, sentado en la �nica camilla del humilde lugar donde s�lo exist�a una inyecci�n antitet�nica para colocarme, me sent� observado, alc� la cabeza y apareci� como de la nada un viejo con la piel curtida por el sol y los a�os. Mir�ndome, me habl�: �Esta guerra nos va a matar a todos�.
Ese d�a no estaba escrito que yo morir�a; tampoco �M�vil 5�, �18� y �el Amigo�, pero al �Mono Guerrillo� s� le hab�a llegado la hora, como tambi�n al �Chino� y a �Jhon Jairo L�pez�, en cuyo honor uno de los frentes de la Autodefensa lleva su nombre.
Regres� por los cad�veres de mis hombres y por el camino alcanc� a ver tres guerrilleros muertos, toallas y hamacas ensangrentadas. Las piedras manchadas dejaban ver los r�os de sangre derramados por los cuerpos de los muertos que se llevaron. Fue una batalla campal entre hombres de las FARC, quiz� por una reacci�n loca que yo asum�. Seguro eso los descompuso pero me pudo haber costado la vida.
Lo m�s lamentable fue la muerte del teniente de la Polic�a que llamaba al campamento de ingenieros del Ej�rcito pidiendo ayuda. Nosotros o�amos, camino al pueblo, c�mo el oficial ped�a apoyo por radiotel�fono y el capit�n del Ej�rcito que le contestaba: �Yo necesito �rdenes del comandante y no est�. Luego el polic�a suplic�: �!Por favor ay�deme! Nos est�n atacando fuerte�. A lo �ltimo se lamentaba: �Ay�deme, por favor. Ay�deme� A los tres minutos falleci�.
El pueblo lo salvamos nosotros y los agentes atrincherados en la estaci�n y el campanario de la iglesia. Al retirarme recuerdo haberme apoderado del aerosol que siempre guardo en la guantera del carro. Me acerqu� a otro de los veh�culos que parec�a un colador y escrib�: �Por la defensa de la democracia�. C�mo es la vida: al d�a siguiente, en los peri�dicos, se dijo que la guerrilla hab�a pintado la frase antes de partir.
El ep�logo del primer encuentro con Carlos Casta�o y el final de su relato sobre el combate de San Pedro coincidieron con la llegada de la noche. En el campo la jornada comienza muy temprano y se acaba apenas oscurece. No eran a�n las siete de la noche cuando la escolta del Comandante nos sirvi� la comida, una sobredosis de harinas: arroz, papa, yuca, patac�n y un esquel�tico muslo de pollo. Casta�o s�lo dijo:
-�Ma�ana almorzaremos un delicioso pollo, mucho mejor que �ste; de aquellos que nos traen del pueblo.
La comida no sab�a mal, pero la saz�n no era la de una madre sino la de un hombre de guerra cocinando en el monte. ��Casta�o se alimentar� as� todos los d�as?�, me pregunt�. Luego de varios encuentros me enter� de que lo que menos le preocupa es alimentarse bien o mal. Su ansiedad y el hambre los mitiga con un cereal al desayuno y papitas fritas durante el d�a. En nuestra conversaci�n de esa tarde fue habitual verlo destapar dos y hasta tres bolsitas de papas.
-�Soy �mecatero� a morir. En cada finca donde acostumbro a quedarme usted siempre encontrar� una caja de estos paquetes; tambi�n, dentro de las mochilas, en plena selva.
Con nosotros en la mesa ya estaba su novia y futura esposa, pues el noticiero iba a comenzar. Casta�o mira los noticieros sin hacer muchos comentarios, pero ese d�a me sorprendi� su reacci�n al ver en la pantalla a �Gra��osles�, un comandante guerrillero de las FARC. El subversivo le daba la mano a los primeros agentes de la Polic�a que entreg� el grupo guerrillero despu�s de dos a�os de retenci�n. Casta�o dijo:
-�Qu� bueno para esos muchachos. A uno s� le da cierta cosita ver a �Granobles� ah�, pero uno por un familiar secuestrado, entrega todo; hasta el Estado.
Me esperaba un comentario m�s radical en desacuerdo con el intercambio de prisioneros entre el Gobierno y las FARC, pero era su forma de criticar al Presidente y su proceso de paz que no avanzaba hacia un cese de hostilidades. Se par� antes de los deportes e invit� a su novia:
-�Vamos, amor, hoy ha sido un d�a duro. Estoy cansado y me duchar� antes de acostarme.
Me acomod� en la sala contigua donde me hab�an acondicionado una colchoneta, s�banas, toalla y una cobija.
Acomodaba mi morral como almohada y Casta�o pas� por el frente con una toalla verde en la cintura, un cepillo, crema dental, y dijo:
-�Periodista, ma�ana nos levantamos muy temprano.
Ese d�a result� tensionante de comienzo a fin. Me encontraba con uno de los hombres m�s buscados de Colombia, a quien hab�a convencido escribir un libro sobre su vida. Acababa de caminar descalzo y en toalla hacia el ba�o, despojado del intimidante camuflado.
Entre la oscuridad y el silencio, no pod�a dormir recordando sus frases sueltas. Tom� una linterna y mi libreta para anotarlas hasta que el sue�o me venci�.
II. �PIZARRO TEN�A QUE MORIR�
Esa noche no fue f�cil dormir. Trataba de descansar pero lo que hice fue guardia con los ojos cerrados como un centinela. Por eso advert� la presencia de Casta�o cuando prendi� la luz del comedor para sentarse a leer. Las manecillas fosforescentes de mi reloj daban las tres de la madrugada. De inmediato enderec� el cuerpo, me sent� en la colchoneta y Carlos Casta�o salud� sin dejar de observar los papeles que �l ten�a en la mano:
-�Buenos d�as.
Pens� en contestarle: �Querr� decir buenas noches, comandante; a�n est� oscuro�. Pero prefer� devolver el saludo con una fingida voz de hombre despierto:
-�Muy buenas, comandante Casta�o. Se levanta usted muy temprano.
-�Esta es la mejor hora para trabajar. Siempre me pongo de pie entre la una y las cuatro de la madrugada. El silencio me permite concentrarme, escribir y leer con calma. Adem�s, aprovecho el tiempo para revisar mi correspondencia.
Al acercarme al comedor, puso a mi alcance varios papeles:
-�Esto le puede servir. Es un e-mail de uno de nuestros amigos de la academia europea. Yo le voy pasando documentos para que conozca cada vez m�s la Autodefensa. ��Guardia, unos tintos para ac�, por favor!�
Casta�o atrajo mi atenci�n al frotarse varias veces su cabeza con la palma de la mano, y como a quien una idea le inquieta me dijo en tono enf�tico:
-�Todo lo que se va a contar en este libro es verdad pero no dir� toda la verdad. La verdad tiene una frontera, justo donde es posible hacerle da�o al pa�s.
Este argumento ha ocultado la verdad detr�s de numerosos acontecimientos. Es una vieja constante colombiana expresada por muchos de diferentes maneras. Pero en su af�n de comentar su verdad, Casta�o raya en la autoinculpaci�n, algo fuera de lo com�n en los comandantes de los ej�rcitos irregulares. La historia recordar� a este hombre por haber sido el primer actor del conflicto en atreverse a expresar innumerables realidades, dar la cara y asumir la responsabilidad de sus excesos y los de su tropa como un gesto autocr�tico de paz. En un futuro, tales verdades podr�n devolverse en su contra como innegables dagas condenatorias en alg�n tribunal internacional.