Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Биографии и мемуары » MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos
MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos

Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:

Este libro es algo más que las confesiones de Carlos Castaño, uno de los principales actores de la guerra colombiana hasta su misteriosa desaparición, en abril de 2004. El testimonio de este criminal de guerra es un reflejo de la descomposición de la sociedad colombiana, de la suciedad de un conflicto armado que hace años dejó de ser ideológico. Un documento periodístico que ayuda a conocer mejor a una persona que, desafortunadamente, influyó de manera decisiva en la Colombia actual y que ha sido uno de los protagonistas de los episodios más trágicos de las dos últimas décadas. Contribuye también, a comprender que las Autodefensas Unidas de Colombia no son los hijos díscolos del gobierno de turno y de los militares, sino que funcionan de manera autónoma, aunque con frecuencia las autoridades no las han combatido, se han beneficiado de sus actuaciones e inlcuso les han facilitado la comisión de actos ilegales.
1 ... 4 5 6 7 8 9 10 11 12 ... 87
Перейти на страницу:

Alcanc� la carretera como un guerrero derrotado y humillado, sin un zapato, ni camisa. Mi tronco desnudo dejaba ver la mancha de sangre que proven�a de mi ojo hinchado. El antebrazo conservaba la herida abierta de la que a�n manaban algunas gotas de sangre hasta los dedos.

Caminaba entumecido por la mitad de la v�a, a pasos cortos. Parec�a p�lido como una pared blanca. Hab�a perdido mucha sangre. Al fondo, alcanc� a ver una hilera de soldados caminando hacia m�, encalet� al borde de la carretera la ametralladora MP-5 y continu� mi camino. Al encontrarme con ellos frente a frente, metros m�s adelante, se colocaron a lado y lado de la v�a. Pienso que recorr� un kil�metro de uniformados que me observaban imp�vidos, percib�an en m� la tr�gica escena final de un combate. Cuando encontr� al cabo en la �ltima fila, como siempre, le dije: �Yo s� que tengo compa�eros muertos y heridos. Quisiera llev�rmelos�. El tipo no dud� y s�lo dijo: �No hay problema. Consiga un carro y entre por ellos�. No s� por qu� estall� en llanto como un ni�o. Me ahogaba ensimismado. Respir� con dificultad y llor� sin consuelo ante el cabo asombrado.

Una moto me traslad� hasta el puesto de salud m�s cercano en la vereda Santa Catalina. All�, sentado en la �nica camilla del humilde lugar donde s�lo exist�a una inyecci�n antitet�nica para colocarme, me sent� observado, alc� la cabeza y apareci� como de la nada un viejo con la piel curtida por el sol y los a�os. Mir�ndome, me habl�: �Esta guerra nos va a matar a todos�.

Ese d�a no estaba escrito que yo morir�a; tampoco �M�vil 5�, �18� y �el Amigo�, pero al �Mono Guerrillo� s� le hab�a llegado la hora, como tambi�n al �Chino� y a �Jhon Jairo L�pez�, en cuyo honor uno de los frentes de la Autodefensa lleva su nombre.

Regres� por los cad�veres de mis hombres y por el camino alcanc� a ver tres guerrilleros muertos, toallas y hamacas ensangrentadas. Las piedras manchadas dejaban ver los r�os de sangre derramados por los cuerpos de los muertos que se llevaron. Fue una batalla campal entre hombres de las FARC, quiz� por una reacci�n loca que yo asum�. Seguro eso los descompuso pero me pudo haber costado la vida.

Lo m�s lamentable fue la muerte del teniente de la Polic�a que llamaba al campamento de ingenieros del Ej�rcito pidiendo ayuda. Nosotros o�amos, camino al pueblo, c�mo el oficial ped�a apoyo por radiotel�fono y el capit�n del Ej�rcito que le contestaba: �Yo necesito �rdenes del comandante y no est�. Luego el polic�a suplic�: �!Por favor ay�deme! Nos est�n atacando fuerte�. A lo �ltimo se lamentaba: �Ay�deme, por favor. Ay�deme� A los tres minutos falleci�.

El pueblo lo salvamos nosotros y los agentes atrincherados en la estaci�n y el campanario de la iglesia. Al retirarme recuerdo haberme apoderado del aerosol que siempre guardo en la guantera del carro. Me acerqu� a otro de los veh�culos que parec�a un colador y escrib�: �Por la defensa de la democracia�. C�mo es la vida: al d�a siguiente, en los peri�dicos, se dijo que la guerrilla hab�a pintado la frase antes de partir.

El ep�logo del primer encuentro con Carlos Casta�o y el final de su relato sobre el combate de San Pedro coincidieron con la llegada de la noche. En el campo la jornada comienza muy temprano y se acaba apenas oscurece. No eran a�n las siete de la noche cuando la escolta del Comandante nos sirvi� la comida, una sobredosis de harinas: arroz, papa, yuca, patac�n y un esquel�tico muslo de pollo. Casta�o s�lo dijo:

-�Ma�ana almorzaremos un delicioso pollo, mucho mejor que �ste; de aquellos que nos traen del pueblo.

La comida no sab�a mal, pero la saz�n no era la de una madre sino la de un hombre de guerra cocinando en el monte. ��Casta�o se alimentar� as� todos los d�as?�, me pregunt�. Luego de varios encuentros me enter� de que lo que menos le preocupa es alimentarse bien o mal. Su ansiedad y el hambre los mitiga con un cereal al desayuno y papitas fritas durante el d�a. En nuestra conversaci�n de esa tarde fue habitual verlo destapar dos y hasta tres bolsitas de papas.

-�Soy �mecatero� a morir. En cada finca donde acostumbro a quedarme usted siempre encontrar� una caja de estos paquetes; tambi�n, dentro de las mochilas, en plena selva.

Con nosotros en la mesa ya estaba su novia y futura esposa, pues el noticiero iba a comenzar. Casta�o mira los noticieros sin hacer muchos comentarios, pero ese d�a me sorprendi� su reacci�n al ver en la pantalla a �Gra��osles�, un comandante guerrillero de las FARC. El subversivo le daba la mano a los primeros agentes de la Polic�a que entreg� el grupo guerrillero despu�s de dos a�os de retenci�n. Casta�o dijo:

-�Qu� bueno para esos muchachos. A uno s� le da cierta cosita ver a �Granobles� ah�, pero uno por un familiar secuestrado, entrega todo; hasta el Estado.

Me esperaba un comentario m�s radical en desacuerdo con el intercambio de prisioneros entre el Gobierno y las FARC, pero era su forma de criticar al Presidente y su proceso de paz que no avanzaba hacia un cese de hostilidades. Se par� antes de los deportes e invit� a su novia:

-�Vamos, amor, hoy ha sido un d�a duro. Estoy cansado y me duchar� antes de acostarme.

Me acomod� en la sala contigua donde me hab�an acondicionado una colchoneta, s�banas, toalla y una cobija.

Acomodaba mi morral como almohada y Casta�o pas� por el frente con una toalla verde en la cintura, un cepillo, crema dental, y dijo:

-�Periodista, ma�ana nos levantamos muy temprano.

Ese d�a result� tensionante de comienzo a fin. Me encontraba con uno de los hombres m�s buscados de Colombia, a quien hab�a convencido escribir un libro sobre su vida. Acababa de caminar descalzo y en toalla hacia el ba�o, despojado del intimidante camuflado.

Entre la oscuridad y el silencio, no pod�a dormir recordando sus frases sueltas. Tom� una linterna y mi libreta para anotarlas hasta que el sue�o me venci�.

II. �PIZARRO TEN�A QUE MORIR�

Esa noche no fue f�cil dormir. Trataba de descansar pero lo que hice fue guardia con los ojos cerrados como un centinela. Por eso advert� la presencia de Casta�o cuando prendi� la luz del comedor para sentarse a leer. Las manecillas fosforescentes de mi reloj daban las tres de la madrugada. De inmediato enderec� el cuerpo, me sent� en la colchoneta y Carlos Casta�o salud� sin dejar de observar los papeles que �l ten�a en la mano:

-�Buenos d�as.

Pens� en contestarle: �Querr� decir buenas noches, comandante; a�n est� oscuro�. Pero prefer� devolver el saludo con una fingida voz de hombre despierto:

-�Muy buenas, comandante Casta�o. Se levanta usted muy temprano.

-�Esta es la mejor hora para trabajar. Siempre me pongo de pie entre la una y las cuatro de la madrugada. El silencio me permite concentrarme, escribir y leer con calma. Adem�s, aprovecho el tiempo para revisar mi correspondencia.

Al acercarme al comedor, puso a mi alcance varios papeles:

-�Esto le puede servir. Es un e-mail de uno de nuestros amigos de la academia europea. Yo le voy pasando documentos para que conozca cada vez m�s la Autodefensa. ��Guardia, unos tintos para ac�, por favor!�

Casta�o atrajo mi atenci�n al frotarse varias veces su cabeza con la palma de la mano, y como a quien una idea le inquieta me dijo en tono enf�tico:

-�Todo lo que se va a contar en este libro es verdad pero no dir� toda la verdad. La verdad tiene una frontera, justo donde es posible hacerle da�o al pa�s.

Este argumento ha ocultado la verdad detr�s de numerosos acontecimientos. Es una vieja constante colombiana expresada por muchos de diferentes maneras. Pero en su af�n de comentar su verdad, Casta�o raya en la autoinculpaci�n, algo fuera de lo com�n en los comandantes de los ej�rcitos irregulares. La historia recordar� a este hombre por haber sido el primer actor del conflicto en atreverse a expresar innumerables realidades, dar la cara y asumir la responsabilidad de sus excesos y los de su tropa como un gesto autocr�tico de paz. En un futuro, tales verdades podr�n devolverse en su contra como innegables dagas condenatorias en alg�n tribunal internacional.

1 ... 4 5 6 7 8 9 10 11 12 ... 87
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)