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MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos

Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:

Este libro es algo más que las confesiones de Carlos Castaño, uno de los principales actores de la guerra colombiana hasta su misteriosa desaparición, en abril de 2004. El testimonio de este criminal de guerra es un reflejo de la descomposición de la sociedad colombiana, de la suciedad de un conflicto armado que hace años dejó de ser ideológico. Un documento periodístico que ayuda a conocer mejor a una persona que, desafortunadamente, influyó de manera decisiva en la Colombia actual y que ha sido uno de los protagonistas de los episodios más trágicos de las dos últimas décadas. Contribuye también, a comprender que las Autodefensas Unidas de Colombia no son los hijos díscolos del gobierno de turno y de los militares, sino que funcionan de manera autónoma, aunque con frecuencia las autoridades no las han combatido, se han beneficiado de sus actuaciones e inlcuso les han facilitado la comisión de actos ilegales.
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���18�, le est�n dando a la camioneta! Ac�rquese m�s�.

Se o�an disparos cercanos como arena lanzada en una hoja de aluminio. ��Nos est�n dando!� exclam� �18�. �Tiene que ser de muy cerca�, pens�. Por un momento vi moverse la silueta del enemigo entre el matorral y los �rboles; la luna alumbraba muy poco. Por las rastrojeras altas se iban acomodando unos hombres mientras otros comenzaban a disparar. Como una aparici�n fantasmal, atisb� por el parabrisas, a no menos de diez metros, c�mo con cautela se levantaba sobre la v�a un guerrillero. Entonces le grit� a �18�: ��Pare, pare! �T�rese!�

�18� abri� la puerta, lo empuj� fuera del carro y vi romperse el parabrisas en mil pedazos. El rafagazo del guerrillero dej� el espaldar de la silla destrozado; cuatro disparos quedaron all� incrustados. Al caer en la v�a, sent� el primer disparo en mi cuerpo, se me movi� el antebrazo y prefer� no mirar. Las farolas del Trooper y las camionetas quedaron encendidas. Los chorros de luz provenientes de los carros abandonados iluminaban la carretera. No menos de cuarenta tiros recibi� el Trooper; lo sacud�an los balazos. Acostado en el suelo, tom� la subametralladora MP5 y, sin pensarlo, solt� una r�faga de quince tiros alrededor.

En ese momento una granada de mano PVR-26 explot� delante del carro y cubri�ndome de polvo, me quit� la visibilidad. Con la metralleta en las manos, me arrastr� buscando una colina. En la cima divis�, a menos de quince metros, varios comandantes hablando tranquilamente; el sitio estaba invadido de guerrilla. Yo llevaba una camisa blanca y verde que de inmediato me arranqu� con botones y todo para evitar ser detectado. Regres� por la misma ruta haciendo el menor ruido posible, hasta la carretera, que alcanc� a pasar, confundi�ndome entre los gritos y movimientos de la guerrilla, a lado y lado de la carretera. Nunca me imagin� que fueran tantos.

Al arribar al monte de la derecha, cerca de los carros, explot�, a mi lado, una granada de fragmentaci�n, y una esquirla se me meti� en el ojo derecho. Sangr� a c�ntaros, y por un momento cre� perderlo.

Al lado de la carretera donde hab�a logrado llegar, pude apreciar un �rbol y al fondo, un rastrojo. Me arrastr� hasta el tronco, recost� mi espalda en �l, creyendo estar a salvo, pero fui detectado. Pens�: �En diez segundos estoy muerto. Dios m�o bendito, que sea lo que Usted quiera�. Me disparaban como lo hacen los profesionales, con tiros pausados y seguros: tas, tas, tas. Me hubiera tranquilizado m�s un rafagazo: rata, ta, ta, ta, ta. �Eso es al azar!

�Me tienen ubicado�, repet�a en mi mente. Mir� hacia la izquierda y vi el rastrojo. All� no parec�a haber guerrilla. Uno, como campesino, sabe que si hay un potrero y luego un rastrojo, despu�s una cerca y la maleza. Alcanzaba a ver en el medio un charco de agua o una especie de pantano. Cog� la metralleta y, decidido a saltar el charco y la cerca, me lanc�. Al saltar, sent� los disparos de dos o tres fusiles.

Alcanzaba a reconocerlos, por el sonido distinto de fusiles R-15 o M-16. No hab�a ning�n charco donde me lo imaginaba; s�lo un peladero de tierra roja. Preparado para caer en una superficie blandita, me fui de bruces.

Gritaron: ��Va roto! �Va roto!�

Agarr� la metralleta y descargu� el proveedor: rata, ta, ta, ta, ta. Ignoro cu�ntos pasos di, pero recuerdo que llegu� hasta la cerca, la salt� y el pantal�n se me engarz� en el alambre de p�as. Me ray� sin piedad toda la pierna y no pude gritar del dolor. De espaldas, me deslic� hasta el arbusto. Despacio, en silencio, me coloqu� el arma en el pecho y la cargu� de inmediato con un nuevo proveedor.

Sent� pavor porque despu�s de estar unos minutos en mi escondite, el cuchicheo de varios guerrilleros se o�a cerca, alcanzaba a escuchar sus voces. No rezaba, pues Dios me hab�a llevado a salvo hasta all�. �De aqu� me libro�, pensaba. No s� por qu� lleg� a mi mente la imagen de Carlitos, mi hijo. Pero lo apart� de mis pensamientos. So�oliento, quiz� por estar desangr�ndome, sent�a el fr�o de la muerte y pensaba en todo lo que faltaba por hacer. ��Qu� va a pasar?�, me preguntaba. Fue la noche m�s larga de mi vida.

En combate, no se siente miedo. Tal vez al comienzo, en los primeros disparos, s�. Luego uno entra en calor y no teme. Puede perder, aunque no lo cree. Pero estar reducido a la impotencia y rodeado por el enemigo, es distinto.

En la oscuridad, y con la guerrilla replegada a lado y lado de la carretera, me ocult� en sentido contrario a mis hombres. Se desat� un desorden de bala impresionante; ni los mismos guerrilleros sab�an d�nde estaban sus compa�eros.

Esa noche, los subversivos se dieron plomo entre ellos y fallecieron diecisiete. Ese fue un combate muy raro.

Permanec� quieto durante la noche y deseaba que lloviera pero apenas ca�an algunas gotas debido al exceso de p�lvora y dinamita en la atm�sfera. En combates fuertes o despu�s de la explosi�n de una bomba, cae una llovizna y despu�s se precipita un aguacero. El enemigo lanzaba luces de bengala para ubicarnos; los colores azules, rojos y naranja de las balas trazadoras pasaban alto; por entre el helecho de dormidera, donde permanec�a, se alcanzaba a ver c�mo era atacado, sin misericordia y a mansalva, San Pedro de Urab�.

Me detuve a mirar por qu� sangraba tanto. Me dol�an los test�culos y sospech� que era por el ray�n del alambre de p�as. �No debe ser mayor cosa�.

Al d�a siguiente, me aterr� al ver que era una esquirla de granada que me hab�a atravesado el pene, produci�ndome una gran p�rdida de sangre y una mancha en todo el pantal�n. Tampoco lograba abrir el ojo. Al palparlo suavemente, mi mano se pintaba de sangre. Examinando la herida en el antebrazo, se me hundieron los cuatro dedos. Aunque unos mosquitos me molestaban, no parec�a grave. La bat� con fuerza y soport� el dolor con tal de sacar los bichos.

Sent� las voces de los guerrilleros m�s cerca. Montaron una ametralladora M-60 a no m�s de cinco metros y comenzaron a explorar con fuego la rastrojera donde me escond�a. Se escuchaban tan fuertes los disparos que dije: �No tienen ni idea d�nde estoy�. Con la ametralladora no me matar�an ah�, mas s� de un garrotazo. Se acrecent� mi preocupaci�n ya que se adormec�an mis pies.

�Me desmayar� si no encuentro ayuda�. Mov� los pies y confirm� que no ten�a otra herida.

�Note usted, que yo no combat�. S�lo dispar� dos r�fagas�. Record� a mis compa�eros: �Seguramente los del carro de adelante fallecieron y los de atr�s se salvaron�.

Los guerrilleros cesaron de disparar y permanecieron tan callados como yo. Aguardaron m�s de una hora as�, esperando que me delatara. Montaron de nuevo la M-60 y volvi� a comenzar la candela. Yo deseaba que lloviera para que soplara el viento y la maleza produjera ruido. As� lograr�a moverme. Pero nada, no venteaba.

Hab�a perdido la noci�n del tiempo. Ser�an la una o las dos de la ma�ana cuando sent� unos carros por la carretera y escuch�, a lo lejos, el ruido de otros veh�culos regresando a San Pedro; pero no le encontraba l�gica. Escuchaba voces por la mara�a, aunque ignoraba si eran de la guerrilla o quiz� de alguno de mis hombres. El santo y se�a era decir �noche� y contestar �buena�. De buena no ten�a nada y no me atrev�a a pronunciarlo. �Qu� tal que no fueran ellos? Me aniquilar�an tan pronto me entregara. Y los m�os, al no identificarme, tambi�n me matar�an.

Al amanecer sent� un desplazamiento de tropa enorme. El suelo se mov�a y el sonido era impresionante. Era el grueso de guerrilla que se levantaba del monte donde yo me ocultaba. Parec�a marcharse, pero dud�: �Se retira la primera avanzada y cuando amanezca, aqu� me rematar�n�. A las cinco de la ma�ana o� el traqueteo de una M-60 de tropas amigas, porque disparaban hacia la zona donde luchaba la guerrilla. Los subversivos continuaban enfrent�ndose entre ellos sin saberlo, pues los que estaban en la toma se enteraron de que varios carros atravesaron y una escuadra de subversivos se hab�a enfrentado a otra. Esto yo a�n no lo sab�a; estaba convencido de que la M-60 era del Ej�rcito. A las seis de la ma�ana reinaba el silencio. Dispuesto a sobrevivir, me deslic� despacio; hab�a entrado a la cuevita de maleza que hab�a sido mi trinchera nocturna. Cuando sal�, repar� una cerca de alambre a un metro de distancia, me incorpor� y un mareo me aniquil�. Mir� mis test�culos, y la sangre coagulada que me brotaba por los pantalones rasgados aparec�a impresionante, oscura y espesa; pod�a partirse en troncos.

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