La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]
- Автор: Ларссон Стиг
- Язык: испанский
- Переводчик: Martin Lexell
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
Casi sufre un shock cuando, de repente, el ordenador de mano indicó que había encontrado una conexión y se conectó automáticamente. ¡Conectada a la red! ¡Imposible!
Saltó de la cama con tanta rapidez que un dolor le recorrió la cadera lesionada. Asombrada, escudriñó la habitación. ¿Cómo? Muy despacio, dio una vuelta examinando cada ángulo y cada rincón… No, allí no había ningún móvil. Aun así, estaba conectada a la red. Luego se dibujó una torcida sonrisa en su cara. Era una conexión inalámbrica realizada a través de un móvil por medio de un Bluetooth que tenía un alcance de diez a doce metros. Dirigió la mirada hacia la rejilla situada cerca del techo. Kalle Blomkvist de los Cojones le había puesto un teléfono allí mismo. Era la única explicación.
Pero ¿por qué no le pasó también a escondidas el teléfono…? Ah, claro. La batería.
El Palm sólo hacía falta cargarlo más o menos cada tres días. Un móvil enchufado y por el que iba a navegar mucho por la red quemaría la batería rápidamente. Blomkvist, o más bien alguien al que habría contratado y que estaba allí fuera, debía de estar cambiándola con cierta frecuencia.
En cambio, naturalmente, le había pasado el cargador del Palm. Resultaba imprescindible. Pero era más fácil esconder un objeto que dos. Puede que, a pesar de todo, no sea tan tonto.
Lisbeth empezó por buscar un sitio donde guardar el ordenador. Tenía que encontrar un escondite. Había enchufes al lado de la puerta y en el panel de la pared de detrás de la cama; de ahí salía la corriente de la lámpara de la mesilla y del reloj digital. Y entonces descubrió el hueco dejado por una radio que alguien había sacado de allí. Sonrió. Cabían perfectamente tanto el cargador como el ordenador. Podría utilizar el enchufe de la mesilla de noche para cargar el ordenador durante el día.
Lisbeth Salander se sentía feliz. El corazón le palpitó con intensidad cuando, por primera vez en dos meses, encendió su ordenador de mano y se metió en Internet.
Navegar en un Palm con una pantalla pequeñísima y un boli digital no era lo mismo que navegar en un Power Book con una pantalla de diecisiete pulgadas. Pero estoy conectada. Desde su cama de Sahlgrenska podía llegar a todo el mundo.
Empezó entrando en una página web personal que hacía publicidad de fotografías de bastante poco interés realizadas por un desconocido y no muy competente fotógrafo aficionado llamado Gill Bates, de Jobsville, Pensilvania. En una ocasión, a Lisbeth se le ocurrió comprobarlo y constató que la localidad de Jobsville no existía. A pesar de eso, Bates había hecho más de doscientas fotografías de la población que había colgado en su página en una galería de imágenes en formato thumbnails. Bajó hasta la número 167 e hizo clic en ella para ampliarla. La foto representaba la iglesia de Jobsville. Llevó el puntero hasta la punta de la aguja de la torre e hizo nuevamente clic. Apareció al instante una ventana que le pidió el nombre del usuario y la contraseña. Sacó el boli digital y escribió la palabra Remarcable en la casilla del usuario y A (89) Cx#magnolia como contraseña.
Le salió una ventana con el texto [ERROR – You have the wrong password} y un botón con [OK – Try again]. Lisbeth sabía que si hacía clic encima de [OK – Try again] y probaba con una nueva contraseña, le volvería a saltar, año tras año, la misma ventanilla hasta la eternidad, con independencia de cuántas veces lo intentara. Así que, en su lugar, hizo clic sobre la letra O de la palabra ERROR.
La pantalla se volvió negra. Luego se abrió una puerta animada y se asomó alguien parecido a Lara Croft. Surgió un bocadillo con el texto [WHO GOES THERE?]
Hizo clic en él y escribió la palabra WASP. Recibió casi en el acto la respuesta [PROVE IT – OR ELSE…] mientras la Lara Croft animada le quitaba el seguro a una pistola. Lisbeth sabía que no se trataba de una amenaza ficticia. Si escribía mal la contraseña tres veces seguidas, la página se apagaría y el nombre de WASP se borraría de la lista de miembros. Escribió con mucho cuidado la contraseña MonkeyBusiness.
La pantalla volvió a cambiar de forma una vez más y apareció un fondo azul con el texto:
Welcome to Hacker Republic, citizen Wasp. It is 56 days since your last visit. There are 10 citizens online. Do you want to (a) Browse the Forum (b) Send a Message (c) Search the Archive (d) Talk (e) Get laid?
Hizo clic sobre la casilla (d) [Talk] y luego fue al [Who's online?] del menú, donde le salió una lista de los nombres Andy, Bambi, Dakota, Jabba, BuckRogers, Mandrake, Pred, Slip, Sisterjen, SixOfOne y Trinity.
– Hi gang -escribió Wasp.
– Wasp. That really U? -escribió SixOfOne de inmediato-. Look who's home.
– ¿Dónde has estado metida? -preguntó Trinity.
– Plague nos dijo que te habías metido en un lío -escribió Dakota.
Aunque Lisbeth no estaba segura, sospechaba que Dakota era una mujer. Los demás ciudadanos on-line, incluido el que se hacía llamar Sisterjen, eran chicos. La última vez que se conectó, Hacker Republic contaba con un total de sesenta y dos ciudadanos, cuatro de los cuales eran chicas.
– Hola, Trinity -escribió Lisbeth-. Hola a todos.
– ¿Por qué saludas sólo a Trin? ¿Estáis tramando algo, o te pasa algo con nosotros? -escribió Dakota.
– Estamos saliendo -escribió Trinity-. Wasp sólo se relaciona con gente inteligente.
Enseguida le llovieron abuse de cinco sitios.
De los sesenta y dos ciudadanos, Wasp sólo había visto frente a frente a dos personas. Plague, que, por una vez, no estaba conectado, era uno. El otro era Trinity. Era inglés y vivía en Londres. Estuvo con él unas cuantas horas cuando, dos años antes, les ayudó a ella y a Mikael Blomkvist a dar con Harriet Vanger pinchando un teléfono privado del elegante barrio de Saint Albans. Lisbeth movió torpemente el boli digital deseando haber tenido un teclado.
– ¿Sigues ahí? -preguntó Mandrake.
Ella escribía letra a letra.
– Sorry. Sólo tengo un Palm. Va lento.
– ¿Qué le ha pasado a tu ordenador? -preguntó Pred.
– No le ha pasado nada. Es a mí a quien le están pasando cosas.
– Cuéntaselo a tu hermano mayor -escribió Slip.
– El Estado me tiene encerrada.
– ¿Qué? ¿Por qué? -apareció rápidamente de tres chateadores.
Lisbeth resumió su situación en cinco líneas, las cuales fueron recibidas con lo que parecía ser un murmullo de preocupación.
– ¿Y cómo estás? -preguntó Trinity.
– Tengo un agujero en la cabeza.
– Pues no te noto nada raro, yo te veo igual -constató Bambi.
– Wasp siempre ha tenido aire en el coco -dijo Sister Jen; comentario que fue seguido por una serie de invectivas peyorativas que hacían referencia a las dotes intelectuales de Wasp. Lisbeth sonrió. La conversación se retomó con la intervención de Dakota.
– Espera. Esto es un ataque contra un ciudadano de Hacker Republic. ¿Cómo respondemos a esto?
– ¿Ataque nuclear contra Estocolmo? -propuso SixOfOne.
– No, sería exagerado -dijo Wasp.
– ¿Una bomba muy pequeña?
– Vete a la mierda, SixOO.
– Podríamos organizar un apagón en Estocolmo -propuso Mandrake.
– ¿Un virus que cause un apagón en la sede del gobierno?
Por regla general, los ciudadanos de Hacker Republic no solían propagar virus informáticos. Todo lo contrario: eran hackers y, por lo tanto, enemigos irreconciliables de los idiotas que enviaban virus con el solo propósito de sabotear la red y averiar los ordenadores. Eran adictos a la información y querían una red que funcionara para poder piratearla.
Sin embargo, la idea de organizar un apagón en el gobierno sueco no era una amenaza vacía. Hacker Republic constituía un club muy exclusivo, integrado por lo mejor de lo mejor, un comando de élite al que cualquier ejército estaría dispuesto a pagar una fortuna para poderlo utilizar con objetivos cibermilitares, siempre y cuando fueran capaces de incitar a the citizens a que sintieran ese tipo de lealtad por un Estado. Algo que no resultaba muy probable.