Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]
- Автор: Ларссон Стиг
- Язык: испанский
- Переводчик: Martin Lexell
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]». Краткое содержание книги:
Mikael agrupó una serie de instantáneas en las que cortó a Harriet por la cintura y las manipuló hasta conseguir el mejor contraste posible. Las guardó en un archivo aparte, abrió el programa Graphic Converter y activó la función diaporama. El resultado fue similar a una película muda entrecortada, con saltos de fotogramas, donde cada imagen se mostraba durante dos segundos.
Harriet llega, imagen de perfil. Harriet se detiene y mira calle abajo. Harriet vuelve la vista hacia la calle. Harriet abre la boca para decirle algo a su amiga. Harriet se ríe. Harriet se toca la oreja con la mano izquierda. Harriet sonríe. De repente, Harriet, con la cara en un ángulo de unos veinte grados a la izquierda de la cámara, parece asombrada. Harriet abre los ojos de par en par y ha dejado de sonreír. La boca de Harriet se convierte en una fina línea. Harriet fija la mirada. En su cara se puede leer… ¿qué? ¿Tristeza, conmoción, enfado? Harriet baja la mirada. Harriet ya no está.
Mikael volvió a pasar la secuencia una y otra vez.
Confirmaba, con toda claridad, la hipótesis que había formulado. Algo sucedió en Järnvägsgatan. La lógica resultaba evidente.
«Ella ve algo -a alguien- al otro lado de la calle. Sufre un shock. Luego se pone en contacto con Henrik Vanger para hablar con él en privado, cosa que nunca llega a ocurrir. Más tarde desaparece sin dejar rastro.»
Algo pasó aquel día. Pero las fotos no explicaban el qué.
A las dos de la mañana del martes, Mikael se preparó café y unos sándwiches, que se tomó sentado en el arquibanco de la cocina. Le embargaba una mezcla de emoción y desánimo. En contra de todas sus expectativas, había hallado nuevas pruebas. El único problema era que aunque éstas arrojaban más luz sobre la cadena de acontecimientos, no lo acercaban ni un milímetro a la resolución del misterio.
Reflexionó intensamente sobre el papel que podía haber desempeñado Cecilia Vanger en el drama. Henrik Vanger, sin ningún tipo de consideración hacia nadie, había elaborado una lista con las actividades de todas las personas implicadas aquel día, y Cecilia Vanger no constituía ninguna excepción. En 1966 ella vivía en Uppsala, pero llegó a Hedestad dos días antes de aquel desdichado sábado. Se alojó en una habitación de invitados en casa de Isabella Vanger. Dijo que posiblemente viera a Harriet Vanger por la mañana, temprano, pero que no llegó a hablar con ella. Fue a Hedestad por unos asuntos. No vio a Harriet y volvió a la isla de Hedeby alrededor de la una, más o menos mientras Kurt Nylund hacía toda la serie de fotos de Järnvägsgatan. Se cambió y, alrededor de las dos, ayudó a poner la mesa para la cena de aquella noche.
Como coartada, resultaba débil. Las horas eran aproximadas, especialmente por lo que respecta a su vuelta a la isla de Hedeby, pero Henrik Vanger tampoco había encontrado nada que indicara que mentía. Cecilia Vanger era una de las personas de la familia a las que Henrik más quería. Además, había sido la amante de Mikael. Así que le costaba ser objetivo, y mucho más todavía imaginársela como asesina.
Y ahora una de aquellas viejas y descartadas fotografías insinuaba que ella había mentido al afirmar que nunca entró en la habitación de Harriet. Mikael se devanaba los sesos pensando en el significado de todo eso.
«Y si has mentido sobre esto, ¿en qué más lo habrás hecho?»
Mikael recapituló lo que sabía de Cecilia. En el fondo la veía como una persona reservada, aparentemente marcada por su pasado, lo que se traducía en una vida solitaria, sin sexo y con dificultades para intimar con otras personas. Guardaba las distancias con la gente, y cuando, por una vez, se dejó llevar y se echó en los brazos de alguien, eligió a Mikael, un forastero de visita temporal. Cecilia había dicho que rompía su relación porque no soportaba la idea de que él fuera a desaparecer de su vida tan de repente como apareció. Pero sin duda, pensaba Mikael, fue precisamente ésa la razón por la que se atrevió a dar el paso e iniciar la relación. Ya que Mikael no iba a estar mucho tiempo, no tenía por qué temer que su vida fuera a cambiar de forma radical. Suspiró y dejó de lado sus análisis psicológicos.
El otro descubrimiento lo hizo bien entrada la noche. La clave del misterio, de eso estaba convencido, era lo que había visto Harriet en Järnvägsgatan, en Hedestad. Mikael no lo sabría jamás, a no ser que fuera capaz de inventar una máquina para viajar en el tiempo, ponerse detrás de Harriet y mirar por encima de su hombro.
En el mismo momento en que se le ocurrió la idea, se dio un golpe en la frente con la palma de la mano y se abalanzó sobre su iBook. Cliqueando, sacó las fotos no encuadradas de la serie de Järnvägsgatan y miró… ¡allí!
Detrás de Harriet Vanger y aproximadamente a un metro, a su derecha, había una joven pareja; el hombre llevaba un jersey a rayas y la mujer una cazadora clara y una cámara en la mano. Al aumentar la imagen vio que parecía ser una Kodak instamatic con flash incorporado: una de esas cámaras baratas que la gente con muy pocos conocimientos de fotografía utiliza en vacaciones.
La mujer sostenía la cámara a la altura de la barbilla. Luego la levantaba y fotografiaba a los payasos, justo en el momento en que la expresión de la cara de Harriet cambió.
Mikael comparó la posición de la cámara con la línea de visión de Harriet. La mujer había fotografiado casi exactamente lo que estaba viendo Harriet.
Mikael advirtió que su corazón latía aceleradamente. Se inclinó hacia atrás y buscó el paquete de tabaco en el bolsillo de su camisa. Alguien había hecho una foto. Pero ¿cómo podría identificar a la mujer? ¿Cómo hacerse con esa foto? ¿Habría sido revelado ese carrete? Y, en ese caso, ¿se hallaría la fotografía en algún lugar?
Mikael abrió el archivo de las fotos con el trasiego de gente durante la fiesta. Durante una hora se dedicó a aumentarlas todas y las examinó centímetro a centímetro. Hasta que no llegó a la última no volvió a descubrir a la pareja. Kurt Nylund había sacado una fotografía de otro payaso que posaba delante de su cámara con globos en la mano y la típica sonrisa dibujada en la boca. La imagen se había tomado en el aparcamiento aledaño a la entrada del estadio deportivo, donde se había instalado la feria. Debió de ser después de las dos; luego Nylund fue advertido del accidente del camión y dejó de cubrir los acontecimientos del Día del Niño.
La mujer estaba oculta casi por completo, pero se veía claramente de perfil al hombre del jersey a rayas. Llevaba unas llaves en la mano y se inclinaba hacia delante para abrir la puerta de un coche. El payaso, en primer plano, estaba enfocado, y el coche se veía algo borroso. La matrícula se encontraba parcialmente tapada, pero empezaba con AC3.
Las matrículas de los coches de los años sesenta comenzaban con una letra de la provincia, y de niño Mikael había aprendido a identificar la procedencia de los coches. AC era el código de la provincia de Västerbotten.
Luego, Mikael descubrió otra cosa. En el cristal trasero había una pegatina. Hizo un zoom, pero el texto se convirtió en una borrosa mancha. Seleccionó, entonces, la pegatina y empezó a trabajar con el contraste y la nitidez. Le llevó un buen rato. Seguía sin poder leer el texto pero, guiado por las borrosas formas, intentaba deducir de qué letras podría tratarse. Muchas se parecían tanto que resultaba fácil confundirlas. Una D se podía confundir con una O, igual que la N con la H y muchas otras. Después de intentar ensamblar las piezas del rompecabezas con lápiz y papel, eliminando letras, consiguió un texto incomprensible:
ARP NT R A D R J Ö
Fijó la mirada hasta que se le saltaron las lágrimas. De repente el texto completo apareció claramente ante sus ojos: CARPINTERÍA DE NORSJÖ, seguido por signos más pequeños, imposibles de leer, pero que tal vez correspondieran a un número de teléfono.