Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
Cuando Sidonis fue a darse la vuelta para marcharse, estuvo a punto de tropezar con un hombre que llevaba bata blanca de laboratorio. En la placa, que llevaba la correspondiente foto, decía: «Heinrich Hauser. Director de Investigación Endocrinológica».
– Estoy de acuerdo con usted, doctor -dijo Hauser con un fuerte acento alemán-. El tal Corbett no hace más que crearle problemas a todo el mundo.
– Gracias, doctor -dijo Sidonis.
Caspar le dirigió una escrutadora mirada al endocrinólogo. Era ocho o diez centímetros más bajo que él, tenía el pelo entrecano y lo llevaba cortado al cepillo. Llevaba gafas con gruesos cristales y tenía los dientes amarillentos, algo que repelía a Sidonis. Instintivamente, Caspar se echó hacia atrás por temor a que le llegase su aliento. Que él recordase, era la primera vez que veía a aquel hombre, pero no era de extrañar porque rara vez reparaba más que en aquellas personas con quienes trataba algo importante.
– Buenos días -se despidió Hauser.
– Buenos días -correspondió Sidonis-. Por cierto… No nos conocíamos, ¿verdad?
La irónica sonrisa del endocrinólogo hizo que Sidonis desviase la mirada.
– No lo creo, doctor. No obstante, quizá tengamos oportunidad de conocernos más.
Capítulo 33
Al anochecer, la ola de calor, que duraba ya tres días, había producido un agradable chaparrón veraniego.
Harry salió del apartamento a las diez y media y cogió un taxi hasta la East Side. Tal como Loomis le indicó, llevaba una gorra de béisbol, la única que encontró en el apartamento. Era de Evie, de cuando vivían en Washington, de color azul marino y con la inscripción «U.S. Senate» en letras doradas justo por encima de la visera.
Después de haber leído la introducción del proyecto de libro de Désirée: Entre las sábanas, no podía evitar la sospecha de que aquella gorra fuese recuerdo de alguna conquista de su esposa.
Owen Erdman le había reprochado de muy mala manera que no hubiese hecho honor a su promesa de no distribuir los carteles, aunque, tal como Santana aventuró, no corría peligro de perder su empleo, siempre y cuando retirasen los carteles de inmediato. Harry se encargaría de los del CMM y Santana y un ayudante que Ray había contratado, retirarían los de los otros seis hospitales en los que los distribuyeron.
Al salir del apartamento de Harry, persistía la tensión entre ellos. Harry ya no creía poder confiar en Santana más que para actuar de acuerdo a sus propios intereses. Sin embargo, cabía decir en su honor que no lo negaba. Para él, cualquier sacrificio que condujese a la muerte del Doctor merecía la pena.
Aunque hablaron de la conveniencia de poner al corriente de la evolución del caso al inspector Albert Dickinson, ambos convinieron en no hacerlo, ya que lo más probable era que éste entorpeciese su labor, en lugar de ayudarlos.
Aunque arrogante y temerario, Perchek no era imbécil. Dickinson podía impulsarlo a desaparecer. Y eso era quizá lo peor que podía ocurrir.
Como no estaba en absoluto claro qué hacía el Doctor en Manhattan ni cómo consiguió matar a Evie, no había medio de aventurar cuánto tiempo seguiría en la ciudad.
Mientras Harry y Santana iban a retirar los carteles, Maura se quedó en el apartamento para filtrar las llamadas, que se producían a un ritmo de dos o tres por hora. La mayoría eran de chiflados, aunque algunas parecían interesantes. Maura tomaba detalladamente nota de estas últimas y prometía ponerse en contacto con quien llamase.
Quince minutos antes de su cita con Kevin Loomis, Harry despidió el taxi entre Park Avenue y la calle 51 y continuó a pie.
Aunque no lo preocupaba en exceso que lo siguieran, no había olvidado su percance en el apartamento de Désirée. De manera que bajó hasta la calle 49 y volvió a subir, tras detenerse en varios portales para inspeccionar la calle. Nada.
Era noche de recogida de basuras. La llovizna no contribuía a disipar el hedor de las bolsas amontonadas junto a los contenedores. Hacía mucho que no se producía una huelga tan larga del servicio de recogida de basuras, pero en noches como aquélla entendía por qué tan a menudo tardaban tanto en desconvocarse.
No había mucho tráfico, y el cruce de la calle 51 con la Tercera Avenida estaba casi desierto. Con la gorra de béisbol de Evie calada hasta los ojos, Harry se recostó en una farola y aguardó. A las 11.05 se detuvo un taxi y se abrió la puerta del lado contiguo al del conductor.
– Suba, doctor -le dijo el taxista con una voz más basta que la lija.
– ¿Es usted Loomis? -preguntó Harry cuando el taxi hubo arrancado en dirección a la zona alta de la ciudad.
– No -se limitó a contestar el taxista, que no volvió a abrir la boca hasta cerca de la intersección de la Quinta Avenida con la calle 57.
– En cuanto cruce la Quinta, salte y corra hasta la esquina de la calle 60 -dijo luego el taxista-. Allí lo recogerán. A mí ya me han pagado. Sólo tiene que saltar y correr.
El taxi aminoró la velocidad hasta que el semáforo estuvo a punto de pasar al rojo. Entonces aceleró en el cruce de la Quinta Avenida. La maniobra provocó un irritado concierto de bocinas, pero garantizaba que ningún coche los siguiera.
Harry bajó y corrió por la Quinta Avenida hasta la calle 60. En cuanto llegó a la esquina, un Lexus negro se situó a su altura. Se abrió la puerta y Harry subió en marcha. El conductor, un cuarentón bien parecido, giró en dirección al sector sur del Central Park y aceleró.
– Soy Kevin Loomis -dijo el conductor-. Perdone por el numerito de espías que no estoy seguro de que sirva para algo. Stallings y yo adoptamos muchas precauciones cuando nos vimos en el Battery Park, pero está claro que ellos lograron seguir a uno de nosotros dos, o a ambos. Stallings regresaba a su oficina después de nuestra entrevista cuando tuvo el paro cardíaco.
– ¿Quiénes son ellos? -preguntó Harry.
– En mi opinión, los responsables de la muerte de su esposa. Por eso he decidido verme con usted esta noche. Es gente del sector de los seguros. Forman un grupo que llaman la Tabla Redonda.
– ¿Una especie de club de hombres de negocios?
– Más bien una especie de sociedad secreta. Lo sé porqué formo parte de ella.
Dieron la vuelta para coger la autopista West Side y enfilaron hacia la zona alta de la ciudad. Harry escuchaba, atónito, lo que Kevin Loomis le contaba acerca de la sociedad secreta y su reciente incorporación a la misma.
A Harry le cayó bien en seguida Loomis (su directo modo de expresarse, la típica rudeza del hombre criado en las calles que subyacía en sus recién adquiridos modales de ejecutivo). Si la Tabla Redonda era un grupo tan elitista y selecto como Loomis lo pintaba, se hacía cuesta arriba imaginarlo a él en semejante clan.
Dos cosas le llamaron poderosamente la atención a Harry. En primer lugar, el secretismo y la desconfianza; la escasa información que le daban a Loomis acerca de los otros caballeros. Sonaba más a «guerra sucia» del gobierno que a clan de conchabados ejecutivos. En segundo lugar, la actitud de Loomis le parecía desconcertante. Estaba claro que a Loomis lo apenaba lo que les había ocurrido a Evie y a James Stallings. Sin embargo, aunque no rebosase alegría, no parecía demasiado afectado ni desesperado, ni siquiera asustado. Daba la impresión de estar mucho más tranquilo aquella noche que cuando habló con él por teléfono. Estaba tranquilo y relajado.
– Por lo que a su esposa se refiere -dijo Loomis-, imagino lo que debió de suceder. Y doy por sentado que usted no tuvo nada que ver con su muerte.
– Nuestro matrimonio estaba al borde de la ruptura, tal como dicen los periódicos. No obstante, nunca se me hubiese ocurrido hacerle el menor daño.