Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
Sin decir palabra, Maura fue a la cocina y volvió con café. Ninguno de los tres abrió la boca hasta que ella hubo llenado las tazas.
– ¿Puede decirnos qué sucedió después? -preguntó Harry.
– Nada bueno. La inyección de Perchek no me mató, pero durante los últimos siete años he deseado muchas veces que lo hubiese hecho. Las fibras nerviosas encargadas de la transmisión del dolor quedaron irreversiblemente afectadas y se disparan sin causa alguna, a veces sólo un poco, pero en ciertas ocasiones es espantoso.
– Supongo que habrá consultado con los médicos.
– Como no sabían qué sustancia me inyectó Perchek, iban a ciegas. La mayoría me tomaban por loco. Ya sabe usted cómo reaccionan los médicos respecto de lo que no han aprendido en sus libros de texto. Creían que, en realidad, lo que yo buscaba era que me recetasen alguna droga, o que la Seguridad Social me concediese una pensión. Al final, no se equivocaron mucho porque conseguí que la Agencia me diese de baja por enfermedad y que se me certificase incapacidad total. Acudo periódicamente a las reuniones de AA y DA, pero las crisis de dolor persisten. Afortunadamente, en Tennessee tanto mi médico como mi farmacéutico son muy comprensivos, y no tengo problemas para disponer siempre de Percodan.
– ¿Y su familia? -preguntó Maura.
– Mi esposa, Eliza, tuvo mucha paciencia -contestó Ray, que se encogió de hombros, entristecido-. No obstante, como los médicos no sabían qué decirle, ni le daban esperanzas, terminó por desanimarse. Me dejó, y el año pasado se casó con un maestro de Knoxville.
– ¿Y su hijo?
– Estudia en la universidad. Viene a verme siempre que puede, o me llama. Ahora hace una temporada que no lo veo.
– Es muy triste -dijo Maura.
– Lo he sobrellevado bien hasta hace unas semanas. Un año después de que Perchek ingresara en un penal mexicano que está en las afueras de Tampico, me dijeron que había muerto al estrellarse el helicóptero con el que intentó fugarse. No me lo creí, ya que en México, si uno tiene suficiente dinero puede conseguir lo que quiera, o que parezca que lo ha conseguido. Me contaron que el helicóptero explotó al sobrevolar el mar, y citaban testigos dignos de crédito. El cuerpo que rescataron del Atlántico lo identificaron como el de Perchek por medio de la radiografía de sus piezas dentarias.
– Y ¿siguió sin creerlo?
– Digamos, simplemente, que una cosa era lo que yo creyese y otra lo que, en el fondo de mi corazón, quisiera creer.
– Y ¿por qué vino a Nueva York? -preguntó Harry.
– Me llamó un viejo amigo forense de la central de la Agencia en Washington. Sims, el experto que colabora con ustedes, envió varias huellas para que las examinasen, y la del pulgar correspondía a la de Perchek casi con un noventa y cinco por ciento de certeza. No me sorprendió demasiado, sobre todo al saber que procedía de la habitación que ocupaba una mujer asesinada en un hospital. Me planté aquí y empecé a hacer planes para acercarme a usted. Mi amigo de Washington me prometió darme un poco de tiempo antes de enviarle el resultado de la identificación de la huella a Sims.
– Pero ¿por qué no nos dijo quién era usted?
– ¿La verdad? Porque no estaba muy seguro de qué lado estaban ustedes. Pensé que usted podía haber contratado a Perchek para que asesinase a su esposa. No estuve completamente seguro de que no era así hasta aquella noche en el Central Park.
– ¿Así que fue usted? -exclamó Harry-. Ahora resulta que fue usted quien les disparó.
– ¿Y le parece mal?
– Naturalmente que me parece mal.
– Le salvé la vida a Maura… y puede que a usted también.
– Si en lugar de matar a uno de ellos los hubiese detenido, puede que Andy Barlow aún viviera.
– ¡No sea imbécil, Harry! -le espetó Santana-. Nos enfrentamos a asesinos, no a profesores universitarios ni a asistentes sociales. ¿Entendido? Esa gente no aguarda tranquilamente a que alguien los… «acompañe» a la comisaría. Antes te matan. Siento muchísimo lo de Barlow. No debió haber muerto. Pero métaselo en la cabeza: no fue culpa mía.
– Es usted un hombre peligroso, Santana -le replicó Harry de mal talante-. Una bomba de relojería. No le importa quién caiga con tal de eliminar a Perchek.
– No anda muy equivocado, amigo.
– Podrían echarme del hospital por lo que usted ha hecho, ¡amigo!
– Vamos, Harry -dijo Santana-. Quizá lo expedienten, pero no lo van a echar. Tiene usted un magnífico abogado. Verá lo que vamos a hacer: iremos los dos a retirar los carteles. Como han estado pegados toda la noche, ya se ha logrado el objetivo de enfurecer a Perchek, que es lo que yo me proponía.
– ¡Enfurecer a Perchek! ¡Menudo está hecho usted! -exclamó Harry, no precisamente en un tono cariñoso-. ¿Tiene idea de cuántas veces ha sonado el teléfono aquí? Han llamado casi todos los chiflados de Manhattan, convencidos de que me pueden timar cincuenta mil dólares. ¡Enfurecer a Perchek! Mire, Santana, salga inmediatamente de aquí. Ya tengo bastantes problemas con mis enemigos para que supuestos amigos me la jueguen a mis espaldas.
Maura no pudo contenerse más.
– ¡Oídme los dos! -les espetó-. Sentaos y callaos un momento. No me importa el concepto en que os tengáis mutuamente. Lo que habéis de pensar es que por separado no tenéis muchas posibilidades de cazar al tal Perchek. Tú, Harry, eres médico, no policía. Y tú, Ray… porque puedo tutearte, ¿verdad? Tú, Ray, no puedes moverte por los hospitales, que es donde está el hombre a quien buscas. Os necesitáis. De modo que haceos a la idea.
Harry fulminó con la mirada a Santana. Maura cruzó el salón y se plantó frente a Harry con los brazos en jarras.
– ¿Queréis que os obligue a estrecharos la mano, como hacíamos en el instituto después de una pelea? Pues muy bien. Vamos a seguir unidos y a comprometernos a no hacer nada sin antes hablarlo los tres. ¿Trato hecho?
– Trato hecho.
– Está bien, trato hecho.
Ambos asintieron, pero a regañadientes.
– Pues entonces, vamos -dijo Maura antes de que volvieran a enzarzarse-. Tenemos que despegar un montón de carteles.
En el vestíbulo de la unidad de cirugía del CMM, un nutrido grupo de personas se agolpaba frente al tablón de anuncios. Había enfermeras, técnicos, médicos y anestesistas. Caspar Sidonis estaba también entre ellos.
Los carteles que de la noche a la mañana habían aparecido en todos los departamentos del centro eran la comidilla del hospital.
– Creo que he visto a este hombre -comentó una de las enfermeras al ver uno de los retratos de Perchek en el que aparecía con barba.
– Me parece que, desde que dejaste a Billy el año pasado, has debido de ver a todos los hombres de la ciudad, Janine -le dijo una compañera.
– No tiene ninguna gracia -le replicó Janine de mal talante.
– Estoy de acuerdo con usted, Janine -terció Sidonis-. Tampoco tiene ninguna gracia la nueva humillación que representa esto para el hospital.
En cuanto oyeron abrir la boca al jefe de cirugía cardiovascular, cesó toda conversación.
– El personal sabe que fue Harry Corbett quien mató a su esposa. No podía soportar la idea de perderla y la mató. Es así de sencillo. Estos carteles no son más que una cortina de humo, una maniobra de distracción. Corbett está totalmente loco, igual que la mujer que ha hecho estos retratos. Son el producto de la trastornada mente de una alcohólica. Sólo eso. Ya lo verán. Estoy harto de Corbett y del modo en que manipula a quienes trabajan en el hospital. Cincuenta mil dólares de recompensa, nada menos…
Violento por el destemplado comentario del cirujano y, al corriente de lo que se rumoreaba sobre sus relaciones con la mujer asesinada, el grupo se dispersó en seguida.