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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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El hombre delgado movió la mano con cierta irritación y, sin esperar a que le invitaran, tomó asiento frente a Tuf.

—Tengo entendido que posee una vieja sembradora del CIE, pero eso no le convierte en ingeniero ecológico, Tuf. Todos los ingenieros ecológicos han muerto y de eso ya hace algunos siglos. Pero si prefiere que le llamen así, a mí no me importa. Necesito sus servicios. Quiero adquirir un monstruo, una bestia enorme y feroz.

—Ah —dijo Tuf, dirigiéndose de nuevo al gato—. Desea comprar un monstruo. El desconocido que se ha instalado en mi mesa, sin que le haya invitado, desea comprar un monstruo —Tuf pestañeó—. Lamento informarle de que su viaje ha resultado inútil. Los monstruos, señor mío, pertenecen por entero al reino de lo mitológico, al igual que los espíritus, los hombres-bestia y los burócratas competentes. Más aún, en estos momentos no me dedico a la venta de animales, ni a ninguno de los variados aspectos de mi profesión. En este momento me encuentro consumiendo la excelente cerveza de Tamberkin y llorando una muerte.

—¿Llorando una muerte? —dijo el hombre delgado—. ¿Qué muerte? —No parecía muy dispuesto a irse.

—La muerte de una gata —dijo Haviland Tuf—. Se llamaba Desorden y llevaba largos años siendo mi compañera, señor mío. Ha muerto hace muy poco tiempo en un mundo llamado Alyssar, al cual la mala fortuna me llevó para hacerme caer en manos de un príncipe bárbaro notablemente repulsivo —sus ojos se clavaron en la diadema—. Caballero, ¿no será usted por casualidad un príncipe bárbaro?

—Claro que no. —Tiene usted suerte, entonces —dijo Tuf. —Bueno, Tuf, lamento lo de su gata. Ya sé lo que siente actualmente, sí, créame. Yo he pasado mil veces por ello.

—Mil veces —repitió Tuf con voz átona—. ¿Considera quizás excesivo el esfuerzo de cuidar adecuadamente a sus animales domésticos?

El hombre delgado se encogió de hombros. —Los animales se mueren, ya se sabe. Es imposible evitarlo. La garra, el colmillo y todo eso, sí, claro, es su destino. Me he acostumbrado a ver cómo mis mejores animales morían ante mis ojos y… Pero ése es justamente el motivo de que desee hablar con usted, Tuf.

—Ciertamente —dijo Haviland Tuf. —Me llamo Herold Norn. Soy el Maestro de Animales de mi Casa, una de las Doce Grandes Casas de Lyronica.

—Lyronica —repitió Tuf—. El nombre no me resulta del todo desconocido. Un planeta pequeño y de poca población, según creo recordar, y de costumbres más bien salvajes. Puede que ello explique sus repetidas transgresiones de las maneras civilizadas.

—¿Salvaje? —dijo Norn—. Eso son tonterías de Tamberkin, Tuf. Un montón de condenados granjeros… Lyronica es la joya del sector. ¿Ha oído hablar de nuestros pozos de juego?

Haviland Tuf rascó nuevamente a Dax detrás de la oreja, siguiendo un ritmo bastante peculiar, y el enorme gato se desenroscó con mucha lentitud, bostezando. Luego abrió los ojos y clavó en el hombre delgado dos enormes pupilas doradas, ronroneando suavemente.

—Durante mis viajes he ido recogiendo por azar algunas briznas de información —dijo Tuf—, pero quizá tenga usted la bondad de ser más preciso, Herold Norn, para que así, Dax y yo, podamos considerar su proposición.

Herold Norn se frotó las manos y movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

—¿Dax? —dijo—. Claro, claro. Un animal muy bonito, aunque personalmente nunca me han gustado demasiado los animales incapaces de pelear. Siempre he afirmado que, sólo en la capacidad para matar se encuentra la auténtica belleza.

—Una actitud muy peculiar —comenzó Tuf. —No, no —dijo Norn—, en lo más mínimo. Tengo la esperanza de que los trabajos realizados aquí no le hayan hecho contagiarse con los ridículos prejuicios de Tamber.

Tuf sorbió el resto de su cerveza en silencio y luego hizo una seña pidiendo otras dos jarras. El camarero se las trajo rápidamente.

—Gracias —dijo Norn, una vez tuvo delante una jarra llena hasta los bordes de líquido dorado y espumante.

—Continúe, por favor. —Sí, sí. Bien, las Doce Grandes Casas de Lyronica compiten en los pozos de juego. Todo empezó… ¡Oh!, hace siglos de ello. Antes de tales competiciones las Casas luchaban entre ellas, pero el modo actual resulta mucho mejor. El honor de la familia se mantiene intacto, se hacen fortunas en cada competición y nadie resulta herido. Verá, cada una de las Casas controla grandes residencias que se encuentran esparcidas por el planeta y, dado que la tierra apenas si está poblada, la vida animal prolifera de un modo espléndido. Hace muchos años, los Señores de las Grandes Casas empezaron a divertirse con peleas de animales aprovechando una época de paz. Se trataba de un entretenimiento muy agradable y hondamente enraizado en la historia. Puede que ya conozca usted la vieja costumbre de las peleas de gallos y ese pueblo de la Vieja Tierra llamado romano, que solía enfrentar entre sí en un gran anfiteatro a todo tipo de bestias.

Norn se calló para tomar un sorbo de cerveza, esperando una respuesta. Tuf siguió callado, acariciando a Dax.

—No importa —acabó diciendo el flaco lyronicano, limpiándose la espuma de los labios con el dorso de la mano—. Ése fue el inicio de los juegos actuales. Cada Casa tiene sus propias tierras y animales. La Casa de Varcour, por ejemplo, tiene sus dominios en las zonas pantanosas del Sur y les encanta enviar sus enormes lagartos-leones a los pozos de juego.

Feridian, una tierra montañosa, ha logrado labrar su fortuna actual con una especie de simio de las rocas al cual, naturalmente, llamamos jerzdian. Mi casa, Norn, se encuentra en las llanuras herbosas del continente Norte. Hemos enviado cien bestias diferentes a los combates, pero se nos conoce principalmente por nuestros colmillos de hierro.

—Colmillos de hierro —dijo Tuf—. Un nombre de lo más sugestivo.

Norn le sonrió con cierto orgullo. —Sí —dijo—. En mi calidad de Maestre de Animales he entrenado a miles de ellos. ¡Oh, son unos animales preciosos! Son tan altos como usted, tienen el pelo de un soberbio color negro azulado y resultan tan feroces como implacables.

—¿Puedo aventurar la hipótesis de que sus colmillos de hierro tengan ciertos antepasados caninos?

—Sí, pero… ¡qué caninos! —Y, sin embargo, me pide usted un monstruo. Norn bebió más cerveza.

—Cierto, cierto. Los habitantes de muchos mundos cercanos viajan a Lyronica para ver cómo las bestias luchan en los pozos y hacen apuestas en cuanto a los resultados. La Arena de Bronce, que lleva seiscientos años situada en la Ciudad de Todas las Casas, es particularmente concurrida y allí es donde se celebran los mayores combates. La riqueza de nuestras Casas y de nuestro planeta ha llegado a depender de ellos y, sin dicha riqueza, la opulenta Lyronica sería tan pobre como los granjeros de Tamber.

—Sí —dijo Tuf. —Debe comprender que esa riqueza afluye a las Casas según el honor que hayan ganado mediante sus victorias. La Casa de Arneth se ha vuelto muy grande y poderosa, porque en sus tierras, que abarcan una gran variedad de climas, hay muchas bestias mortíferas, y las demás la siguen según sus fortunas y tanteos en la Arena de Bronce.

Tuf pestañeó. —La Casa de Norn ocupa el último lugar entre las Doce Grandes Casas de Lyronica —dijo. Dax ronroneó más fuerte.

—¿Lo sabía? —Caballero, eso resulta obvio. Sin embargo, se me ocurre una posible objeción. Teniendo en cuenta las reglas de su Arena de Bronce, ¿no podría acaso considerarse falto de ética comprar e introducir en ella una especie no nativa de su fabuloso mundo?

—Ya hay precedentes. Hace unos setenta años un jugador volvió de la mismísima Vieja Tierra, con una criatura llamada lobo del bosque, entrenada por él mismo. La Casa de Colin le apoyo siguiendo un impulso enloquecido. Su pobre animal tuvo por oponente a un colmillo de hierro y demostró no estar precisamente a la altura de su misión. Hay otros casos.

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