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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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Spencer asintió y a continuación se dirigió al tercer establo. Andrew se quedó fuera del cuarto de sillas, observándole, preguntándose cómo podía un hombre sufrir tanto sintiéndose a la vez tan condenadamente aturdido.

En cuanto la pesada puerta de madera del establo se cerró silenciosamente tras Spencer, Andrew soltó un profundo suspiro y se obligó a enterrar su dolor como lo había hecho con tantos otros. Se volvió para regresar una vez más al cuarto de sillas, pero no había dado más de un paso, cuando la voz de Carmichael dijo:

– Quédese donde está.

Andrew se volvió y vio emerger a Carmichael entre las sombras, apuntándole directamente con una pistola.

Manteniendo una calma externa que estaba lejos de sentir, rápidamente evaluó sus limitadas posibilidades: posibilidades aún más desalentadoras por la presencia de Spencer. Maldición, si algo llegaba a ocurrirle al chico…

Se obligó a mantener firme la mirada en la nariz hinchada y en la mejilla amoratada de Carmichael para no dejarla vagar hasta el establo en el que había entrado Spencer. ¿Se habría dado cuenta Carmichael de que no estaban solos? De ser así, tenía que asegurarse de que Spencer no se dejara ver.

Andrew se aclaró la garganta y dijo, alzando la voz:

– ¿Cuánto tiempo pretendía seguir ocultándose en el establo?

– No estaba en el establo -dijo Carmichael-. Estaba fuera, ocupándome del jefe de establos.

El alivio y la furia tensaron las manos de Andrew: alivio al saber que Carmichael parecía ignorar que no estaban solos, y furia ante la noticia de que Fritzborne hubiera sido víctima de aquel bastardo.

– ¿Lo ha matado?

Carmichael se acercó despacio, con los ojos brillantes.

– No estoy seguro. Pero, aunque esté vivo, no le será de ninguna ayuda. Lo he dejado bien atado y amordazado.

La mirada de Andrew descendió al instante hasta la pistola de Carmichael e interiormente maldijo el hecho de que su propia arma estuviera fuera de su alcance, en la sala de sillas, donde la había dejado al ir a buscar la silla. Todavía tenía el cuchillo, pero tendría que escoger el momento con mucho cuidado. Si fallaba…

Cuando aproximadamente unos siete metros les separaron, Carmichael se detuvo.

– Ha tardado bastante en venir a los establos.

– Habría venido antes de haber sabido que me esperaba… Manning.

La sorpresa destelló en los ojos de Carmichael.

– Así que ya ha descubierto quién soy. Bien. Llevo esperando mucho tiempo este momento. Me ha llevado a una apasionante cacería durante estos últimos once años, Stanton, pero ahora todo ha terminado. Ahora pagará por haber matado a mi hijo.

– Su hijo mató a mi esposa.

– ¿Su esposa? Nunca fue suya. Era propiedad de Lewis. Usted se la robó. Su matrimonio iba a unir a dos poderosas familias.

– Su hijo le pegaba.

– ¿Y qué importa eso? Era suya y podía usarla a su antojo. Si la joven no hubiera sido tan estúpida, no le habría enfurecido como lo hacía. Dios santo, pero si apenas sabía hablar. Las únicas cualidades que la redimían eran su apellido y su enorme fortuna.

Los ojos de Andrew se entrecerraron y dio un paso adelante.

– Le sugiero que tenga cuidado con lo que dice de ella.

– Y yo le sugiero que no vuelva a moverse. Soy un experto tirador.

– ¿Un experto tirador? No lo creo. No me alcanzó en la fiesta de lord Ravensly por, al menos, medio metro. Su descuido a punto estuvo de costarle la vida a lady Catherine.

Andrew apretó los dientes ante el despreocupado encogimiento de hombros de Carmichael.

– Me temo que, cuanto mayor es la distancia, más puntería perdemos.

– También anoche pretendió hacerle daño.

– Su inesperada presencia interfirió en mis planes.

– ¿Y el museo? ¿Fue eso obra suya o acaso contrató a alguien para que lo saqueara?

Una gélida sonrisa arrugó las comisuras de los labios de Carmichael.

– Fui yo. Ni se imagina la satisfacción que experimenté con cada hachazo. Con cada ventana hecha añicos. Viendo luego cómo sus inversores le daban la espalda. Todo ello pequeñas retribuciones por lo que usted le hizo a mi familia. -Sus ojos ardían de puro odio-. El matrimonio de Lewis con la heredera de los Northrip habría resuelto todos los problemas financieros de mi familia. Cuando asesinó a mi hijo, lo perdí todo. Northrip descubrió mis deudas y decidió retirarse de nuestra fusión. Naturalmente, le maté, aunque no obtuve con ello más que la simple satisfacción de acabar con su vida. Mi casa, mi empresa… todo perdido. Usted merecía no menos a cambio. Primero, perder su museo, y ahora, por fin, tras muchos años buscándole, también perder su vida.

Un fuerte jadeo llegó desde la puerta de los establos. Andrew se volvió y el corazón a punto estuvo de dejar de latirle en el pecho. Catherine estaba de pie en el umbral, a menos de siete metros de él y con el horror reflejado en sus ojos abiertos como platos.

– A menos que quiera que dispare al señor Stanton, sacará ahora mismo la mano de su falda, lady Catherine. -Sin apartar los ojos de ella, Carmichael prosiguió-: Y si se mueve usted un solo centímetro, señor Stanton, la mataré. Y ahora tienda las manos al frente, lady Catherine… sí, así, y acérquese al señor Stanton… no, no tanto. Deténgase ahí mismo.

Catherine se detuvo a un par de metros de Andrew. Mientras hablaba a Catherine, un ligero movimiento detrás de Carmichael captó la atención de Andrew. Spencer, con los ojos como platos, atisbaba por encima de la puerta del establo situada justo detrás de Carmichael.

Los ojos de ambos se encontraron y Andrew ladeó bruscamente la cabeza, rezando para que Spencer entendiera el mensaje y se mantuviera oculto. La cabeza del joven desapareció.

La mente de Andrew empezó a pensar a toda prisa. ¿Cómo podía sacar a Spencer, a Catherine y a él mismo con vida de aquel lío? Carmichael estaba a menos de dos metros, directamente delante del establo donde se ocultaba Spencer. De pronto le llegó un golpe de inspiración y se aclaró la garganta.

– Sabe que le colgarán por esto.

– Al contrario. Sydney Carmichael simplemente desaparecerá y nunca volverá a saberse de él.

– No contaría con ello. Apuesto a que no tardará en verse colgando de la horca. -Acompañó su afirmación chasqueando la lengua-. Sí, balanceándose, exactamente como la puerta de un viejo establo, como solía hacerlo mi viejo amigo Spencer. Y como probablemente estaría encantado de hacerlo de nuevo. En este preciso instante.

Oyó la afilada inspiración de Catherine, pero no se atrevió a mirarla. Un destello de confusión asomó a los ojos de Carmichael, cuya mirada se endureció de inmediato.

– Extraña elección para sus últimas palabras, aunque qué importa ya. Su vida ha terminado -anunció, apuntando directamente la pistola al pecho de Andrew.

En apenas un segundo, la puerta del establo situado detrás de Carmichael se abrió de improviso, golpeándole con fuerza en la espalda y haciéndole perder el equilibrio. Andrew se lanzó hacia delante. Antes de que Carmichael pudiera recuperar el equilibrio, los puños de Andrew encontraron su objetivo con dos golpes rápidos y potentes que impactaron en la mandíbula y en el diafragma de Carmichael. Éste soltó un gruñido y la pistola se deslizó de sus dedos, aterrizando en el suelo de madera con un golpe sordo. Andrew lo cogió por la corbata y cuando había echado el puño atrás para darle un nuevo golpe, Carmichael puso los ojos en blanco, colgando inerte de la mano de Andrew. Éste lo soltó y Carmichael se derrumbó en el suelo, vio a Catherine quien, respirando pesadamente y con los ojos brillantes en una combinación de furia y triunfo, sostenía entre las manos un cubo lleno de pienso que mostraba una ostensible abolladura.

– Toma, bastardo -dijo al hombre caído.

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