Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
La dimensión de esa verdad, la profundidad de los sentimientos de Andrew, su devoción, la humillaron, enervándola, y casi pudo sentir cómo el muro que había construido a su alrededor y en torno a su corazón se derrumbaba, dejándola al descubierto y desnudando totalmente sus sentimientos. Convirtiéndolos en algo innegable. Ya no podía seguir ocultándose de ellos. No deseaba solamente a Andrew. Le amaba.
Dejó escapar un sollozo y apretó sus temblorosos labios. Con una impaciente exclamación, se pasó el dorso de la mano por los ojos. Después. Podría llorar después, aunque esperaba con toda el alma que no fuera necesario. Por el momento, necesitaba averiguar dónde habría ido Andrew y pensar en la forma de ayudarle a encontrar a Carmichael. Luego decirle lo estúpida que había sido. Y rezar para que la perdonara por el dolor que sus miedos y su confusión les habían causado a ambos.
Cogió las cartas y el anillo para llevárselos después al pecho, y fue hasta la ventana y perdió la mirada en la suave luz dorada que anunciaba el amanecer. Sus ojos se desviaron a lo lejos, hacia los establos, y parpadeó al ver la conocida figura de hombros anchos de Andrew acercándose a la enorme puerta de doble hoja. El corazón le dio un vuelco de puro alivio. Andrew seguía allí. Si se daba prisa, podría llegar a los establos antes de que él se fuera. Aunque, con Carmichael probablemente acechando en las inmediaciones, necesitaba protección.
Corrió entonces a su habitación, cayó de rodillas ante su armario y sacó de él una vieja sombrerera. Abrió la tapa, cogió la pequeña pistola con mango perlado que ocultaba debajo de un montón de guantes. Puso a continuación las cartas y el anillo de Andrew encima y volvió a colocar la caja en su sitio. Maldiciendo el ulterior retraso, se vistió a toda prisa y, metiéndose la pistola en el bolsillo del vestido, salió de la estancia.
Capítulo 20
La mujer moderna actual debería practicar siempre la prudencia y la cautela en lo que concierne a los asuntos del corazón. A veces, sin embargo, el destino le pondrá delante a un hombre que la sorprenderá con la guardia baja, deshaciéndole el corazón. Si el caballero en cuestión siente lo mismo por ella, la mujer moderna actual debe reconocer en ello el milagro que encierra y no dudar en carpe hominis… ¡no dejar escapar al hombre!
Guía femenina para la consecución
de la felicidad personal y la satisfacción íntima
CHARLES BRIGHTMORE
Andrew se detuvo en la puerta de los establos para dejar que sus ojos se adaptaran a la penumbra reinante en el interior, pistola en mano. Despacio, estudió el enorme espacio interior al tiempo que prestaba atención con ojos y oídos a cualquier cosa fuera de lo normal. No percibió nada y una rápida búsqueda le cercioró de que Carmichael no se ocultaba en ninguno de los establos del recinto. Fritzborne no estaba a la vista, algo que le intranquilizó. Sin duda tendría que haber vuelto ya de casa de la señora Ralston.
Se permitió otra mirada por encima de la puerta del tercer establo donde dormía Sombra, ahora acurrucado en el rincón en un lecho de heno cubierto con una manta. Tendría que mandar a alguien a buscar al cachorro. Y devolver a Afrodita. Dios sabía que no tendría fuerzas para volver a Little Longstone personalmente.
Obligándose a mover los pies, entró en el cuarto de sillas. Después de dejar la pistola encima de un banco de trabajo, estaba a punto de coger la silla de Afrodita cuando oyó la voz de Spencer:
– ¿Se va, señor Stanton?
Se volvió apresuradamente. Spencer estaba en el umbral, con la confusión y el dolor reflejados en los ojos.
Una oleada de alarma recorrió a Andrew. Con Carmichael buscándole, ése era el último sitio donde quería ver a Spencer.
Se acercó a él con el estómago tenso de preocupación.
– ¿Qué estás haciendo aquí, Spencer?
– Quería jugar con Sombra. Cuando salía de casa, le he visto entrar a los establos. ¿Se marcha? -volvió a preguntar.
– Eso me temo.
Una mirada de perplejidad asomó al rostro de Spencer.
– ¿Sin despedirse?
La culpa golpeó a Andrew en las entrañas.
– Sólo durante un tiempo. Y sólo porque tengo mucha prisa. Pensaba escribirte. -Rápidamente le explicó lo que estaba ocurriendo, concluyendo con-: En cuanto haya ensillado a Afrodita, te llevaré de vuelta a casa. Debes quedarte dentro hasta que Carmichael sea apresado. Protege a tu madre. ¿Lo has entendido?
Spencer asintió.
– ¿Cuándo volverá?
Andrew inspiró hondo. No tenía tiempo para decir todas las cosas que le hubiera gustado, pero no podía por menos que confesar la verdad al chiquillo.
– ¿Recuerdas todos esos molestos pretendientes que desean cortejar a tu madre?
– Por supuesto. Les enseñamos a dejar de molestar a mamá, ¿no?
– Sí, es cierto. Desgraciadamente, me he convertido en uno de ellos.
Spencer parpadeó varias veces.
– ¿Quiere cortejar a mi madre?
– Eso quería, sí, pero las cosas no han resultado como yo esperaba.
Spencer frunció el ceño. Andrew casi pudo oír girar las ruedas en la mente del joven.
– ¿Y por qué no van a salir bien las cosas? Usted le gusta a mamá, lo sé. Y… y le gustó mucho el helado de fresa.
– Sé que le gusto. Pero a veces eso no es suficiente. Y, en este caso, no lo es.
El labio inferior de Spencer empezó a temblar y las lágrimas le inflamaron los ojos.
– Entonces, ¿no va a volver?
Que Dios le asistiera. ¿Cuántas veces podía romperse su condenado corazón en un sólo día? Andrew tendió los brazos y posó las manos en los hombros de Spencer.
– Me temo que no. Pero quiero que sepas que me encantaría que me visitases en Londres siempre que quieras.
– ¿De verdad?
– Sí. Y de verdad espero que consideres la posibilidad de hacer el viaje. Creo que estás preparado para aventurarte más allá de los confines de Little Longstone. Te enseñaré el museo y podríamos continuar con tus lecciones de pugilismo.
Spencer se pasó el dorso de la mano por los ojos.
– Me… me encantaría.
– También podemos enviarnos cartas si quieres, aunque, según me han dicho, soy un desastre con la ortografía.
– Yo podría enseñarle. Se me da muy bien.
– Bien, entonces está decidido. Aunque… ¿te importaría mucho cuidar de Sombra en mi lugar hasta que pueda enviar a alguien a buscarle?
– En absoluto. Quizá pueda llevárselo yo mismo a Londres.
Andrew sonrió a pesar del nudo que le agarrotaba la garganta.
– Un plan excelente.
– Señor Stanton… -Spencer levantó los ojos hacia él y la tristeza que revelaba su mirada cortó a Andrew como una cuchilla oxidada-. ¿Y si la gente de Londres se muestra… desagradable conmigo?
– Estaré siempre a tu lado, Spencer. Si alguien es lo bastante estúpido como para mostrarse desagradable contigo, aunque sea una sola vez, te prometo que no habrá una segunda.
Sus palabras borraron parte de la preocupación que velaba los ojos del joven, aunque nada hicieron por borrar de ellos la tristeza. Y era hora de irse. Después de dar un apretón a los hombros del chiquillo, le miró directamente a los ojos.
– Quiero que sepas que… si tuviera un hijo, me gustaría que fuera igual a ti.
La barbilla de Spencer tembló y una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla, golpeando a Andrew con más violencia que cualquier arma. Spencer dio un paso adelante y rodeó a Andrew por la cintura, estrechándolo entre sus brazos.
– Ojalá fuera mi padre -dijo con un susurro quebrado.
Andrew cerró los ojos con fuerza y también abrazó a Spencer. Tuvo que tragar dos veces para encontrarse la voz.
– Ojalá, Spencer. Ojalá. Pero siempre seremos amigos.
– ¿Siempre?
– Siempre. Siempre que necesites algo, no tienes más que pedírmelo. -Dio unas palmadas al joven en la espalda y luego retrocedió-. Y ahora tenemos que irnos. ¿Por qué no coges a Sombra mientras yo ensillo a Afrodita?