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Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorquín Ramón Llull, acompaña a una partida de almogávares en una arriesgada expedición por tierras de Oriente.
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
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Vi caer al kauli hacia atrás, con una lentitud de pesadilla, como un enorme árbol abatido, dejando tras de sí, en el aire, un rastro de sangre que manaba de su rostro destrozado. Cuando chocó contra el suelo, yo seguía contemplándolo fascinado.

Me arrodillé junto a él, y toqué curioso su armadura plateada; no era de metal, sino que parecía estar hecha del mismo material que conforma el caparazón de un escarabajo; duro, pero elástico. Y no estaba colocada sobre su piel; era su piel. Cuando intenté separar una de las secciones del pecho, vi que estaba pegada a su cuerpo, y que bajo ésta aparecían ya los rojos músculos de las alas.

– Ahora no es el momento, Ramón -me increpó la consejera mientras volvía a cargar su pyreion.

Con mi brazo en cabestrillo, no podía ponerme en pie solo, y pedí a la mujer que me ayudara.

– Debemos subir a la sentina -dijo ella mientras me ofrecía su brazo-; los kauli deben de estar intentando penetrar por allí.

En la balaustrada el combate continuaba desesperadamente. Dragones y almogávares peleaban allí codo con codo, moviéndose con dificultad por la estrecha plataforma, abatiendo con fuego y balas a los kauli que se acercaban, peleando cuerpo a cuerpo con los que conseguían saltar sobre el aeróstato. No vi a Joanot, perdido en mitad de un pandemónium de cuerpos que mataban y eran muertos a un ritmo vertiginoso.

Neléis ordenó a algunos de los dragones que la siguieran. Yo también subí hasta la sentina detrás de la consejera. Aunque impedido por mi brazo roto no esperaba ser de mucha utilidad, no podía soportar la espera inactiva de que llegara el final; porque para entonces creo que era evidente para todos que no podíamos defender los frágiles aeróstatos contra aquel ataque de enfurecidos demonios.

Pero tampoco podíamos esperar la muerte con los brazos cruzados.

La sentina presentaba el confuso y habitual aspecto de maleza de varillas metálicas entrecruzándose. Al final de la pasarela central, cuatro mecánicos cuidaban del motor de vapor, forzado al máximo para contrarrestar la perdida de flotabilidad que estaba sufriendo la nave. Miramos hacia el techo de lona, presintiendo la muchedumbre de langostas que debían de estar amontonándose sobre él.

– ¡Os lo advertí! -chilló una desagradable voz a mi espalda-. ¡Os dije que si permanecíais en este lugar sería vuestro final! ¡Ahora es tarde! ¡Ahora es tarde!

Era el gordo sacerdote nestoriano, cogido con ambas manos a dos de los barrotes de su jaula, como una rata chillando en su trampa. Ni Neléis ni los dragones le hicieron el menor caso, pero yo deseé con todas mis fuerzas hacerle callar de alguna forma.

– ¡Demasiado tarde!

El techo de lona se rasgó por varios sitios a la vez, y un enjambre de alados kauli se precipitó hacia el interior de la sentina a través de los orificios.

Los dragones no podían hacer uso de sus sifones flamígeros en el interior de la nave, pero dispararon sus pyreions contra los invasores sin importarles si perforaban o no los grandes balones de gas.

El nestoriano gritaba y saltaba dentro de su jaula, como un mono loco, hasta que un kauli aterrizó justamente sobre la prisión del hereje.

El nestoriano alzó sus manos hacia él y dijo con un tono de oración:

– ¡Oh tú, arcángel vengador, dame tu bendición!

El kauli lo sujetó por las muñecas y lo atrajo hacia sí, haciendo que su cabeza se estrellara contra los barrotes del techo de la jaula. El nestoriano aulló, sorprendido y dolorido por el golpe, pero el kauli se inclinó hacia él, lentamente, como si fuera a besarle. Durante un largo instante, los dos rostros se juntaron, y vi cómo el hereje pataleaba espasmódicamente. Cuando el kauli al fin lo soltó, dejándole caer como un pelele roto al fondo de la jaula, la cara del nestoriano había desaparecido, substituida por una pulpa sanguinolenta. El kauli, plantado sobre la jaula como un gran halcón de plata, masticaba lentamente.

Aparté la vista mareado y vomité, sujetándome con mi única mano disponible al varillaje de metal, para no caer sin sentido.

Los dragones habían establecido una línea de defensa en torno al motor de vapor, pero un enjambre de kaulis acechaban sobre ellos dispuestos a lanzarse al ataque. Nuestra única ventaja era que, en los estrechos y enrevesados espacios libres de la sentina, cruzada de un lado a otro por cables y viguetas, aquellos demonios no podían desplegar completamente sus mortíferas alas. Los primeros kauli que intentaron saltar sobre nosotros fueron rápidamente abatidos a balazos.

Estábamos en tablas, y durante un momento no se produjo ningún movimiento.

– Sal de aquí, Ramón -me dijo Neléis.

– ¿Qué?

– Sal de aquí. No podremos resistir mucho tiempo, y los kauli se harán con el motor de vapor. La comunicación se ha cortado. Intenta llegar al puente y advierte a Vadinio. Nuestra única oportunidad es que logre aterrizar la nave en una de esas terrazas, y una vez en tierra contraatacar a los kauli.

Me arrastré hacia la salida de la sentina lo más rápido que pude, y descendí por la escalerilla sujetándome tan sólo con mi brazo sano. La bodega se había hundido en el caos; hombres y kaulis peleaban por todas partes, cuerpo a cuerpo, destrozándose mutuamente con espadas, uñas y dientes. Con la vista fija en la trampilla que llevaba al puente, atravesé la bodega sin detenerme a mirar a quienes combatían a mí alrededor.

Estaba a punto de alcanzarla cuando una fuerte mano me detuvo. Era Joanot.

– ¡Ramón! -exclamó-. Creí que habías muerto, anciano.

– Necesito llegar al puente -dije casi sin aliento-. Nuestra única oportunidad es llegar a tierra antes de que los demonios controlen completamente la nave.

Dos almogávares, Guillem y Guzmán, le acompañaban; Joanot los señaló y me dijo:

– Nosotros también íbamos al puente. La nave está ahora sin control.

Le miré atónito, sin saber cómo reaccionar. Por supuesto, ¿por qué no se me había ocurrido pensar que las langostas podrían haber tomado el puente mientras nosotros peleábamos en la bodega y la sentina?

Joanot me apartó a un lado, y dijo:

– Nosotros iremos delante.

Los tres almogávares descendieron por la escalerilla, y yo fui tras ellos.

El aspecto del puente era desolador. Todas las portillas de falso cristal estaban destrozadas, y el aire entraba en tromba por todas partes haciendo volar papeles y restos destrozados de las cartas de navegación. Los cadáveres del piloto y del técnico de comunicación yacían juntos, con las gargantas destrozadas por una dentellada. Vi el cuerpo de Vadinio un poco más lejos, junto a la columna que sujetaba la brújula. Supe que era él por las ropas que llevaba, pues su cabeza había desaparecido.

Un kauli estaba al timón, de espaldas a nosotros, de modo que sólo podíamos ver sus enormes alas plegadas. Había colocado la nave casi en picado, y descendíamos a gran velocidad hacia lo más profundo de aquel abismo.

¿Hacia dónde nos llevaba aquel monstruo? ¿Qué destino nos había fijado?

Lo vi aparecer brevemente entre los jirones de niebla; una hilera interminable de columnas de piedra roja que encerraban toda una vuelta de aquella espiral que descendía al abismo. Millas y millas de columnas que encerraban una especie de claustro interminable; o quizá la entrada al palacio del Adversario.

Desapareció entre la niebla tan rápidamente como había aparecido, y me pregunté si no lo habría imaginado. Pero aquel demonio de alas plateadas conducía el Teógides directamente hacia aquel lugar, y esto sí era real.

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