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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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Aranda se dejó caer en una silla cercana.

– ¿Pero eso explica por qué los muertos le ignoran, Antonio?

– No tengo equipo suficiente para hacer las pruebas requeridas, pero desde luego, entre otras cosas, ésa puede ser una de las causas. La transpiración constituye un proceso natural para eliminar las toxinas del organismo, y es un hecho que ciertas enfermedades como la diabetes, o algunas otras relacionadas con problemas del hígado, provocan olores característicos. Es posible que los zombis identifiquen eso de alguna manera… como pasa con las feromonas, auténticos pasaportes del mundo de los insectos.

– Sí, he leído sobre eso… -dijo, paseando la mirada por la mesa de análisis. Tenía una sola pregunta dando vueltas en la cabeza, pero casi le daba miedo formularla-. Vale… lo que quiero saber es… ¿se puede utilizar la sangre del sacerdote para conseguir reproducir los efectos de su… inmunidad frente a los zombis?

– Ésa es la sutil diferencia de la que te hablaba al principio. Verás, sería imposible hacer una vacuna con los medios de que dispongo. Esos virus se aíslan en un laboratorio y se les manipula borrándoles de su ADN la función que tienen para implantarles una nueva: la de destruir a los virus de su mismo género. Se les dota de una sustancia química que usan como arma letal contra sus ex compañeros virus. Y hacen más cosas, como insertar límites de réplicas para evitar una superpoblación. Todo eso se realiza con costosos equipos y grandes equipos humanos. Pero… también podemos hacerlo a la vieja usanza.

– ¿Cómo es eso?

– Es la historia de las vacunas -continuó el doctor. Cogió otra silla y se sentó frente a él-. En China, a los pacientes que sufrían tipos leves de viruela les arrancaban sus pústulas secas para molerlas y conseguir un polvo que luego se introducían por la nariz para conseguir inmunizarse. Los turcos ya hacían eso en el año 1700; se inoculaban con fluidos tomados de casos leves de enfermedades contagiosas, y vaya si funcionaba. La buena noticia es que nosotros ya tenemos ese "caso leve" de zombificación, o como quieras llamarlo.

– Nuestro cura.

– Nuestro cura -repitió el doctor con una sonrisa-. El agente patógeno que descubrimos está latente, vivo, activo, pero controlado por su sistema inmunológico. Se replica e instala en sus células continuamente, pero su sistema las destruye con una rapidez pasmosa. Esto generalmente acabaría con cualquier sistema rápidamente, pero a su vez el virus actúa como esas células madre de las que hablamos aquella vez, ¿recuerdas?

– Sí, sí… es lo que hace que esas cosas sigan moviéndose y viviendo incluso con sus órganos vitales destrozados.

– Eso es. Así que el sistema se replica constantemente y se mantiene estable. Es más… sospecho que el agente patógeno podría estar alargando de alguna forma la vida de ese hombre… ¿has visto su aspecto? No has visto sus heces, desde luego…

– ¿Doctor? -preguntó Aranda de repente.

– ¿Sí?

– ¿Por qué siempre dice "agente patógeno" en lugar de "virus"? Es mucho más corto…

– Hijo… -contestó el doctor-, la Seguridad Social se encargó de banalizar tanto esa palabra, que ningún profesional de la medicina debería ya usarla bajo ningún concepto.

Aranda soltó una sonora carcajada.

XLIV

A primera hora de la tarde, toda la comunidad se encontraba en la sala acostumbrada. Habían sido avisados de que el doctor Rodríguez y Juan Aranda iban a poner sobre la mesa, por fin, los resultados de las investigaciones.

El doctor Rodríguez apareció casi diez minutos tarde. Aun así, recibió un estruendoso aplauso cuando recorrió el pasillo central en dirección al púlpito; todos sabían demasiado bien lo duro que había estado trabajando en su pequeño laboratorio y se encontraban nerviosos e intrigados por conocer sus hallazgos.

El doctor pidió silencio, levantando ambas manos y sonriendo con cierta timidez. Cuando habló, sin embargo, lo hizo con voz clara, fuerte y firme. Les contó todo lo que había descubierto sobre el virus, cómo actuaba manteniendo activos a los caminantes, y también sus más recientes descubrimientos sobre cómo el Padre Isidro mantenía dicho virus latente en su interior. Cuando terminó la exposición hubo una tanda de preguntas. Casi todas eran recurrentes sobre temas ya expuestos, que precisaban de una explicación más sencilla con palabras que todos pudieran comprender. De esas preguntas se encargó Aranda.

Cuando ya no hubo más brazos levantados, Aranda expuso, con tacto infinito, la siguiente parte del plan. Había que probar la cepa del virus debilitado en alguno de ellos.

Se produjo un intenso silencio.

Aranda continuó entonces explicando que se haría muy poco a poco. Inocularían cantidades controladas para estudiar, bajo la supervisión del doctor Rodríguez, cómo reaccionaba el organismo a la infección. Pero también indicó que, naturalmente, todo el proceso no estaba carente de peligro, incluyendo el riesgo de muerte. Por último, se apresuró a anunciar que no estaban buscando un voluntario. Eso despertó un murmullo en la sala. Con una sonrisa, comunicó que ya tenían a alguien dispuesto a probar la cepa.

– Yo mismo -dijo.

Un nuevo rumor recorrió la sala, y no faltó quien se puso de pie con ambas manos ahogando una exclamación de horror en la boca. Alguien chilló una rotunda negativa al experimento y a su airada protesta se le unieron varios vítores en diversos puntos de la sala, pero Aranda cortó de raíz las diferentes reacciones continuando hablando.

– Sé lo que pensáis, y os lo agradezco, pero no quería provocar un debate interminable sobre si debe hacerse, y luego sobre quién debe hacerlo. Es mi prerrogativa. Cuando os he dicho que soy voluntario, no era ninguna falacia: el doctor ya me ha inoculado la primera dosis de la cepa hace ahora… -miró su reloj de muñeca, un modelo simple de Casio digital-, noventa minutos.

Una exclamación de asombro se levantó entre los oyentes. Los que estaban de pie se dejaron caer en sus asientos como si les hubieran empujado. Aranda vio expresiones de asombro, de manifiesto terror, de pena… y aun otras, miradas valientes que le contemplaban con una mezcla de fascinación y reconocimiento.

– Llegué aquí cuando Carranque ya era un campamento en marcha -dijo entonces Aranda-, un campamento que funcionaba, que sobrevivía… y me acogisteis con brazos abiertos y el corazón generoso. Desde entonces me he sentido muy querido aquí, y quiero que todo nos vaya bien. A todos. Por eso he hecho lo que he hecho. Comprendedme… no hace tanto tiempo tomé la decisión equivocada de mandar a Jaime al desastre, y esa decisión casi acaba con Dozer también. Era mi turno de aceptar mi parte de riesgo. Además… -continuó con otra sonrisa en el rostro sincero-, quiero añadir que por el momento me encuentro perfectamente.

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