Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
Durante horas, no pasó nada más. El aire, afuera, estaba lleno de sonidos urbanos, pero también los sonidos fueron apartándose y sólo quedó el vacío del invierno inclemente. Aunque el frío de la casa se hizo intolerable, el Coronel sólo sentía calor y sed. En medio de la noche rompió la promesa y tomó un trago de ginebra. Cuando regreso, la melancolía lo ahogaba. El módulo lunar, desprendido de la nave principal, estaba posando sus tentáculos sobre un crater polvoriento. La especie humana acababa de llegar a la luna pero el Coronel ya no sentía nada, salvo los redobles de su propio infierno.
– ¿Quién se la habrá llevado, Pulgarcito, qué te parece? -dijo.
– ¿A Evita? Qué sé yo. Mirá las ideas que se te ocurren a estas horas.
Cifuentes estaba disgustado. El aliento a ginebra saturaba el aire.
– Vaya a saber si la cuidan, Pulgarcito. Vaya a saber qué le estarán haciendo.
– No pensés más en eso. Me prometiste.
– Yo la extraño. La extraño. Quisiera no pensar, pero la extraño.
Durmieron allí mismo, sobre los sillones. Cuando Cifuentes despertó, a comienzos de la tarde siguiente, ya el Coronel había tomado más de medio porrón de ginebra y lloraba viendo las imágenes interminables de la llanura de ceniza. Se oían los frenazos de los colectivos en la calle. Todo parecía haber vuelto a la normalidad, aunque a veces se abrían sorpresivos paréntesis de silencio. La oscuridad se apoderaba entonces de la pantalla, como si el mundo suspendiera el aliento a la espera de un parto descomunal, pantagruélico.
A las once de la noche del lunes, Neil Armstrong pisó la luna y pronunció la retórica frase que tanto había ensayado: That’s one small step for man. La imagen del televisor se inmovilizó en la huella de una bota, la izquierda, sobre el polvo gris.
– Qué raro: tantas manchas negras dijo el Coronel-. Tal vez hay moscas en ese lugar.
– No hay nada -dijo Cifuentes-. No hay vida.
– Hay moscas, mariposas, larvas de saprinas -insistió el Coronel-. Mirálas en el televisor. Están por todas partes.
– Qué van a estar, Moori. Es la ginebra que tomaste. Acabála ya. No quiero que terminemos otra vez en el hospital.
Armstrong saltaba de un cráter a otro y de pronto desapareció en el horizonte con una pala pequeña. Dijo, o el Coronel creyó entender: «No puedo ver lo que hago cuando llego a la sombra. Trae la máquina, Buzz. Mándame la máquina».
– Van a trabajar con máquinas -dijo el Coronel.
– Salió en los diarios -bostezó Cifuentes-. Van a cavar. Tienen que recoger algunas piedras.
Armstrong y el hombre que se llamaba Buzz parecían volar sobre aquel blando mundo muerto. Alzaban los brazos alados y se elevaban por encima de cordilleras frágiles y de mares impasibles. La cámara los perdió de vista y, cuando volvió a ellos, flotaban juntos, aferrando por las asas una caja de metal, de contornos borrosos.
– Mira esa caja -dijo el Coronel-. Un ataúd.
– Son herramientas -lo corrigió Cifuentes-. Ya vas a ver cuando empiecen a trabajar.
Pero la cámara se apartó de los astronautas en el preciso momento en que se inclinaban sobre algo que parecía un cauce, una grieta, y se distrajo con otros paisajes. En la aterradora blancura se dibujaron anillos, ojeras, ráfagas de plumas, estalactitas, plagas del sol. Luego, el espacio fue ocupado por un silencio sin remordimiento, hasta que regresó el perfil de Armstrong solitario, cavando.
– ¿Has visto eso? -dijo el Coronel. Estaba erguido, con una mano en la frente, pálido ante las imágenes que reverberaban.
– Qué -respondió Cifuentes, cansado.
– La tienen ahí.
– Es la bandera -dijo Cifuentes-. Van a clavar una bandera.
– ¿No te das cuenta?
Cifuentes lo tomó del brazo.
– Tranquilo, Moori. No pasa nada.
– ¿Cómo que no pasa nada? ¡Se la llevaron, Cifuentes! ¡La están enterrando en la luna!
«Pueden ver la bandera», anunció uno de los técnicos de Houston. Now, you can see the flag. «¿No es hermosa?»
– Es hermosa -dijo el Coronel-. Es la persona más hermosa de este mundo. -Se desplomó en el sofá y repitió sin consuelo, cientos de veces, la revelación que le iba a consumir lo que le quedaba de vida: -Es Ella. Los hijos de puta la enterraron en la luna.
16 TENGO QUE ESCRIBIR OTRA VEZ»
La historia puede llevamos a cualquier parte,
a condición de que nos salgamos de ella.
CLAUDE LEVISTRAUSS, La pensée sauvage
A fines de junio de 1989, vencido por una ráfaga de depresión, me acosté decidido a no moverme de la cama hasta que la tristeza se retirara sola. Estuve así mucho tiempo. La soledad iba envolviéndome como el tejido de una crisálida. Un viernes, poco antes de medianoche, sonó el teléfono. Por desconcierto o por letargo, atendí.
– ¿Qué quiere? -pregunté.
– Nada -dijo una voz filosa, imperativa-. ¿No era usted el que trataba de saber algo? Ahora por fin estamos todos juntos y podemos hablar.
– No quiero hablar con nadie -dije-. Se equivocó de número.
Casi corté. La voz me detuvo.
– ¿Tomas Eloy?
Hay poca gente que me llama así: sólo amigos cercanos, del exilio; también, a veces, mis hijos.
– Soy yo -dije-. Pero no estoy buscando a nadie.
– Usted quería escribir sobre Evita.
– Eso fue hace mucho tiempo. Lo que quise decir ya está en una novela. Salió hace cuatro años.
– La leímos -insistió la voz-. Se le escaparon muchos errores. Sólo nosotros sabemos lo que pasó.
En el fondo, se oían esquirlas de sonidos: conversaciones indescifrables, bataholas de cristales y de lozas. Parecían los ecos desvelados de un restaurant.
– ¿Quién habla? -dije.
– Lo vamos a esperar hasta la una, en el café Tabac de Libertador y Coronel Díaz. Es por el cadáver, ¿sabe? Nosotros nos hicimos cargo.
– Cuál cadáver?
En esos tiempos, Evita era para mí un personaje histórico, inmortal. Que fuera un cadáver no me entraba en la cabeza. Conocía, por supuesto, los azares de su pérdida y de su devolución al viudo, en Madrid, pero los había apartado de la memoria.
– Qué pregunta. El de Eva Perón.
– ¿Quién habla? -repetí.
– Un coronel -dijo la voz-. Servicio de Inteligencia del Ejército.
Al oír ese nombre, todas las hienas del pasado me hundieron los colmillos. Hacía sólo seis años que los militares se habían retirado del poder en la Argentina, dejando tras sí la estela de una matanza atroz. Tenían la costumbre de llamar por teléfono en medio de la noche para asegurarse de que las víctimas estaban en sus casas y, cinco minutos después, abatiéndose sobre ellas, las despojaban de sus bienes en nombre de Dios y las torturaban por el bien de la patria. Uno podía ser inocente de todo delito, salvo el de pensamiento, y eso bastaba para esperar, cada noche, que los jinetes del apocalipsis llamaran a su puerta.
– No voy a ir -dije-. A usted no lo conozco. No tengo por qué ir.
El tiempo había pasado. Ahora eran posibles esos desaires.
– Como quiera. Llevamos meses discutiendo el asunto. Esta noche, por fin, decidimos contar la historia completa.
– Cuéntemela por teléfono.
– Es muy larga -insistió la voz-. Es una historia de veinte años.
– Entonces llámeme mañana. ¿Se ha dado cuenta de qué hora es?
– Mañana no. Esta noche. Es usted el que no se da cuenta de qué estamos hablando. Eva Perón. Imagínese. El cadáver. Un presidente de la república me dijo: «Ese cadáver somos todos nosotros. Es el país.»
– Debía estar loco.
– Si usted supiera de qué presidente hablo, no diría eso.
– Mañana -repetí. A lo mejor, mañana.
– Entonces, la historia se pierde -dijo.
Presentí que era él, ahora, quien iba a cortar. Me he pasado la vida sublevándome contra los poderes que prohiben o mutilan historias y contra los cómplices que las deforman o dejan que se pierdan. Permitir que una historia como ésa me pasara de largo era un acto de alta traición contra mi conciencia.
– Está bien -dije-. Espéreme. En menos de una hora estoy allá.
Apenas colgué, me arrepentí. Me sentí desnudo, inerme, vulnerable, como la noche antes de mi exilio. Tuve miedo, pero la humillación del miedo me liberó. Pensé que si tenía miedo estaba aceptando que los verdugos eran invencibles. No lo eran, me dije. El sol / callado / la belleza / sin cólera / de los vencidos / los había vencido. Miré la ciudad a través de las persianas. Llovían tenues astillas de escarcha. Me puse el impermeable y salí.
Una de las ventajas del Tabac es que, junto a las ventanas, brotan inexplicables oasis sin sonido. El enloquecedor bochinche que arde junto a la barra y en los pasillos se apaga, respetuoso, en las fronteras de esas mesas privilegiadas, donde se puede hablar sin que oigan los de las mesas vecinas. Quizá por eso nadie las ocupa. Cuando llegué, la franja de silencio desentonaba, indiferente, con el trajín insomne del café. En Buenos Aires, mucha gente despierta sólo a medianoche de sus largas siestas y sale entonces a rastrear la vida. Parte de esa fauna estaba desperezándose en el Tabac.