Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
– Ya no le importaba nada -dijo Cifuentes-. Había dejado de ser lo que era. Se había convertido en un místico. Cuando nos encontrábamos, en los últimos años, me repetía: «Persona es una luz a la que nadie puede llegar. Mientras menos lo entiendo, más lo creo». La frase no era de él. Es de santa Teresa.
– Murió sin saber, entonces, que no había enterrado a Evita sino a una de las copias.
– No. Le dijeron todo. Fueron crueles con él. Cuando llegó a Buenos Aires, estaban esperándolo Corominas, Fesquet y un emisario del ministro de ejército. Se lo llevaron a una de las oficinas del aeropuerto, y ahí le avisaron que había caído en una trampa. Al principio, Moori Koenig perdió la compostura. Casi se desmaya. Después, decidió no creerles. Esa convicción le dio ánimo para seguir viviendo.
– ¿Qué hacía Fesquet ahí? -pregunté.
– Nada. Era sólo un testigo. había sido la víctima del Coroneclass="underline" terminó por ser su némesis. Apenas escapó de la Herbertstrasse, tomó el primer avión para Buenos Aires. Ya estaba acá cuando el ministro de ejército le envió el telegrama a Moori ordenándole que regresara.
– No entiendo por qué dieron tantas vueltas. Por qué no desplazaron al Coronel de una vez y acabaron con todo. Para qué le mandaron la muñeca.
– Necesitaban desenmascararlo. Moori había tejido una red de complicidades dentro del ejército. Conocía muchas vergüenzas y amenazaba siempre con sacarlas a luz. En el aeropuerto, Corominas le dijo que habían descubierto la cicatriz detrás de la oreja de la Difunta y que Ara había tatuado esa misma marca en una de las copias. En ese momento, Moori no podía saber si le estaban mintiendo. Estaba exhausto, desconcertado, enfermo de humillación y de odio. Quería vengarse, pero no sabía cómo. Necesitaba primero conocer la verdad.
– Tal vez se equivocaron -dije. Tal vez el cuerpo que el Coronel enterró en la cabaña era el de Evita, y ya no hay más historia. De qué te reís, che. Sería una confusión muy argentina.
– Corominas no podía cometer un error tan grave. Le hubiera costado la carrera. Imagináte el escándalo: el cadáver de Evita abandonado por el ejército en una vidriera de putas, al otro lado del Atlántico. La carcajada de Moori Koenig seguiría oyéndose hasta el juicio final. No, no fue así. Corominas montó una comedia de enredos pero no la que vos pensás. Quién sabe por qué lo hizo. Quién sabe qué cuentas secretas saldó en ese momento con el Coronel. Nunca, ninguno de los dos, dijo una sola palabra contra el otro.
– Soy como santa Teresa: te creo pero no entiendo. ¿Qué pasó con los demás: con la valquiria y los gigantes de sombreros hongos?
– Todos eran actores de la misma representación: el hombre que simulaba ser capitán del Cap frió, los ladrones del Opel azul, los guardianes de la Herbertstrasse. A todos los compraron por unos pocos marcos.
– Al Coronel podía quedarle, al menos, el consuelo de que lo habían derrotado a golpes de imaginación. ¿Quién escribió el libreto?
– Lo escribió Corominas. Pero Moori nunca quiso admitirlo. Insistía en creer que Evita era la del río Altmühl y que, una vez más, la había perdido.
Después del incidente del aeropuerto tuvo que volver a Bonn, ya destituido, a retirar sus papeles y a levantar la casa. Vivió entonces un último momento de dignidad y tal vez de grandeza. No habló con nadie. Le dio a su esposa las instrucciones y el dinero imprescindibles para el regreso, metió en un baúl los documentos que ahora ves en este cuarto, y regresó a la cabaña que había pertenecido a los abuelos, entre Eichstatt y Plunz, en busca de Evita. No la encontró.
Cifuentes se puso de pie.
– El cuerpo esquivo de Evita -dije-. El cuerpo nómade. Ésa fue la fatalidad del Coronel.
– Tal vez -dijo Cifuentes-. Pero aquél no era el cuerpo: no lo olvides. Tampoco encontró el lugar. Su condena era, más bien, aferrarse a lugares que desaparecen. Cuando llegó, el campo de los abuelos ya no era nada: sólo fango y mosquitos. Las aguas habían desdibujado todas las señales. Quedaban, todavía invictos, los troncos de la fachada y los soportes oxidados del fogón. Un neumático lleno de piedras le hizo suponer que ése era el punto donde había cavado la tumba. Volvió a cavarla entonces por segunda vez, con desesperación, hasta que tropezó con la corriente subterránea del Altmühl. Allí estaba sumergido el cajón, sin la tapa y, por supuesto, sin el cuerpo. Cuando quiso desenterrarlo, se le desmoronó la zanja que acababa de abrir. El esqueleto del ataúd quedó en posición vertical, de pie, con el extremo curvo sobresaliendo entre las raíces y el limo.
Cifuentes me había dejado solo en la casa y pude pasar el resto de la mañana leyendo los informes que el espía del Coronel -también llamado el vidente- haba mandado a Bonn desde Santiago de Chile. Lo primero que noté fue que en esos papeles había un relato. Es decir, el manantial de un mito: o más bien un accidente en el camino donde mito e historia se bifurcan y en el medio queda el reino indestructible y desafiante de la ficción. Pero aquello no era ficción: era el principio de una historia verdadera que, sin embargo, parecía fábula. Entendí entonces por qué el Coronel desdeñaba los informes: no los creía, no los veía. Lo único que le interesaba era la muerta, no su pasado.
"Recuerde, Coronel, los labios finos de doña Juana», escribía el vidente. "Imagínela hablando. Recuerde el pelo blanco con reflejos celestes, los ojos redondos y vivaces, las mejillas caídas: ni la más remota semejanza con Evita, nada, como si la hija se hubiera engendrado sola.»
Ordené los papeles y comencé a copiarlos. Era interminable. Aparte de los informes de Santiago de Chile, Moori había acumulado chismes de croupiers, actas de registros civiles e investigaciones históricas de periodistas de Los Toldos. Al fin, sólo copié unos pocos párrafos textuales. De otros, tomé notas abreviadas y rescaté fragmentos de diálogos. Años después, cuando quise pasar en limpio esos apuntes y convertirlos en el comienzo de una biografía, me desvié a la tercera persona. Donde la madre decía:»Desde que Evita vino al mundo sufrí mucho», a mí se me daba por escribir: «Desde que nació Evita, su madre, doña Juana, sufrió mucho». No era lo mismo. Casi era lo contrario. Sin la voz de la madre, sin sus pausas, sin su manera de mirar la historia, las palabras ya no significaban nada. Pocas veces he combatido tanto contra el ser de un texto que se quería narrar en femenino mientras yo, cruelmente, le retorcía la naturaleza. Nunca, tampoco, fracasé tanto. Tardé en aceptar que, sólo cuando la voz de la madre me doblegara, habría relato. La dejé hablar, entonces, a través de mi. Y sólo así, me oí escribir:
«Desde que Evita vino al mundo sufrí mucho. Duarte, mi esposo, que hasta ese momento había sido un hombre servicial, considerado, se volvió esquivo. Teníamos, como usted sabe, otros cuatro hijos, y fui yo la que me empeñé en que naciera esa última criatura, no él. "No vino por amor", decía. "Vino por la costumbre". Tal vez yo exageré mi sumisión en el afán de retenerlo. Tal vez él ya no me quería o le habían hecho creer que ya no me quería. Pasaba por Los Toldos sólo de vez en cuando, en viaje de negocios. Pedía permiso para entrar en la casa como si fuera un desconocido y aceptaba, callado, un par de mates. Al rato comenzaba a suspirar, me entregaba un sobre con plata y se retiraba moviendo la cabeza. Siempre lo mismo. A Evita la veía tan poco que si se la hubiera cruzado en medio del campo no la habría reconocido.
«En Chivilcoy, él tenía otra casa: una esposa legítima muy agraciada y tres hijas. La esposa era de familia pudiente, con haciendas y molinos. A Duarte le convenía, porque le aterraba la pobreza. Yo no podía darle nada sino responsabilidades y gastos. La felicidad no cuenta para estas cosas. La felicidad es algo que los hombres siempre olvidan.
«Un viernes de noviembre, Duarte pasó por Los Toldos con una tropilla de alazanes. Los iban a herrar en la estancia que él administraba, La Unión, y como se anunciaba un asado, la ocasión me pareció buena para bautizar a Evita, que ya tenía diez meses, y a Juan, que había cumplido cinco años. Le mandé avisar que se presentara en la parroquia a las once, pero no dio señales de vida ni se disculpó. A mediodía, el cura despachó el bautismo con apremio porque después debía oficiar una misa de esponsales. Le pedí que me permitiera quedarme. "No se puede, Juana", me dijo. "Sería un escándalo. La gente decente no quiere saber nada con una mujer que vive como manceba". "Eso es injusto", le contesté. "Todos somos iguales ante los ojos de Dios". "Es verdad", dijo el cura. "Pero cuando la gente la ve a usted, se distrae de Dios". Aunque el insulto se me clavó en el alma, me eché a reír. "Fíjese lo que son las cosas", le contesté. "Jamás hubiera pensado que, para la gente, yo soy más entretenida que Dios".
«Salí de la iglesia con intención de no pisarla más. Fui caminando con mis hijos hasta La Unión, para que Duarte me rindiera cuentas por su ausencia, pero se hizo negar. Me había enamorado de él cuando era casi una criatura y no me daba cuenta de lo que estaba haciendo. Después tuve que pagar esa ignorancia con una vida de infelicidad.