Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
«-Vamos a permitirles entrar un momento, Eloísa -le dijo-. Esta gente no tiene por qué llevarse a Los Toldos la misma pena con que ha venido.
«La joven regresó a la casa sollozando. El hombre me habló entonces, sin enojo ni compasión:
– Todo en esta muerte nos ha tomado de sorpresa. Hubiera sido mejor que no vinieran. Pero ahora ya están en Chivilcoy y cuanta menos gente lo sepa será mejor. En Los Toldos Duarte podía hacer lo que le diera la gana. Aquí hay que cuidar las apariencias. Si alguien pregunta quién es usted, voy a decir que es la cocinera de La Unión. No me desmienta. O entra con esa condición, o se retira. Nadie le va a dirigir la palabra. Tampoco quiero que hable con nadie. Le doy cinco minutos para que se despida del muerto, rece y se vaya. La viuda va a estar en ese momento en otra parte de la casa, y tal vez toda la gente que ha venido a dar el pésame también quiera estar lejos. No habrá nadie en la capilla ardiente. Sólo yo, para vigilar que se cumpla el trato.
«-Queda el cementerio -dije. Sentía la garganta seca, pero no quería mostrar debilidad. -Le prometí a Duarte que, cuando muriera, sus hijos iban a seguir el cortejo y a dejarle unas flores.
«El hombre quedó un rato en silencio. Su silencio era más amenazador que sus palabras.
«-Faltan todavía tres horas para el entierro. No sé qué quieren hacer ustedes mientras tanto, pero no hay razón para que se queden aquí. Al ataúd lo tienen que acompañar los parientes, los oficiales de la policía, los concejales, los profesores de la escuela normal y los consignatarios de hacienda que tenían negocios con el difunto. Son demasiadas personas y ustedes no conocen a ninguna. No les puedo prohibir que caminen detrás del cortejo. Pero nadie les va a hacer lugar.
«El caballero flaco desapareció en la casa mortuoria y, al rato, nos llamó con un guiño despectivo del índice. Recuerdo que, al pasar entre la doble fila de coronas, me desconocí a mi misma y desconocí los nombres de todo lo que veía. Velas, rejas, ojos, lajas, la realidad estaba en otro lugar. También mi cuerpo. Dejé de sentir las várices. En la capilla ardiente había un piano de cola y, junto al taburete, dos perros de caza embalsamados.
«Aunque me pese reconocerlo, el difunto no se iba de este mundo con una figura muy lucida. Llevábamos casi dos años sin vernos y en ese tiempo se había descuidado con la comida. Estaba grueso. El vientre le abultaba tanto que, al ver su sombra en la pared, parecía que hubiera otro piano allí, pero con la cola levantada. Tenía la cabeza maltrecha por el accidente y unos surcos de sangre en las fosas de la nariz. Pensé que lo habían dejado así a propósito, para que nadie lo recordara buen mozo. Nos acercamos a besarlo, pero no sabíamos dónde. Para que no se le cayera la mandíbula le habían atado un pañuelo que le cubría casi toda la cara. Blanca le acarició la nariz afilada y transparente. Yo le tomé las manos, que aferraban un rosario. Me pregunté cuáles habrían sido sus pensamientos cuando el auto se le volcó en la banquina. Era cobarde y no debió de atreverse a pensar en nada. Sólo sentiría el asombro y el terror del fin.
«Evita no alcanzaba a ver el cuerpo y tuve que levantarla en brazos. Cuando la acerqué al ataúd, advertí que tenia los labios apretados y la mirada desierta. "Tu papá", le dije. Ella se volvió hacia mí y me abrazó sin expresión, sólo porque debía abrazar a alguien y no quería tocar aquellos despojos de un desconocido.
«El caballero flaco nos acompañó hasta la puerta. Creo que me tendió una tarjeta pero no pude leerla. El sol había desenvainado esa mañana una calor sin piedad y todo lo que recuerdo es amarillo.
«Nos refugiamos en una fonda, cerca de la estación de ómnibus, y a eso de la una nos encaminamos al cementerio. Llegué cuando entraba el cortejo. Vi a la otra esposa de Duarte llorar en el hombro de la hija que me había ofendido; vi al caballero flaco cargando el ataúd junto a un capitán que en aquel calor estrepitoso se había abrigado con capas y galones. Sentí lástima por el difunto, que se despedía de este mundo rodeado de personas que desconocían su vida y no lo habían querido tal como era. Estábamos insolados y me pareció, por los chicos, que no valía la pena seguir el funeral. No había ya razón para quedarse ni tampoco hubo nunca razón para volver.»
La voz de la madre siguió hablando pero mi escritura ya no la oyó. Entre las palabras que dejé perderse había unos versos que Evita recitó en el patio de la escuela mixta urbana de Los Toldos, el revoloteo de la máquina Singer, dos fotos de chica triste, sin sonrisa, y la mañana en que Ella dijo: «Voy a ser artista». Eran imágenes de tarjetas postales que tal vez deberían estar aquí. Pero me ensordeció el vuelo de un ala sola y amarilla en el aire de la página. Vi volar el ala hacia atrás y cuando me le acerqué, no la vi más. Es así como se apaga el pasado, me dije. Siempre el pasado llega y se va sin importarle lo que deja.
– Te podrás imaginar los tiempos atroces que pasó el Coronel cuando volvió a Buenos Aires -me dijo Cifuentes. Estábamos otra vez juntos, al empezar la tarde de aquel mismo domingo. Yo comía una manzana; él fumaba con avidez, altivo y exiguo. -Todo lo que le quedaba de orgullo, instinto, fuerza y deseo se había quedado atrás, en Alemania. Vivía solo, en una pensión de Arenales y Coronel Díaz: sin nada que hacer, nadie en quién pensar, rumiando las imágenes del cadáver perdido. A fines de aquel año me llamaron del hospital militar porque lo habían internado con un coma hepático y los médicos creían que ya no iba a contar el cuento. Lo atormentaban con lavajes intestinales y tubos de glucosa. Su pobre cuerpo castigado tenía ronchas, estigmas, lastimaduras de la dejadez. Desde el teléfono del hospital llamé a la esposa y le pedí que lo socorriera. «Quién sabe si querrá verme, -dijo ella. «Vaya», -le contesté. «No la va a rechazar. Está quemando el último aliento en el esfuerzo de sobrevivir.»
– Sobrevivió -le dije-. No he oído que nadie cayera y se levantara, como él, tantas veces.
– No sabes cuánto sobrevivió.
Cifuentes y yo seguimos un largo rato inmóviles en el mismo domingo. Había brumas afuera, lloviznas, ráfagas de viento húmedo: todos los malos humores del clima de Buenos Aires pasaban por allí sin que nos importara. Según su costumbre, Cifuentes sacaba del bolsillo unas diminutas migas de pan y se las comía. Las esquirlas se le quedaban enredadas en la barba puntiaguda.
– Antes del fin, Moori se reconcilió una vez más con la esposa -me dijo- y volvió a vivir en el departamento de Callao y Santa Fe. Tenía la ilusión de que lo reincorporaran al ejército y lo ascendieran a general de brigada, pero ya sus amistades habían perdido influencia y el propio ejército estaba demasiado enloquecido por las luchas de facciones como para interesarse en él. Fue en esos meses cuando lo visitó Rodolfo Walsh y el Coronel le contó que había enterrado a Evita de pie, en un jardín de lluvias incansables. Suponía que la Difunta estaba aún dando vueltas por el mundo, en manos de algún poder oculto.
Un día me dijo: «Vayamos a buscarla, Pulgarcito». Yo traté, por única vez en la vida, de hacerlo entrar en razón. «Lo que enterraste en Eichstátt fue una copia, Moori», le dije. «Te engañaron. Quién sabe qué se ha hecho de la Eva. A lo mejor la han sepultado en el mar.» Me arrepentí al instante de haberle hablado así. Tuvimos un altercado feroz. Lo vi llevar una mano a la Walther. Estuvo, creo, a punto de matarme. Durante meses no me dirigió la palabra. Para el Coronel, no había otra realidad que Evita. El mundo le parecía, sin Ella, intolerable.
A veces nos callábamos durante ratos largos, hasta que el silencio se acomodaba por completo dentro de nosotros. A veces nos acordábamos de hablar y repetíamos lo ya dicho como si lo hubiéramos olvidado. Sigo pensando que ese domingo no fue un solo día sino muchos y que, cuando llegó la noche, Cifuentes se alejó de mi vida.
Pero aún no he terminado de contar algunas historias que se quedaron, desde entonces, dentro de mí.
Como era quizás inevitable, me dijo Cifuentes, el Coronel se dejó devorar de nuevo por la fiebre del alcohol y volvió a tener raptos de delirium tremens. Hordas de mariposas lo sepultaban bajo un tejido de velas encendidas y de flores silvestres. Las ratas de la pesadilla le descoyuntaban los huesos y le quemaban los ojos. Dos veces lo internó su mujer en el hospital y otras tantas volvió a las andadas. El Comando de la Venganza seguía mandándole cartas de amenaza y preguntándole dónde estaba Evita. Devolvé el cuerpo de la Santa al pueblo, le escribían. Te vamos a cortar la oreja, corno se la cortaste a Ella. Te vamos a sacar los ojos. ¿Dónde escondiste las sagradas reliquias de nuestra Madre Querida?