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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Y me besó con los besos de su boca, y sus amores fueron más deliciosos que el vino, y delicias para el olfato eran sus perfumes, y era hermoso su cuello entre las perlas y sus mejillas entre los pendientes, qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres, tus ojos son palomas (decía) muéstrame tu cara, deja que escuche tu voz, porque tu voz es armoniosa y tu cara encantadora, me has enloquecido de amor, hermana mía, ha bastado una mirada, uno solo de tus collares, para enloquecerme, panal que rezuma son tus labios, tu lengua guarda tesoros de miel y de leche, tu aliento sabe a manzanas, tus pechos a racimos de uva, tu paladar escancia un vino exquisito que se derrama entre los dientes y los labios embriagando en un instante mi corazón enamorado… Fuente en su jardín, nardo y azafrán, canela y cinamomo, mirra y aloe, comía mi panal y mi miel, bebía mi vino y mi leche, ¿quién era? ¿Quién podía ser aquella que surgía como la aurora, hermosa como la luna, resplandeciente como el sol, terrible como un escuadrón con sus banderas?

¡Oh, Señor!, cuando el alma cae en éxtasis, la única virtud reside en amar lo que se ve (¿verdad?), la máxima felicidad reside en tener lo que se tiene, porque allí la vida bienaventurada se bebe en su misma fuente (¿acaso no está dicho?), porque allí se saborea la vida verdadera que después de ésta mortal, nos tocar vivir junto a los ángeles en la eternidad… Esos eran mis pensamientos, y me parecía que por fin se estaban cumpliendo las profecías, mientras la muchacha me colmaba de goces indescriptibles, y era como si todo mi cuerpo fuese un ojo por delante y por detrás, y pudiese ver al mismo tiempo todo lo que había alrededor. Y comprendí que de allí, del amor, surgen al mismo tiempo la unidad y la suavidad y el bien y el beso y el abrazo, como ya había oído decir creyendo que me hablaban de algo distinto. Y sólo en un momento, mientras mi goce estaba por tocar el cenit, pensé que quizá estaba siendo poseído, y de noche, por el demonio meridiano, obligado por fin a revelar su verdadera naturaleza demoníaca al alma en éxtasis que le pregunta «¿quién eres?» él, que sabe arrebatar el alma y engañar al cuerpo. Pero en seguida me convencí de que las diabólicas eran mis vacilaciones, porque nada podía ser más justo, más bueno, más santo que lo que entonces estaba sintiendo, con una suavidad que crecía por momentos. Como la ínfima gota de agua, que al mezclarse con el vino desaparece y adquiere el color y el sabor del vino, como el hierro incandescente, que se vuelve casi indiscernible del fuego y pierde su forma primitiva, como el aire inundado por la luz del sol, que se transforma en supremo resplandor y se funde en idéntica claridad, hasta el punto de no parecer iluminado, sino él mismo luz iluminante, así me sentía yo morir en tierna licuefacción, sólo con fuerzas para musitar las palabras del salmo: «Mi pecho es como vino nuevo, sin respiradero, que rompe odres nuevos», y de pronto vi una luz enceguecedora y en medio una forma del color del zafiro que ardía con un fuego esplendoroso y muy suave, y esa luz brillante se irradió a través del fuego esplendoroso, y ese fuego esplendoroso a través de la forma rutilante, y esa luz enceguecedora junto con el fuego esplendoroso a través de toda la forma.

Mientras, casi desmayado, caía sobre el cuerpo al que me acababa de unir, comprendí, en un último destello de lucidez, que la llama consiste en una claridad esplendente, un vigor ingénito y un ardor ígneo, mas la claridad esplendente la tiene para relucir y el ardor ígneo para quemar. Después comprendí qué abismo de abismos esto entrañaba.

Ahora que, con mano temblorosa (no sé si por horror del pecado que estoy evocando, o por añoranza pecaminosa del hecho que rememoro) escribo estas líneas, advierto que, para describir aquel éxtasis abominable, he utilizado las mismas palabras que, pocas páginas más arriba, utilicé para describir el fuego en que se consumía el cuerpo martirizado del hereje Michele. No es casual que mi mano, fiel ejecutora de los designios del alma, haya trazado las mismas palabras para expresar dos experiencias tan disímiles, porque probablemente entonces, cuando las viví, me impresionaron de la misma manera, como han vuelto a hacerlo hace un momento, cuando intentaba revivirlas en el pergamino.

Hay un arte secreto que permite nombrar con palabras análogas fenómenos distintos entre sí: es el arte por el cual las cosas divinas pueden nombrarse con nombres de cosas terrenales, y así, mediante símbolos equívocos, puede decirse que Dios es león o leopardo, que la muerte es herida, el goce llama, la llama muerte, la muerte abismo, el abismo perdición, la perdición deliquio y el deliquio pasión.

¿Por qué, para nombrar el éxtasis de muerte que me había impresionado en el mártir Michele, usaba las palabras a que había recurrido la santa para nombrar el éxtasis (divino) de vida, y por qué sólo podía valerme de esas mismas palabras para nombrar el éxtasis (pecaminoso y efímero) de goce terreno, que en seguida se había convertido también en sentimiento de muerte y aniquilación? Era un muchacho entonces, pero en este momento trato de reflexionar no sólo sobre la forma en que, a pocos meses de distancia, viví dos experiencias igualmente excitantes y dolorosas, sino también sobre la forma en que, aquella noche en la abadía, a pocas horas de distancia, por la memoria y los sentidos, evoqué una y aprehendí la otra, y además sobre la forma en que, hace un momento, al redactar estas líneas, he vuelto a vivirlas, y sobre el hecho de que, las tres veces, su expresión íntima haya consistido en las palabras nacidas de la experiencia distinta de un alma santa que sentía cómo iba aniquilándose en la visión de la divinidad. ¿No habré blasfemado (entonces, ahora)? ¿Qué había de común entre el deseo de muerte de Michele, el rapto que sentí al verlo arder en la hoguera, el deseo de unión carnal que sentí con la muchacha, el místico pudor que me indujo a traducirlo en forma alegórica, y aquel deseo de gozosa aniquilación que incitaba a la santa a morir de su propio amor para vivir más eternamente? ¿Es posible que cosas tan equívocas se digan de una manera tan unívoca? Sin embargo, parecería que esto es lo que nos enseñan los más sabios doctores: omnis ergo figura tanto evidentius veritatem demonstrat quanto apertius per dissimilem similitudinem figuram se esse et non veritatem probat.[110] Pero, si el amor por el fuego y el abismo son figura del amor por Dios, ¿pueden ser también figura del amor por la muerte y del amor por el pecado? Sí, como el león y la serpiente son al mismo tiempo figura de Cristo y del demonio. Lo que sucede es que la justeza de la interpretación sólo puede establecerse recurriendo a la autoridad de los padres, y en el caso que me atormenta no existe una auctoritas a la que mi mente dócil pueda remitirse, y la duda me abrasa (¡y otra vez la figura del fuego interviene para definir el vacío de verdad y la plenitud del error que me aniquilan!). ¿Qué sucede, Señor, en mi alma, ahora que me dejo atrapar por el torbellino de los recuerdos, desencadenando esta conflagración de épocas diferentes, como si estuviese por alterar el orden de los astros y la secuencia de sus movimientos celestes? Sin duda, transgredo los límites de mi inteligencia enferma y pecadora. ¡Ánimo!, retomemos la tarea que humildemente me he propuesto. Estaba hablando de lo que sucedió aquel día y de la confusión total de los sentidos en que me hundí. Ya está, he dicho lo que recordé entonces: que a eso se limite mi débil pluma de cronista fiel y veraz.

Permanecí tendido, no sé por cuánto tiempo, junto a la muchacha. Con un movimiento muy leve, su mano seguía tocando por sí sola mi cuerpo, bañado ahora de sudor. Sentía yo un regocijo interior, que no era paz, sino como un rescoldo, como fuego que perdura bajo la ceniza cuando la llama está ya muerta. No dudaría en llamar bienaventurado (murmuré como en sueños) a quien le fuera concedido sentir algo similar, aunque sólo pocas veces (y de hecho aquella fue la única ocasión en que lo sentí), en esta vida, y sólo a toda prisa, y sólo por un instante. Como si ya no existiésemos, como si hubiésemos dejado por completo de sentirnos nosotros mismos, como rendidos, aniquilados, y si algún mortal (decía para mí) pudiera probar lo que he probado, rechazaría de inmediato este mundo perverso, se sentiría confundido por la maldad de la vida cotidiana, sentiría el peso del cuerpo mortal… ¿No era eso lo que me habían enseñado? Aquel impulso de mi alma toda a perderse en la beatitud era, sin duda (ahora lo comprendía), la irradiación del sol eterno, y por el goce que éste produce el hombre se abre, se ensancha, se agranda, y en su interior se abre una garganta ávida que después resulta muy difícil volver a cerrar, tal es la herida que abre la espada del amor, y nada hay aquí abajo más dulce y más terrible. Pero tal es el derecho del sol, sus rayos son flechas que van a clavarse en el herido, y las llagas se agrandan, y el hombre se abre y se dilata, y hasta sus venas estallan, y sus fuerzas ya no pueden ejecutar las órdenes que reciben y sólo obedecen al deseo, el alma arde abismada en el abismo de lo que está tocando, mientras siente que su deseo y su verdad son superados por la realidad que ha vivido y sigue viviendo.

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110

«Así pues toda figura tanto más evidentemente demuestra la verdad cuanto más claramente prueba por medio de una semejanza disimilar que ella es figura y no la verdad» (De Hugo de San Víctor: Commetariorum in Hieranchiam coelestem S. Dionysii Aeropagitae libri dedem).

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