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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Willy se encogió de hombros y fijó la vista en la solapa, desconsolado.

– Supongo que sí -farfulló.

El desánimo del chico reflejaba de tal modo el de Gandy que, cuando lo tomó de los hombros, y le habló, fue para consolarlos a los dos.

– Escucha, hijo, a veces, aunque amemos a las personas, tenemos que abandonarlas. Eso no significa que las olvidemos ni que no vayamos a verlas nunca más. Y no te olvides de que Agatha te ama. Si pudiera, ella te retendría aquí, pero sería muy duro por lo pequeño del lugar en que vive. En Waverley, habrá lugar de sobra para ti, y tendrás un cuarto para ti solo en la mansión… ésa del cuadro que está en la sala, ¿sabes? Ya no dormirás más en la despensa. Y habrá miles de cosas para ver y para hacer. Y hay un río donde puedes pescar. -Forzó un tono alegre-. Ya verás las enredaderas de uva silvestre de las que puedes colgarte en el bosque. ¡Trepan tan alto en las encinas que hay junto al agua, que no se puede ver la punta!

– ¿En serio?

Si bien Willy recuperó una parte del entusiasmo, estaba empañado por una nota de tristeza.

– En serio.

– Pero, ¿podré volver a visitar a Gussie?

– Sí, te lo prometo.

Willy pensó un instante, y concluyó:

– Se sentirá mejor cuando le diga eso.

Scott apoyó una mano en la cabeza rubia.

– Sí, estoy seguro.

– Me llevaré a Moose, ¿no'cierto?

Esto era duro. Scott también lo esperaba, pero no supo qué responder.

Interpretando mal la vacilación de Scott, Willy se corrigió:

– Quise decir, ¿no es cierto?

La influencia de Agatha. La necesitaba mucho, y la culpabilidad de Scott por haber recibido la mano ganadora se renovó. Tomó a Willy de los brazos y lo acarició subiendo y bajando las manos.

– Sería incómodo en el tren, hijo. Pernoctaremos en un coche dormitorio, y un animal no puede dormir ahí. Pero estaba pensando; tienes razón, Agatha nos echará de menos. Quizá le gustaría tener a Moose para hacerle compañía.

– Pero…

Los ojos de Willy comenzaron a llenarse de lágrimas, que luchó por contener.

En el último medio año había perdido mucho. Primero, el padre, ahora a Agatha, y hasta al gato. Era esperar demasiado que un pequeño de cinco años aceptara tantas pérdidas con estoicismo.

– En cuanto lleguemos a Waverley, conseguiremos otro gato -prometió Scott-. ¿Hacemos trato?

Willy se encogió de hombros y dejó caer el mentón. Scott lo estrechó otra vez contra el pecho.

– Oh, Willy…

Se le agotó el falso entusiasmo y permaneció largo rato con la mejilla sobre el pelo del niño, mirando el suelo. Comprendió que lo mejor para todos sería hacer un corte limpio, rápido. Les diría a todos que empacaran al día siguiente y, al otro, tendrían que estar preparados para irse.

– Es tarde. ¿No crees que tendríamos que dormir un poco?

– Creo que sí -respondió Willy, melancólico. Scott se levantó con Willy en el brazo y se estiró para alcanzar la lámpara-. ¿Puedo subir contigo? -pidió el chico.

Scott se detuvo en la puerta de la despensa.

– Creo que esta noche Jube duerme conmigo -respondió.

– Oh. -La decepción del chico fue evidente, antes aún de que preguntase-: ¿Cómo es que duerme contigo y besa a Marcus?

– ¿Qué?

Una línea de consternación apareció entre las cejas de Gandy.

– Besa a Marcus. La vi la noche en que se lastimó la mano. Y el día que fuimos al picnic, casi lo hicieron. Yo me di cuenta.

– ¿Marcus?

¡De modo que eso era lo que andaba mal!

– ¿Jube y Marcus y todos los demás irán a Waverley con nosotros? -Distraído, Scott demoró en responder-. ¿Irán? -insistió.

– No lo sé, muchacho. -Entró en el cuarto de Willy y lo arropó, todavía con la cabeza en otra parte-. Y ahora, a dormir, y antes de que te des cuenta será de mañana. Tendremos mucho que hacer para prepararnos.

– De acuerdo.

Scott se inclinó y lo besó pero, a mitad de camino, lo detuvo la voz de Willy.

– Eh, Scotty.

– ¿Qué?

– ¿Hay vacas en el Mississippi?

– ¿Te refieres a las que se ven aquí, cuando vienen los vaqueros?

– Sí.

– No. Sólo las que tenemos para ordeñar. Ahora, duerme.

Scott se sintió un poco mejor al dejar a Willy, comprendiendo que el niño empezaba a sentir curiosidad. Era la primera señal concreta de entusiasmo que mostró desde que supo que Agatha no iría con ellos. Pero cuando llegó a la habitación, los pensamientos pasaron de Willy a Jube.

No estaba en su cama, como esperaba. Pero tenía sentido. Ahora, todo tenía sentido.

A la mañana siguiente, Willy estaba en su taburete junto a la máquina de coser de Agatha, con Moose en brazos. Con su característica franqueza infantil, le dijo:

– Tengo que irme con Scotty en el tren, y voy a vivir con él en Mississippi y dice que tú no puedes ir con nosotros.

Agatha siguió cosiendo. En cierto modo, dirigir el movimiento de la tela le impedía quebrarse.

– Está bien. La ley de prohibición obliga a cerrar la taberna, pero yo tengo que seguir haciendo vestidos y sombreros para las señoras de Proffitt, ¿no es así?

– Pero yo le dije que te sentirías mal. ¿No vas a sentirte mal, Gussie?

Pedaleó como si su cuerpo extrajera la vida de la aguja brillante.

– Claro que sí, pero estoy segura de que volveré a verte.

– Scotty dice que puedo venir en tren.

El pedaleo se interrumpió bruscamente. Agatha tomó la mano de Willy, sin poder contenerse.

– ¿Eso dijo? Oh, qué bueno saberlo. -Era el premio consuelo aunque, en ese momento, no valía demasiado. Con un esfuerzo, reanudó el trabajo-. Estoy haciéndote un par de pantalones abrigados, de lana, para que te lleves.

– Pero allá hace calor.

– No siempre.

– Scotty dice que hay enredaderas para columpiarse, y que me comprará un caballo que yo pueda montar.

– ¡Caramba! ¿Qué te parece?

Sí, todo lo que este chico merece.

– Pero, Gussie.

– ¿Qué?

– Dice que no puedo llevar a Moose. ¿Te lo quedarás?

Por favor, Dios, haz que Willy hable de otra cosa. Haz que este día pase volando. Déjame pasarlo sin derrumbarme delante de él.

Pero tuvo que dejar de coser otra vez, pues las lágrimas le borroneaban la aguja. Se inclinó a levantar un retazo del suelo, secándose los ojos con disimulo antes de enfrentar a Willy y rascar a Moose bajo el mentón.

– Por supuesto que sí. Me encantará tener a Moose. Si te lo llevaras, ¿quién cazaría los ratones?

– Scotty dice que cuándo lleguemos podré tener otro gato. Seguramente, también lo llamaré Moose.

– Ah, es una buena elección. -Se aclaró la voz y volvió al trabajo-. Escúchame, querido, tengo mucho que hacer. Quería cortar y coser una camisa para ti, también.

– ¿Puedes hacerla blanca, con el cuello desmontable, como la de Scotty?

¡Por favor, Willy, no me hagas esto!

– Bl…blanca… claro, por supuesto.

– Nunca tuve una con cuello desmontable.

– Pues, mañana la… la tendrás, querido.

– ¡Iré a decirle a Scotty!

Saltó del taburete y salió corriendo. Cuando la puerta se cerró de un golpe, Agatha apoyó los codos en la máquina y se cubrió la cara con las manos. Dentro de ella, todo se estremecía. ¿Cuánto tiempo seguiría aumentando el dolor, hasta que al fin se apaciguara?

Poco después del mediodía, Willy apareció con una nota para Agatha, pero ella estaba ocupada adelante, con una cliente, y la recibió Violet.

– No tengo que molestarla cuando está ocupada -le confió.

Violet le dirigió una sonrisa temblorosa, y sacó una moneda del bolsillo.

– Muy bien, señor. Entregaré el mensaje cuando la cliente se vaya. Ahora, corre a comprarte la vara de zarzaparrilla.

Pasó la mirada de su mano a los ojos acuosos de Violet.

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