Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
– Mañana vendrás con nosotros hasta el tren, ¿no es cierto?
Le acarició el cabello de la sien con el pulgar y deslizó una mirada larga y amorosa sobre esos ojos castaños que le destrozaban el corazón:
– No, mi amor. Decidí que no: es mejor. La tienda estará abierta, y…
– Pero quiero que vengas.
Agatha sintió que Scott se arrodillaba junto a ella, que el muslo se apretaba contra los pliegues de su falda. Apoyó un brazo en la cintura de la mujer y el otro en la barriga de Willy, y lo miró a los ojos.
Bajo el brazo izquierdo, el hombre sintió el temblor de Agatha, disimulado por la capa.
– Escucha, muchacho -dijo, forzando una sonrisa-, no te habrás olvidado de Moose, ¿verdad? Tiene que cuidar de él, ¿no te acuerdas?
– Ah, sí, tienes razón. -Willy acercó más el gato a sí-. Te llevaré a Moose un poco antes de irnos, ¿de acuerdo?
Sólo pudo responder asintiendo con la cabeza.
– Bueno, buenas noches -gorjeó.
Era demasiado pequeño para comprender todas las consecuencias de las últimas veces, de los finales.
Agatha lo besó, demorando los labios en la mejilla tibia. Scott también y, al inclinarse para hacerlo, su hombro rozó el pecho de la mujer.
– Que duermas bien, muchacho -dijo Scott, en voz espesa, y tomó el codo de Agatha.
Cuando se incorporó, se le enredó el tacón en el polisón y sintió una punzada de dolor en la cadera mientras forcejeaba con torpeza para ponerse de pie. Las manos de Scott la sujetaron, firmes, y la guiaron.
Una vez apagada la lámpara, caminaron en la oscuridad hasta la puerta trasera de la taberna, la mano de Scott sujetándole el brazo. Subieron la escalera… lentamente, a desgana, contando los segundos fugaces hasta llegar al rellano de madera. Agatha se detuvo ante la puerta y miró sin ver el picaporte.
– Gracias por la cena, Scott.
Gandy se quedó cerca, detrás, inseguro de poder hablar si lo intentaba. Por fin, la voz le salió baja y ronca:
– ¿Puedo entrar un momento?
Agatha levantó la cara.
– No, prefiero que no.
– Por favor, Gussie -rogó, en un susurro áspero.
– ¿De qué serviría?
– No sé. Es que… por Dios, date la vuelta y mírame. -La hizo girar del codo, pero ella no levantó la vista-. No llores -suplicó-. Oh, Gussie, no llores.
Le oprimió los codos con ferocidad.
Agatha se sorbió y se secó los ojos.
– Lo siento. Al parecer, últimamente no puedo evitarlo.
– ¿Es verdad que mañana no irás a la estación?
– No puedo. No me lo pidas, Scott. Así ya es bastante terrible.
– Pero…
– No, me despediré aquí. ¡No pienso avergonzarme en público!
Con dificultad, Scott dijo lo que estaba atormentándolo todo el tiempo que duró la despedida:
– Willy tendría que quedarse aquí, contigo.
Agatha se soltó y se volvió a medias:
– No es sólo el chico, Scott, y tú lo sabes.
Agatha percibió la sorpresa del otro en el tenso silencio que siguió hasta que la atrajo con tal brusquedad hacia él que la caperuza de la capa le golpeó la oreja:
– Pero ¿por qué no…? -La miró, ceñudo, sujetándola de los brazos-. Nunca dijiste nada.
– No me correspondía. Yo soy la mujer. Oh… lo lamento, Scott. -Giró la cabeza de repente-. Tampoco ahora tendría que hacerlo… Es que… te e… echaré mucho de menos.
– ¿En serio, Gussie? -le preguntó, en tono maravillado, sujetándola y recorriéndola con la vista desde el cabello hasta la barbilla, de una oreja a otra-. ¿Es verdad?
– Déjame -rogó.
La atrajo unos milímetros más hacia él.
– Déjame quedarme.
Negó con la cabeza, con vehemencia:
– No.
– ¿Por qué?
– ¡Déjame ir! -gritó, alejándose de él y acercándose a la puerta, tambaleante.
– ¡Espera, Gussie!
En el mismo instante en que tendía la mano hacia el picaporte, la hizo girar y la levantó. La capa se retorció y se le enredó en los pies y le atrapó un brazo. El otro se debatió en busca de algo a qué aferrarse, y encontró el cuello del hombre. Los pies le colgaban a treinta y cinco centímetros del suelo. El codo atrapado se clavó en las costillas de él. Se miraron a los ojos; el rechazo y la excitación luchaban en el interior de ambos, teñidos por la conciencia de que, a la mañana siguiente, un tren lo separaría de ella para siempre, junto con el niño al que amaba.
– Por favor, no -dijo, en un susurro desgarrado.
– Lo siento -dijo, y cubrió los labios de ella con los suyos.
La boca abierta de él pareció repercutir en lo más hondo de su ser. Abrió la suya y las lenguas se fundieron en una danza gloriosa, rica, estremecedora. Era muy diferente del otro beso que habían compartido. Este era voraz y condenado, desesperado. Scott recorrió el interior de la boca de Agatha con la lengua, giró y, emitiendo un suave sonido gutural, la apretó contra la pared. Aun mientras despertaba en ella el más hondo de los anhelos, para sus adentros rogaba que se detuviera. Aunque su propia garganta emitía sonidos de pasión, rogó en silencio que la librara de esa tortura, antes de que le estallase el corazón.
Liberó su boca.
– Scott, si yo…
La boca del hombre ahogó la protesta, se abatió sobre los suaves labios abiertos que amenazaban la cordura. Agatha sintió el florecer de la pasión como un delicado espasmo en las entrañas, y la insistencia de la lengua provocó en ella una respuesta involuntaria. La de ella no pudo hacer otra cosa que acoplarse, explorar, excitar. En el cuerpo de Agatha sucedieron cosas deliciosas, nuevas, hasta que echó la cabeza atrás, jadeante.
Se golpeó la cabeza contra la pared. Le dolió el brazo atrapado. No llegaba al suelo.
– Bájame -rogó.
La bajó, soltando las manos, que enlazó en la cintura, bajo la capa, palpando las costillas bajo la jaula de acero y encajes. Los labios persiguieron los de ella, pero Agatha dio vuelta la cara para eludir otros besos que le quitaban la razón.
– Si es cierto que me quieres, detente. -Logró soltar el brazo, y le tomó el rostro con las manos, para obligarlo a quedarse quieto-. Estás haciéndolo más duro -dijo, en un susurro feroz.
Con el cuerpo apoyado en el de ella, de pronto se quedó quieto. Los ojos, sólo sombras, escudriñaron los de ella. Lo sacudió un temblor de remordimiento, y se aflojó contra la mujer.
– Lo siento, Gussie. No pensaba hacerlo. Pensaba acompañarte hasta la puerta.
Le sacó las manos del torso, las puso sobre la capa y la estrechó con ternura contra el pecho. Con un movimiento repentino, hizo girar a los dos, se apoyó contra la pared y sostuvo a Agatha.
– No quiero irme -dijo, en voz ronca, mirando las estrellas, la cabeza de Agatha acurrucada bajo su mentón.
– ¡Shh!
– No quiero separarte de Willy.
– Lo sé.
– ¡Jesús, voy a echarte de menos!
La mujer apoyó la sien contra el pecho de él y trató de deshacer el nudo de amor que tenía en la garganta.
– S… Scott… -Se apartó, se irguió sobre sus propios pies, y apoyó las palmas sobre el chaleco de él-. Sigue siendo impropio. Sigo siendo… la mujer. Pero tengo que decirte algo, pues, si no lo hago, lo lamentaré toda la vida. -Levantó la mano enguantada, la posó en la barbilla de Scott y le miró los labios mientras decía-: Te amo. No… -Lo silenció con un dedo en los labios-. No es necesario. Me haría la vida sin ti más insoportable. Simplemente, cuida a Willy y mándalo de visita en cuanto puedas, ¿Prometido?
Scott le tomó la mano por el dorso y la quitó de su boca.
– ¿Por qué no me dejas decirlo?
– Lo dirías porque te doy lástima. No es suficiente. Promete -repitió- que mandarás a Willy.
– Lo prometo. Y yo vendré con…
En esta ocasión, fueron los labios de Agatha los que lo silenciaron a él antes de que pudiese pronunciar una mentira. La separación parecía terrible, pero en cuanto la dejara olvidaría todo lo sucedido esa noche. Le arrojó los brazos al cuello y lo besó una vez, tal como había soñado hacerlo sosteniéndole la cabeza, apretando los pechos contra él, sintiendo los brazos que la rodeaban, los dos cuerpos pegados en toda su longitud, sin ocultar nada.