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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—Tal vez sí —respondió Rand, que se sentía culpable ante la sensación de alivio experimentada al descubrir que no era él solo quien había padecido aquel mal sueño—. Iba a pedirle consejo a Thom. Él ha visto mucho mundo. Tú…, tú no piensas que deba informar de ello a Moraine, ¿verdad?

Perrin dejó caer de nuevo la cabeza sobre la almohada.

—Ya has oído las historias sobre las Aes Sedai. ¿Crees que podemos confiar en Thom? Si es que podemos confiar en alguien. Rand, si salimos de ésta con vida, si regresamos a casa algún día, y me oyes considerar la posibilidad de abandonar el Campo de Emond, aunque sólo sea para ir a la Colina del Vigía, me propinas un puntapié, ¿de acuerdo?

—Esas no son maneras de hablar —objetó Rand, con la sonrisa más animada que le fue posible esbozar—. Por supuesto que regresaremos a casa. Vamos, levántate. Estamos en una ciudad y tenemos todo un día para verla. ¿Dónde tienes la ropa?

—Vete tú. Quiero quedarme tumbado un rato. —Perrin volvió a cubrirse los ojos con el brazo—. Ve tú delante. Me reuniré contigo dentro de un par de horas.

—Tú te lo pierdes —dijo Rand, incorporándose—. Piensa en lo que no vas a ver. —Se detuvo junto a la puerta—. Baerlon. ¿Cuántas veces habíamos soñado visitar Baerlon algún día?

Perrin yacía con los ojos tapados, sin pronunciar ni una palabra. Pasado un minuto, Rand abandonó el dormitorio y cerró la puerta.

Una vez en el rellano, se apoyó en la pared, al tiempo que se disipaba su sonrisa. Todavía le dolía la cabeza; el dolor había arreciado en lugar de disminuir. No acertaba a sentir entusiasmo por nada.

Una doncella se aproximó, con los brazos cargados de sábanas, y lo miró con aire preocupado. Antes de que ella pudiera decir nada, se alejó, estremeciéndose bajo la capa. Thom no pondría fin a su espectáculo hasta al cabo de unas horas. Mejor era que aprovechase aquella ocasión de ver algo. Tal vez encontraría a Mat y averiguaría así si Ba’alzemon había invadido su sueño. Bajó los peldaños, más lentamente esta vez, frotándose las sienes.

Las escaleras terminaban cerca de la cocina, por lo que tomó aquel camino de salida. Saludó con la cabeza a Sara, pero apremiando el paso cuando la mujer parecía dispuesta a retomar la charla en el mismo punto en que la había dejado. El patio se hallaba solitario a excepción de Mutch, que se encontraba de pie junto a la puerta del establo. También a él saludó Rand con un gesto; sin embargo Mutch le devolvió una hosca mirada antes de desaparecer en el interior de las caballerizas. Dispuesto a comprobar cómo era una ciudad, hizo votos por que el resto de la ciudadanía se asemejara más a Sara que a Mutch y aligeró la marcha.

Se detuvo a observar ante las puertas abiertas del patio. La gente abarrotaba la calle como las ovejas en un aprisco, gente embozada hasta los ojos en capas y chaquetas, con los sombreros calados para resguardarse del frío, se entrecruzaba con paso rápido como si el viento que silbaba por encima de los tejados los empujara a caminar, rozando con los codos a sus congéneres sin dedicarles apenas una palabra o una mirada. «Todos extraños», caviló. «No se conocen entre ellos».

Los olores también eran insólitos, compuestos de una rara mezcolanza agridulce que le hacía rascarse la nariz. Aun en los momentos más activos de los festejos del pueblo no había visto a las personas arracimadas con tanta apretura, ni en tal número. Y aquello sólo era una calle. Maese Fitch y la cocinera decían que la ciudad estaba llena. ¿Toda la urbe… de aquella manera?

Se apartó despacio de la salida y se alejó por la rúa repleta de gente. En verdad, no era correcto irse y dejar a Perrin enfermo en la cama. ¿Y qué sucedería si Thom acababa de contar sus relatos mientras Rand paseaba por la población? El juglar quizá saldría también por su cuenta y él necesitaba hablar con alguien.

Era preferible aguardar un poco. Exhaló un suspiro de alivio al volver la espalda al hervidero que era aquella calle.

No obstante, con aquel dolor de cabeza, tampoco le apetecía volver a entrar en la posada. Se sentó en una barrica, apoyado en la pared trasera del edificio, con la esperanza de que el fresco aire aliviase su cefalea.

Mutch se asomaba de tanto en tanto a la puerta del establo. Incluso a varios metros de distancia, Rand percibía su hosca expresión de rechazo. ¿Se debía aquélla tal vez al desagrado que le inspiraban los campesinos? ¿O era consecuencia de la cálida acogida de maese Fitch después de su tentativa de echarlos afuera por haber entrado por detrás? «Quizá sea un Amigo Siniestro», pensó, esperando reír para sus adentros de aquella ocurrencia, lo cual, sin embargo, no sucedió. Rozó con la mano la empuñadura de la espada de Tam, comprobando que su estado de ánimo no propiciaba para nada la hilaridad.

—Un pastor con una espada con la marca de la garza —dijo quedamente una voz de mujer—. Francamente increíble. ¿Qué problemas tienes, forastero de las tierras del sur?

Rand se puso en pie, sobresaltado. Era la joven de pelo corto que se encontraba junto a Moraine cuando salieron del cuarto de baño, todavía ataviada con chaqueta y pantalones de hombre. Era algo mayor que él, le pareció; sus ojos oscuros, aún más grandes que los de Egwene, poseían una mirada extrañamente inquisitiva.

—Tú eres Rand, ¿verdad? —continuó—. Me llamo Min.

—No tengo ningún problema —respondió. Ignoraba lo que Moraine le había dicho, pero recordó la admonición de Lan respecto a no llamar la atención—. ¿Qué te hace pensar que los tengo? Dos Ríos es una región tranquila y todos somos gente pacífica. No es un lugar donde quepan las preocupaciones, a menos que tengan relación con las cosechas o con los corderos.

—¿Tranquila? —dijo Min con una leve sonrisa—. He oído hablar de los habitantes de Dos Ríos. He escuchado los chistes sobre pastores empecinados y, además, hay hombres que han viajado a las regiones sureñas.

—¿Empecinados? —repitió Rand, con el rostro ceñudo—. ¿De qué cuentos hablas?

—Los que yo conozco —prosiguió como si Rand no la hubiera interrumpido—dicen que sois todo sonrisas y amabilidad, dóciles y maleables como la mantequilla, al menos en apariencia. Bajo esa superficie, según ellos, tenéis la misma dureza que las raíces de un viejo roble. Pinchadlos un poco, dicen, y toparéis con una roca. Pero la roca es más superficial en ti y en tus amigos, como si una tempestad os hubiera arrebatado la casi totalidad de la envoltura. Moraine no me lo explicó todo, pero yo veo lo que veo.

¿Raíces de un viejo roble? ¿Roca? Aquello no se parecía al tipo de cosas que dirían los mercaderes o sus guardas. Su última frase, no obstante, le provocó un respingo. Echó una mirada rápida alrededor; las caballerizas estaban vacías y las ventanas más cercanas, cerradas.

—No conozco a nadie llamado… ¿cómo era ese nombre?

—En ese caso, la señora Alys, si así lo prefieres —repuso Min con gesto divertido que coloreó sus mejillas—. Lo cierto es que ella no tenía otra alternativa, supongo. Vi de inmediato que era… diferente, cuando se alojó aquí de camino a vuestra comarca. Ella sabía de mi existencia. Yo ya había hablado antes con… otras como ella.

—¿Que lo viste? —inquirió Rand.

—Bueno, no creo que vayas corriendo a explicárselo a los Hijos, habida cuenta de quiénes son tus compañeros de viaje. Los Capas Blancas desaprobarían de igual modo mis actividades que las de ella.

—No comprendo.

—Ella dice que veo retazos del Entramado. —Min emitió una ligera carcajada, agitando la cabeza—. A mí me suena demasiado grandilocuente. Únicamente veo cosas al mirar a la gente y a veces sé lo que éstas significan. Observo, por ejemplo, a un hombre y a una mujer que no se han dirigido nunca la palabra y adquiero conciencia de que se casarán. Y así ocurre. Ella quería que os mirase. A todos, juntos.

—¿Y qué has visto? —preguntó Rand con un estremecimiento.

—¿Cuando estabais en grupo? Chispas que se agitaban en torno a vosotros, cientos de ellas, y una gran sombra, más oscura que la noche cerrada. Es tan potente que casi me extraña que no la perciba todo el mundo. Las chispas tratan de rellenar la sombra y ésta trata de engullirlas. —Se encogió de hombros—. Todos estáis vinculados, amenazados por un mismo peligro, pero no puedo sacar más conclusiones.

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