Los inconsolables [The Unconsoled - es]
- Автор: Исигуро Кадзуо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:
– Bueno, muchas gracias, señorita Stratmann. Muy amable de su parte. También es un placer estar tan bien atendido. La llamo porque…, en fin, porque quería cerciorarme de ciertas cosas relativas a mi agenda. Sí, ya sé que hoy ha habido algunas demoras inevitables, y que han dado lugar a un par de desafortunadas consecuencias.
Hice una pausa, a la espera de que la señorita Stratmann dijera algo, pero al otro lado de la línea sólo hubo silencio. Solté una risita y continué:
– Pero, por supuesto, estamos de camino hacia la galería Karwinsky. Quiero decir que en este instante nos hallamos, en efecto, a medio camino. Queremos, como es natural, llegar con el tiempo holgado, y debo decir que a los tres nos embarga una gran expectación. Tengo entendido que la campiña en torno a la galería Karwinsky es absolutamente espléndida. Sí, estamos muy contentos de ir ya para allá…
– Me alegra tanto oírle, señor Ryder… -La señorita Stratmann parecía un tanto confusa-. Espero que le guste el acto… -Luego, de pronto, añadió-: Señor Ryder, espero que no le hayamos ofendido… -¿Ofendido?
– No quisimos insinuar nada… Quiero decir, al sugerirle que fuera a casa de la condesa esta mañana. Todos sabíamos que usted conoce perfectamente la obra del señor Brodsky, a nadie se le ocurriría dudarlo… Pero algunas de esas grabaciones son tan raras que la condesa y el señor Von Winterstein pensaron que… ¡Oh, Dios, espero que no se haya ofendido, señor Ryder! Le aseguro que no queríamos insinuar nada en absoluto…
– No estoy ofendido en lo más mínimo, señorita Stratmann. Muy al contrario, soy yo quien espera que la condesa y el señor Von Winterstein no estén ofendidos conmigo por no haber podido hacerles la visita programada…
– Oh, por favor, no se preocupe por eso, señor Ryder. -Me habría encantado verles y charlar con ellos, pero al comprobar que las circunstancias no me permitían cumplir con lo que teníamos planeado, me dije que sabrían entenderlo, en especial cuando, como usted dice, en rigor no había ninguna necesidad de que yo escuchase las grabaciones del señor Brodsky…
– Señor Ryder, estoy segura de que la condesa y el señor Von Winterstein lo entienden perfectamente. En cualquier caso, el hecho mismo de programarlo fue, ahora lo veo, bastante osado de nuestra parte…, máxime teniendo en cuenta lo apretado de su agenda. Espero que no se sienta ofendido…
– Le aseguro que no estoy ofendido en absoluto. Pero la verdad, señorita Stratmann, yo querría… Le telefoneo para hablar de ciertos aspectos…, en fin, de otros aspectos de mi agenda.
– ¿Sí, señor Ryder?
– Por ejemplo, de mi visita de supervisión a la sala de conciertos. -Ah, sí.
Aguardé por si añadía algo, pero al ver que no decía nada proseguí:
– Sí, simplemente quería cerciorarme de que todo está preparado para mi visita.
La señorita Stratmann pareció percatarse finalmente del tono preocupado de mi voz.
– Oh, sí -dijo-. Sé a lo que se refiere. No he programado mucho tiempo para su inspección de la sala de conciertos. Pero como puede comprobar -calló unos instantes; me llegó el crujido de una hoja de papel-, como puede comprobar, antes y después de su visita a la sala de conciertos tiene usted otras dos citas muy importantes. Así que pensé que si había un acto al que podía escatimarle un poco de tiempo, éste era la visita a la sala de conciertos. Porque siempre podría volver más tarde si lo considerara necesario. Mientras que, como comprenderá, no podíamos dedicar menos tiempo a ninguna de las otras dos citas. A la entrevista con el Grupo Ciudadano de Ayuda Mutua, por ejemplo, sabiendo la importancia que usted concede al hecho de reunirse personalmente con la gente de a pie, con las gentes a las que les afectan las cosas…
– Sí, por supuesto, tiene usted toda la razón. Estoy plenamente de acuerdo con lo que acaba de decir. Como bien sugiere, siempre podré hacer otra visita a la sala de conciertos más tarde… Sí, sí. Sólo que estaba un poco preocupado por…, en fin, por las medidas… Es decir, por las medidas que van a tomar a propósito de mis padres.
Volvió a hacerse el silencio al otro extremo de la línea. Me aclaré la garganta y proseguí:
– Me refiero a que, como bien sabe, tanto mi madre como mi padre tienen ya muchos años. Será necesario habilitar lo necesario en la sala de conciertos para que…
– Sí, sí, claro… -La señorita Stratmann parecía un tanto perpleja-. Un dispositivo médico cerca para el caso de cualquier desafortunada incidencia… Sí, todo está listo, todo a mano, como podrá comprobar cuando lleve a cabo la visita.
Pensé en ello unos instantes. Luego dije:
– Mis padres. Estamos hablando de mis padres. No hay ningún malentendido a este respecto, espero.
– No lo hay, en absoluto, señor Ryder. Por favor, no se preocupe.
Le di las gracias y salí de la cabina telefónica. Al volver al restaurante, me detuve unos instantes en la puerta. La puesta de sol dibujaba largas sombras en la sala. Las dos damas de mediana edad seguían hablando animadamente, aunque no sabría decir si el tema seguía siendo mi persona. Al fondo del comedor vi que Boris le explicaba algo a Sophie, y que los dos reían con alborozo. Seguí allí unos instantes, dándole vueltas a mi conversación con la señorita Stratmann. Pensando detenidamente en ello, sí había algo osado en la idea de que yo podría sacar algo en limpio de la audición de los viejos discos del señor Brodsky. No había duda de que la condesa y el señor Von Winterstein tenían pensado guiarme paso a paso en tal audición… El pensamiento me irritó, y me sentí afortunado por haberme visto obligado a perderme el evento de marras…
Entonces miré el reloj y vi que, pese a mis palabras tranquilizadoras a la señorita Stratmann, corríamos grave riesgo de llegar tarde a la galería Karwinsky. Fui hasta nuestra mesa y, sin siquiera sentarme, dije:
– Nos tenemos que ir. Llevamos mucho tiempo en este sitio.
Había dado a mis palabras cierto tono perentorio, pero Sophie se limitó a alzar la mirada y a decir:
– Boris piensa que estos dónuts son los mejores que ha comido en su vida. De eso era de lo que hablábamos, ¿verdad, Boris?
Miré a Boris y vi que no me hacía el menor caso. Entonces me acordé de nuestra pequeña disputa de antes -yo la había ya olvidado-, y pensé que lo mejor sería decir algo capaz de reconciliarnos.
– ¿Así que los dónuts están buenos, eh? -dije-. ¿Vas a dejarme probarlos?
Boris siguió mirando en otra dirección, Esperé unos segundos, y luego me encogí de hombros.
– Muy bien -dije-. Si no quieres hablar, estupendo.
Sophie le tocó a Boris en el hombro, y estaba a punto de rogarle que hablara cuando yo me volví y dije:
– Venga, tenemos que irnos.
Sophie dio otro codazo a Boris. Luego se volvió a mí y me dijo, en tono casi desesperado:
– ¿Por qué no nos quedamos un poco más? Apenas te has sentado con nosotros. Y Boris se está divirtiendo tanto… ¿Verdad, Boris?
Boris volvió a hacer como que no oía.
– Escucha, tenemos que marcharnos -dije-. Vamos a llegar tarde.
Sophie volvió a mirar a Boris; luego me miró a mí con expresión cada vez más iracunda. Luego, finalmente, empezó a levantarse. Yo me di media vuelta y eché a andar hacia la salida sin volverme en ningún momento para mirarles.
18
Cuando descendimos por la empinada carretera llena de curvas y volvimos a tomar la autopista, el sol estaba ya muy bajo en el horizonte. El tráfico seguía siendo muy poco denso, y conduje a buena velocidad durante un rato mientras escrutaba la lejanía en busca del coche rojo. Al cabo de unos minutos habíamos dejado las montañas y atravesábamos una vasta extensión de granjas. Los campos se perdían a lo lejos a ambos lados de la autopista. Y fue mientras tomaba una larga y lenta curva en medio de un terreno llano cuando divisé el coche rojo. Aún nos llevaba cierta ventaja, pero vi que el conductor seguía conduciendo a una velocidad decididamente moderada. Reduje la mía, y pronto me vi disfrutando del paisaje que se ofrecía ante mis ojos: los campos al atardecer, el casi acostado sol parpadeando tras los lejanos árboles, los ocasionales grupos de granjas… El coche rojo, entretanto, se mantenía allí delante, entrando y saliendo de nuestro campo visual a cada curva de la carretera… Entonces oí que Sophie me decía: