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Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. Los inconsolables es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar El hombre sin atributos de Musil.
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– ¡Vosotras… no os hacéis ni idea de lo ridiculas que parecéis en este momento! ¿Sabéis una cosa? No, ni os lo imagináis siquiera; vosotras dos… jamás podréis imaginar lo estúpidas, lo indeciblemente ridiculas que parecéis las dos en este momento… No, no sois capaces…, es típico de vosotras, ¡tan típico de vosotras! Oh, llevo tanto tiempo queriendo decíroslo a la cara…, desde que os conocí. Pues aquí tenéis, juzgad por vosotras mismas si sois o no necias. ¡Aquí tenéis la prueba!

Fiona sacudió la cabeza en dirección a mí. Inge y Trude, ambas perplejas, volvieron a mirarme. Yo hice otro concertado intento de anunciar mi identidad, pero para mi desmayo no logré articular sino otro gruñido, más vigoroso que el anterior pero no más coherente. Aspiré profundamente, sentí que me invadía el pánico, y volví a intentarlo de nuevo, y conseguí tan sólo emitir un nuevo, más prolongado, tenso y forzado sonido. -¿Pero qué diablos está diciendo ésta, Trude? -dijo Inge-. ¿Por qué nos habla de este modo esta pequeña zorra? ¿Cómo se atreve? ¿Qué diablos le pasa?

– Es culpa mía -dijo Trude-. El error fue mío. Fue a mí a quien se le ocurrió invitarla a unirse al grupo. Menos mal que muestra su verdadera naturaleza antes de la llegada de los padres del señor Ryder. Tiene celos, eso es todo. Tiene celos de que hayamos conocido hoy al señor Ryder. Mientras que lo único que ella tiene son esas pequeñas y patéticas historias…

– ¿Pero qué es eso de que lo habéis conocido hoy? -tronó Fiona-. Acabáis de decir que no habéis llegado a conocerle…

– ¡Sabes muy bien que fue como si lo hubiéramos conocido! ¿O no, Trude? Tenemos perfecto derecho a decir que lo hemos conocido. Tendrás que ir haciéndote a la idea de que así son las cosas, Fiona…

– Bien, en tal caso… -Fiona casi gritaba ahora-, ¡veamos cómo vosotras os vais haciendo a la idea de esto.

Extendió los brazos hacia mí como si anunciara la más dramática de las entradas a escena. Una vez más, hice todo lo que pude para cumplir con mi deber. Y esta vez, espoleado por mi creciente frustración e ira, el sonido que emití fue más intenso que nunca, y sentí cómo el sofá se estremecía al unísono con mi esfuerzo.

– ¿Qué pasa con tu amigo? -preguntó Inge, percatándose de pronto de mi presencia.

Trude, sin embargo, seguía sin mirarme. -No tendría que haberte hecho caso nunca -le estaba diciendo con amargura a Fiona-. Tendría que haberme dado cuenta desde el principio de lo mentirosa que eras. ¡Y pensar que hemos permitido que nuestros hijos jugaran con esos arrapiezos tuyos! Seguramente serán también unos pequeños mentirosos, y puede que hasta hayan enseñado a decir mentiras a los nuestros. ¡Qué ridicula fue tu fiesta anoche! ¡Y cómo decoraste tu apartamento! ¡Qué absurdo! Esta mañana nos hemos muerto de risa al recordarlo…

– ¿Por qué no me ayudas? -gritó Fiona, dirigiéndose a mí directamente por vez primera-. ¿Qué te pasa? ¿Por qué no haces algo?

De hecho, desde mis últimos gruñidos yo no había dejado de hacer esfuerzos ni un segundo. Ahora, en el preciso instante en que Fiona se volvía hacia mí, me entrevi en el espejo de la pared de enfrente. Vi que mi cara se había vuelto de un rojo brillante, y que se había aplastado hasta hacer que mis facciones adquirieran un aire porcino, mientras mis puños, apretados a la altura del pecho, se estremecían al unísono con la totalidad de mi torso. El verme en tales condiciones hizo que me desinflara por completo, y, descorazonado, volví a hundirme en un extremo del sofá entre pesados jadeos.

– Creo, Fiona, querida -estaba diciendo Inge-, que es hora de que tú y este… amigo tuyo sigáis vuestro camino. No creo que tu asistencia esta noche sea estrictamente necesaria.

– Por supuesto que no -gritó Trude-. Ahora tenemos responsabilidades. No podemos permitirnos deferencias con avecillas con las alas rotas como ella. Ya no somos sólo un grupo de voluntarias. Tenemos cosas muy importantes que hacer, y quienes no den la talla requerida tendrán que dejar el grupo.

Vi que las lágrimas asomaban a los ojos de Fiona. Volvió a mirarme, ahora con acritud creciente, y pensé que debía intentar una vez más revelar mi identidad, pero el recuerdo de la imagen que acababa de ver en el espejo me hizo desistir. En lugar de ello, me levanté tambaleante y busqué la salida del apartamento. Me encontraba aún falto de aliento a causa del esfuerzo, y cuando llegué a la puerta de la sala me vi obligado a detenerme unos segundos para apoyarme contra el quicio. A mi espalda, pude oír cómo las dos mujeres seguían hablando acaloradamente. Y en un momento dado, oí que Inge decía:

– Y qué persona más desagradable ha traído a tu apartamento…

Hice un esfuerzo y atravesé el pequeño recibidor y, tras unos instantes de frenética manipulación de los cerrojos de la puerta principal, conseguí salir al pasillo del edificio. Empecé a sentirme mejor casi de inmediato, y me dirigí hacia la escalera ya con el porte más sereno.

17

Mientras bajaba los sucesivos tramos de escaleras miré el reloj y vi que era hora ya de que saliéramos para la galería Karwinsky. Como es lógico, lamentaba enormemente la situación que dejaba atrás, pero lo prioritario era sin duda llegar a tiempo al importante evento de aquella noche. Decidí, sin embargo, que me ocuparía de los problemas de Fiona en un futuro razonablemente próximo.

Cuando finalmente llegué a la planta baja me topé con un letrero en el muro que rezaba: «Aparcamiento», y una flecha indicadora del camino. Dejé atrás varios trasteros y llegué a la salida.

Salí a la parte trasera de los edificios de apartamentos, en el lado contrario al lago artificial. El sol de la tarde estaba bajo en el cielo. Ante mí había una extensión de terreno verde que descendía gradualmente hasta perderse en la lejanía. El aparcamiento, contiguo a la salida del edificio, era un simple rectángulo de hierba que había sido vallado y se parecía a un corral de rancho norteamericano. El suelo no estaba asfaltado, aunque las continuas idas y venidas de vehículos lo habían hollado de tal modo que ahora era prácticamente tierra batida. Había espacio para unos cincuenta coches, pero en aquel momento sólo había estacionados -a cierta distancia unos de otros- siete u ocho, sobre cuyas carrocerías rebotaba oblicuamente la luz del ocaso. Hacia el fondo del aparcamiento vi cómo la mujer robusta y Boris cargaban el maletero de una ranchera. Al dirigirme hacia ellos vi dentro de ella a Sophie, que estaba sentada en el asiento del acompañante mirando con ojos vacíos la puesta de sol a través del parabrisas.

Cuando llegué hasta ellos, la mujer robusta estaba cerrando el maletero.

– Lo siento -dije-. No sabía que tuvierais tanto que cargar. Habría echado una mano, pero…

– Es igual. Este muchachito me ha ayudado todo lo que necesitaba. -La mujer robusta revolvió cariñosamente el pelo de Boris, y le dijo-: Así que no te preocupes, ¿vale? Los tres vais a pasar una velada estupenda. De veras. Mamá te ha preparado todo lo que más te gusta.

Se agachó y le dio un abrazo tranquilizador, pero el chico parecía como en un sueño y miraba fijamente hacia la lejanía. La mujer robusta me tendió las llaves del coche.

– Tiene que tener el depósito casi lleno. Cuidado con cómo conduce.

Le di las gracias y vi cómo se alejaba hacia los edificios de apartamentos. Cuando me volví hacia Boris, vi que tenía los ojos fijos en la puesta de sol. Le toqué en el hombro y lo conduje alrededor del coche. Subió al asiento trasero sin decir palabra.

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