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Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. Los inconsolables es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar El hombre sin atributos de Musil.
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Sentado en el asiento trasero del viejo coche, traté de recordar cómo había acabado aquella tarde, pero mi mente había vagado hasta otra tarde totalmente diferente, una tarde de lluvia torrencial en que salí de casa para subirme al coche, al santuario del asiento trasero de aquel coche, mientras la pelea conyugal seguía tronando en el interior de la casa. Aquella tarde me había tendido boca arriba en el asiento, con la parte superior de la cabeza encajada bajo el apoyabrazos. Desde aquella posición privilegiada lo único que podía ver era la lluvia que se deslizaba por los cristales de las ventanillas. En aquel momento mi más hondo deseo era seguir allí tendido sin que nadie me molestara, permanecer allí hora tras hora… Pero la experiencia me había enseñado que mi padre emergería de la casa en cualquier momento, pasaría por delante del coche, bajaría hasta la verja y saldría al camino…, de modo que había seguido allí tendido durante largo rato, con los oídos bien abiertos para percibir -por encima del sonido de la lluvia- el ruido metálico del pestillo de la puerta trasera. Cuando por fin llegó, me erguí como un resorte y me puse a jugar. Escenifiqué una emocionante pelea por la posesión de una pistola caída, y lo hice con una intensidad encaminada a dejar bien claro que me hallaba absorto en mi juego y no podía reparar en nada más. Sólo cuando oí que sus húmedas pisadas se aproximaban al final del camino de entrada me atreví a dejar mi juego. Luego, arrodillándome rápidamente sobre el asiento, miré con cautela por la ventanilla trasera justo a tiempo para ver la figura de mi padre en gabardina, deteniéndose en la verja y encorvándose ligeramente al abrir el paraguas. Luego, la figura salió con paso resuelto al camino y se perdió de vista.

Debí de quedarme dormido porque me desperté dando un respingo y vi que estaba sentado en el asiento trasero del viejo coche, en medio de una total oscuridad. Sentí algo cercano al pánico, y empujé hacia afuera la portezuela más cercana. Al principio no se abrió, pero luego fue cediendo poco a poco y al final pude deslizarme fuera del coche.

Sacudiéndome la ropa, miré a mi alrededor. El caserón estaba profusamente iluminado -a través de los altos ventanales entrevi unas arañas rutilantes-, y al otro lado, junto al coche, Sophie seguía peinando a Boris. Yo estaba fuera del retazo de luz proyectado por la casa, pero Sophie y Boris se hallaban en medio de él, iluminados por completo. Mientras los estaba mirando, Sophie se inclinó hacia el retrovisor exterior para darse unos toques finales al maquillaje.

Cuando irrumpí en el espacio de luz, Boris se volvió hacia mí.

– Has tardado siglos -dijo.

– Sí, lo siento. Tenemos que ir entrando…

– Un segundo -murmuró Sophie en tono distraído, aún inclinada sobre el retrovisor.

– Tengo hambre -dijo Boris-. ¿Cuándo volvemos a casa?

– No te preocupes, no vamos a quedarnos mucho. Esa gente de ahí dentro está esperándonos, así que será mejor que entremos y les saludemos. Pero nos iremos enseguida. Volveremos a casa y pasaremos una velada estupenda. Nosotros solos.

– ¿Podremos jugar al Señor de la Guerra?

– Por supuesto -dije, encantado de que al parecer el chico hubiera olvidado ya nuestra anterior disputa-. O a cualquier otro juego que te apetezca. O hasta podemos jugar a un juego y cuando estemos a medias cambiar a otro diferente porque te aburres o porque estés perdiendo…, lo que quieras, Boris. Esta noche jugaremos al juego que más te guste. Y si quieres dejarlo y charlar un rato, de fútbol, por ejemplo, pues estupendo, eso es lo que haremos. Será una noche maravillosa. Solos los tres. Pero primero tenemos que entrar y acabar cuanto antes con esto. No va a estar tan mal.

– Muy bien, estoy lista -dijo Sophie, pero en el último segundo volvió a inclinarse sobre el retrovisor.

Pasamos bajo un arco de piedra y entramos en un patio. Cuando nos acercábamos a la entrada principal, Sophie dijo:

– La verdad es que ahora estoy deseando entrar. La idea me gusta.

– Estupendo -dije yo-. Relájate y sé tú misma. Todo va a salir maravillosamente.

19

Una corpulenta doncella abrió la puerta. Nos adentrábamos en el espacioso vestíbulo cuando la doncella dijo en voz baja:

– Es grato volver a verle, señor.

Al oírle decir esto caí en la cuenta de que había estado antes en aquella casa (de hecho era la casa a la que me había llevado Hoffman la noche anterior).

– Ah, sí -dije, echando una ojeada a los paneles de madera de las paredes-. Es grato volver. Esta vez, como ve, he venido con mi familia.

La doncella no respondió. Quizá por deferencia, pero cuando lancé una mirada rápida a la corpulenta mujer, que aguardaba con expresión sombría junto a la puerta, no pude evitar captar cierta hostilidad. Fue entonces cuando advertí que, sobre la mesa redonda de madera que había junto al paragüero, mi cara miraba hacia arriba entre una serie de revistas y periódicos. Me acerqué a la mesa y cogí lo que resultó ser la edición vespertina del periódico local, cuya primera plana estaba enteramente dedicada a una fotografía de mi persona. La instantánea parecía tomada en un campo azotado por el viento. Entonces vi el edificio blanco del fondo y recordé la sesión fotográfica de aquella mañana en la colina. Fui con el periódico hasta una lámpara y sostuve la primera plana bajo la luz amarilla.

La fuerza del viento me echaba el pelo totalmente hacia atrás. La corbata ondeaba toda tiesa detrás de una de mis orejas. La chaqueta se me volaba también hacia la espalda, de modo que daba la impresión de que llevaba una especie de esclavina. Para mayor desconcierto aún, mis facciones exhibían una expresión de ferocidad desenfrenada. Con el puño alzado al viento, parecía hallarme lanzando algún rugido guerrero. Dios, no lograba entender cómo podía haber compuesto una pose semejante. El titular -no había otro texto en toda la plana- proclamaba: LLAMAMIENTO DE RYDER A LA UNIFICACIÓN.

Con cierto nerviosismo, abrí el periódico y vi otras seis o siete fotografías más pequeñas, todas ellas similares a la de la primera plana. Mi ademán beligerante era patente en todas ellas salvo en dos. En éstas parecía presentar con orgullo el edificio blanco que se hallaba a mi espalda, esbozando al hacerlo una extraña sonrisa que dejaba totalmente al descubierto mis dientes inferiores y ninguno de los superiores. Escruté las columnas de abajo, y encontré repetidas referencias a alguien llamado Max Sattler.

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Главный герой
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