Los inconsolables [The Unconsoled - es]
- Автор: Исигуро Кадзуо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:
Como es lógico, había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que lo había visto. El volverlo a ver en aquel lamentable estado trajo a mi memoria sus últimos días con nosotros, cuando era ya tan viejo que me producía verdadero embarazo el que mis padres siguieran utilizándolo. Hacia el final de sus días, recordé, yo había empezado a urdir complejas tretas para evitar viajar en él, tal era el miedo que me producía la eventualidad de que pudiera vernos un compañero de clase o un maestro. Pero eso sólo fue al final. Durante muchos años me había aferrado a la creencia de que nuestro coche -pese a ser bastante barato- era de algún modo superior a casi todos los que circulaban por las carreteras del mundo, y que ésa era la razón por la que mi padre no lo arrumbaba y se compraba otro. Lo recordaba aparcado en el camino de entrada de nuestra casita de Worcestershire, con su pintura y sus cromados relucientes, y recordaba cómo me quedaba mirándolo de cuando en cuando, durante varios minutos, pletórico de orgullo. Muchas tardes -en especial los domingos- las pasaba jugando dentro y fuera de él. A veces sacaba juguetes de casa -puede que hasta mi colección de soldaditos de plástico- y los colocaba encima del asiento trasero. Pero lo más normal era que me limitara a desarrollar tramas sin cuento alrededor de él, disparando con mi pistola a través de las ventanillas o poniéndome al volante y llevando a cabo persecuciones a velocidades temerarias. De vez en cuando mi madre se asomaba desde la casa para decirme que dejara de cerrar de golpe las portezuelas del coche, porque el ruido la iba a volver loca, y que si daba otro portazo más me iba a «arrancar la piel a tiras». Podía verla con nitidez, de pie en la puerta trasera de la casita, gritándome en dirección al coche. La casa era pequeña, pero estaba situada en plena campiña, en un terreno de media hectárea de hierba. Ante nuestra verja pasaba un sendero que llevaba a la granja local, y que dos veces al día era recorrido por una hilera de vacas conducidas por granjeros adolescentes con palos llenos de barro. Mi padre siempre dejaba el coche en el camino de entrada, con la trasera hacia el sendero, y yo solía abandonar lo que estuviera haciendo para contemplar a través de la ventanilla trasera aquellas procesiones de vacas.
Lo que llamábamos «el camino de entrada» no era sino una franja de hierba a un costado de la casa. Nunca había sido pavimentada, y cuando llovía se inundaba y las ruedas del coche se hundían en el agua, lo que sin duda había agudizado sus problemas de oxidación y acelerado el proceso hasta su actual estado. Pero, de niño, los días lluviosos constituían para mí una auténtica delicia. Porque la lluvia no sólo creaba en el interior del coche una atmósfera especialmente confortable, sino porque me proporcionaba el reto añadido de tener que brincar sobre canales de barro cada vez que me montaba o apeaba. Al principio mis padres desaprobaban esta práctica, argumentando que manchaba la tapicería, pero cuando el coche tuvo unos cuantos años dejaron de preocuparse por esos detalles. Los portazos, sin embargo, siguieron molestando a mi madre a lo largo de todo el tiempo en que tuvimos el coche. Una verdadera pena, ya que los portazos eran vitales para la puesta en escena de mis guiones, pues subrayaban los momentos de mayor tensión dramática. Las cosas se complicaban con el hecho de que mi madre a veces se pasaba semanas, incluso meses, sin quejarse de los portazos, hasta que yo llegaba a olvidar que constituyeran una fuente de conflictos. Y un buen día, cuando me encontraba absolutamente absorto en alguna trama dramática, aparecía de pronto enormemente disgustada y me decía que si volvía a hacerlo me «arrancaría la piel a tiras». En más de una ocasión la amenaza me llegaba en un momento en el que la portezuela estaba de hecho entreabierta, y me veía en el dilema de si debía dejarla abierta cuando terminara mis juegos -aunque pudiera quedarse así toda la noche- o debía arriesgarme a cerrarla con la mayor suavidad posible. Tal dilema me atormentaría ya todo el resto de mi jornada de juegos con el coche, y aguaría a conciencia mi disfrute.
– ¿Qué estás haciendo? -dijo la voz de Sophie a mi espalda-. Tendríamos que entrar ya.
Caí en la cuenta de que me hablaba a mí, pero me hallaba tan transportado por el descubrimiento de nuestro viejo coche que respondí algo entre dientes de forma maquinal. Y luego oí que me decía:
– ¿Qué te pasa? Cualquiera diría que te has enamorado de ese cacharro…
Sólo entonces me percaté de que casi lo estaba abrazando: había pegado la mejilla contra su techo, mientras mis manos describían suaves movimientos circulares sobre su roñosa chapa. Me enderecé y solté una rápida carcajada, y me volví y vi que Sophie y Boris me miraban con fijeza.
– ¿Enamorado de esto? Bromeas. -Lancé otra carcajada-. Es criminal cómo la gente va dejando por ahí este tipo de desechos…
Como seguían mirándome, grité: -¡Qué asqueroso montón de chatarra!
Y le propiné unas cuantas patadas. Ello pareció contentarles y ambos dejaron de mirarme. Y entonces vi que Sophie, que instantes antes me instaba para que me diera prisa, seguía preocupada por el aspecto de Boris (ahora lo estaba peinando).
Volví a dedicar mi atención al coche, inquieto ante la posibilidad de haberle causado algún desperfecto con mis patadas. Tras un detenido examen comprobé que tan sólo se habían desprendido unos cuantos desconchones de óxido, pero seguía sintiendo intensos remordimientos por haberme mostrado tan duro e insensible. Me abrí paso entre la hierba y rodeé el coche, y una vez en el otro lado miré a través de la ventanilla trasera. Algún objeto volante debía de haber chocado contra la ventanilla, pero el cristal había resistido sin romperse, y a través de la zona astillada del impacto contemplé el asiento trasero donde tantas horas felices había pasado en la infancia. Vi que gran parte de él estaba cubierto de hongos. El agua de lluvia había formado un pequeño charco en el ángulo entre la almohadilla del asiento y el apoyabrazos. Cuando tiré de la portezuela, ésta se abrió sin gran dificultad, pero a medio camino se quedó atascada en la tupida hierba. La abertura, sin embargo, era lo suficientemente amplia como para permitirme introducirme en el interior del habitáculo, y al cabo de una pequeña pugna logré cierto acomodo en el asiento.
Una vez dentro, comprobé que uno de los extremos del asiento se había hundido hasta el suelo, por lo que me hallaba sentado a una altura anormalmente baja. A través de la ventanilla más cercana a mi cabeza pude ver tallos de hierba y un cielo crepuscular rosado. Me acomodé lo mejor que pude y tiré de la puerta para volver a cerrarla -algo la detenía y no pude cerrarla por completo-, y al cabo de unos instantes logré una postura razonablemente cómoda.
Al poco empezó a invadirme un desasosiego intenso, y cerré los ojos durante un momento. Al hacerlo me vino a la mente el recuerdo de una de mis más felices excursiones familiares en aquel coche, un día en que recorrimos las poblaciones locales en busca de una bicicleta de segunda mano para mí. Fue una soleada tarde de domingo y habíamos ido de pueblo en pueblo examinando una bicicleta tras otra, y mis padres conferenciaban en el asiento delantero mientras yo iba sentado detrás, en el mismo asiento que ocupaba ahora, mirando el paisaje de Worcestershire. Eran los tiempos anteriores a la posesión rutinaria de un teléfono en toda la geografía inglesa, y mi madre llevaba en el regazo el periódico local en el que la gente que anunciaba cosas para vender facilitaba su dirección completa. No hacían falta las citas: una familia como la nuestra podía simplemente presentarse ante una puerta y decir: «Venimos por lo de la bici», y al punto se nos invitaba a ir hasta el cobertizo trasero para el examen de rigor. La gente más amistosa nos ofrecía té, pero mi padre declinaba siempre la invitación con un comentario humorístico siempre idéntico. Una anciana, sin embargo -luego resultó que la bicicleta que vendía no era una «bici de chico» sino la de su marido recientemente fallecido-, había insistido en que pasáramos a la casa. «Siempre es un gran placer», nos había dicho, «recibir gente como ustedes.» Luego, mientras estábamos sentados en su pequeña y soleada sala con las tazas de té en la mano, había vuelto a referirse a nosotros con la expresión «gente como ustedes», y de súbito, mientras escuchábamos la disertación de mi padre sobre el tipo de bicicleta más adecuada para un chico de mi edad, caí en la cuenta de que para aquella anciana mis padres y yo representábamos el ideal de la felicidad familiar. Una enorme tensión me había invadido a partir de tal revelación, tensión que no hizo sino aumentar en mi interior a lo largo de la media hora que permanecimos en aquella casa. No es que temiera que mis padres no lograran representar adecuadamente su habitual pantomima (resultaba impensable que de pronto dieran comienzo a una de sus peleas, aunque sólo fuera en su versión más aséptica), pero había llegado al convencimiento de que en cualquier momento cualquier signo, acaso cualquier olor, haría que la anciana cayera en la cuenta de la enormidad de su error, y yo aguardaba horrorizado el instante en que se quedaría paralizada de espanto ante nosotros.