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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—¿Baja usted a Paja Uno, excelencia? —preguntó Sally.

—Sí, señora.

Bury parecía tan sorprendido como Sally. Al entrar en el tubo de conexión descubrió que los pajeños habían utilizado un viejo truco de la Marina: el tubo estaba presurizado con una presión inferior en el extremo inicial, de modo que los pasajeros pasaban flotando. El interior era sorprendentemente grande, con espacio para todos: Renner, Sally Fowler, el capellán Hardy (Bury se preguntó si el capellán volvería a la MacArthur cada domingo), el doctor Horvath, los guardiamarinas Whitbread y Staley, y dos suboficiales a los que Bury no reconoció; iba además un alienígena con cada humano, salvo tres. Consideró la distribución en los asientos con una ironía que sólo parcialmente ocultaba sus temores: cuatro delante, con un asiento pajeño al lado de cada uno de los asientos humanos. Cuando se fijaron a ellos, la ironía pareció aumentar. Les faltaba uno.

Pero el doctor Horvath pasó a la cabina de control y ocupó un asiento próximo al del piloto Marrón. Bury se colocó en la primera fila, donde sólo había dos asientos, y una pajeña ocupó el otro. El miedo se agolpó en su garganta. Alá es clemente, Él es único… ¡no! No había nada que temer y él no había hecho nada peligroso.

Y sin embargo… él estaba allí y la alienígena estaba a su lado, mientras tras él, en la MacArthur, cualquier accidente podría llevar a los oficiales de la nave a descubrir lo que había hecho con su traje de presión.

Un traje de presión es el artefacto más ligado a la identidad personal que puede poseer un hombre del espacio. Es mucho más personal que una pipa o un cepillo de dientes. Sin embargo, los demás habían expuesto sus trajes a los manejos de los Marrones invisibles. Durante el largo viaje hasta Paja Uno, el teniente Sinclair había examinado las modificaciones que habían introducido los Marrones.

Bury había esperado. Se enteró a través de Nabil de que los Marrones habían duplicado la eficacia de los sistemas de reciclaje. Sinclair había devuelto los trajes de presión a sus propietarios… y había comenzado a modificar de modo similar los trajes de los oficiales.

Uno de los tanques de aire del traje de Bury estaba trucado. Contenía medio litro de aire presurizado y dos miniaturas en animación suspendida. Los riesgos eran graves. Podían descubrirlo. Las miniaturas podían morir por las drogas de congelación y sueño. Algún día podría necesitar el aire que no había allí. Pero Bury siempre se había mostrado dispuesto a correr riesgos si los beneficios eran suficientes.

Cuando llegó el aviso, pensó que no había duda, que le habían descubierto. Había aparecido un suboficial de la Marina en la pantalla de su camarote, diciendo, «llamada para usted, señor Bury», y, sonriendo aviesamente, había conectado. Antes de que le diese tiempo a sorprenderse, Bury se encontró frente a un alienígena.

—Fyunch(click) —dijo el alienígena; ladeó la cabeza y los hombros—. Parece usted sorprendido. Supongo que conoce el término. Bury se había recobrado enseguida.

—Por supuesto. Pero no sabía que estuviese estudiándome un pajeño. —No le gustaba gran cosa la idea.

—No, señor Bury, acaban de asignarme a usted. Señor Bury, ¿ha pensado usted venir a Paja Uno?

—No, dudo que me permitan dejar la nave.

—El capitán Blaine ha dado permiso, si usted quiere ir. Señor Bury, estimaríamos mucho sus comentarios sobre las posibilidades de relaciones comerciales entre los pajeños y el Imperio. Parece probable que resulten provechosas para ambas partes.

¡Sí! Por las barbas del Profeta. Una oportunidad como aquélla… Bury había aceptado enseguida. Nabil podía ocuparse de los Marrones ocultos.

Pero ahora, sentado a bordo de la nave de aterrizaje, le resultaba difícil controlar sus temores. Miró al alienígena que estaba a su lado.

—Soy el Fyunch(click) del doctor Horvath —dijo la pajeña—. Relájese usted. Estos vehículos están bien diseñados.

—Ah —exclamó Bury, y se relajó.

Lo peor había pasado horas atrás. Nabil habría introducido ya sin ningún problema el falso tanque en la cámara neumática principal de la MacArthur con centenares más, y allí estaría seguro. La nave alienígena era, sin duda, superior a los artefactos humanos similares, aunque no fuese más que por el deseo de los pajeños de evitar riesgos a los embajadores humanos. Pero no era aquel descenso lo que mantenía el miedo agolpado en su garganta…

Sintió un leve balanceo. El descenso había empezado.

Para sorpresa de todos, el viaje fue aburrido. Hubo cambios esporádicos de gravedad, pero ninguna turbulencia. Por tres veces distintas sintieron clunks casi subliminales como si estuviesen bajando el tren de aterrizaje, y una sensación de balanceo. La nave se había detenido.

Salieron a una cámara presurizada. El aire era bueno pero sin aroma, y sólo podían ver la gran estructura hinchada que les rodeaba. Miraban hacia atrás, hacia la nave, sin el menor recato.

Tenía ahora la forma de un deslizador con alas como de gaviota. Los bordes de la disparatada cabeza de flecha habían desarrollado una desconcertante variedad de alas y aletas.

—Un viaje increíble —dijo Horvath jovialmente al unirse a ellos—. Cambia de forma todo el vehículo. No hay bisagras en las alas, las aletas salen como si estuviesen vivas… ¡Los huecos de los propulsores se abren y se cierran como bocas! Tendrían que haberlo visto. Si el teniente Sinclair desciende alguna vez, tendrán que darle el asiento de la ventanilla —exclamó. No advirtió las miradas furiosas.

Al fondo del edificio se abrió una cámara neumática y entraron tres pajeños del tipo Marrón-y-blanco. El miedo se agolpó de nuevo en la garganta de Bury cuando se separaron, uniéndose cada uno de ellos a los tres oficiales de la Marina, mientras el otro se acercaba directamente a él.

—Fyunch(click) —dijo.

Bury notaba la boca muy seca.

—No tema —dijo el pajeño—. No puedo leer su pensamiento. Era sin lugar a dudas lo peor que podía decir el pajeño si deseaba tranquilizar a Bury.

—Me han dicho que es la profesión de ustedes. El pajeño se hecho a reír.

—Es mi profesión, pero no puedo hacerlo. Lo único que puedo saber es lo que usted me muestre.

Aquello no correspondía en absoluto a la impresión que tenía Bury. El pajeño debía de haber estudiado a los humanos en general; sólo eso.

—Usted es macho —advirtió.

—Soy joven. Los otros eran hembras cuando llegaron junto a la MacArthur. Señor Bury, tenemos vehículos fuera y un lugar de residencia para usted, muy cerca. Venga a ver nuestra ciudad, y luego podremos hablar de negocios.

Le cogió un brazo con sus dos pequeños brazos derechos; aquel contacto le resultaba muy extraño. Bury se dejó conducir a la cámara neumática.

«No tenga miedo. No puedo leer su pensamiento», había dicho, leyendo su pensamiento. En varios mundos redescubiertos del Primer Imperio se hablaba de individuos que eran capaces de leer el pensamiento, pero no se había comprobado ningún caso concreto, gracias a la misericordia de Alá. Aquel ser afirmaba que no sabía leer el pensamiento; y era un ser muy extraño. El contacto con él no le producía repugnancia, aunque las gentes de la cultura de Bury detestaban que las tocasen. Pero Bury había visto demasiadas costumbres extrañas y había conocido a demasiados pueblos y razas para preocuparse de sus prejuicios infantiles. Sin embargo, aquel pajeño resultaba tranquilizadoramente extraño… y Bury no había oído que ningún Fyunch(click) actuase de aquel modo. ¿Estaba intentando tranquilizarle?

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