Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1977
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-116-7
- Переводчик: Claudia Muscat
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
—Sadrac —dice. Su voz es grave y ronca—. Sabía que vendría a verme. Lo sintió, ¿verdad? Hace aproximadamente una hora y media. Creía que la cabeza me estallaba.
—Lo sentí, sí.
—Usted me dijo que me insertarían una válvula en el cerebro. Para drenar el líquido — dijo.
—Eso es lo que hicimos.
—¿No funciona bien?
—Funciona a la perfección, señor —dice Sadrac en tono moderado.
Genghis Mao está confundido.
—¿Entonces qué fue lo que me provocó ese dolor de cabeza tan fuerte hace un rato?
—Esto fue —dice Sadrac. Sonríe, extiende la mano izquierda y cierra el puño.
Nada sucede por un momento. Luego los ojos de Genghis Mao se agrandan sorprendidos e impactados. Entre quejidos, el Khan se oprime las sienes con las manos, se muerde los labios, inclina la cabeza calva, se frota los ojos con los puños, se lamenta atragantado, presa de la angustia. Sadrac percibe las reacciones internas de Genghis Mao, a través de los sensores que proveen información acerca de las funciones físicas del Khan: el ritmo del pulso y la respiración se acelera de una manera alarmante, la presión sanguínea es baja y la presión intercraneal aumenta sin piedad. Genghis Mao se acurruca de dolor, tiembla, gruñe. Sadrac vuelve a extender el puño. Poco a poco el dolor abandona a Genghis Mao, el cuerpo toma su posición normal, y los sensores de Sadrac dejan de transmitir los síntomas del shock.
Genghis Mao levanta la vista y la fija en Sadrac durante un largo rato.
—¿Qué me han hecho? —pregunta Genghis Mao en un ronco murmullo.
—Le instalamos una válvula en el cráneo, señor. Para drenar la peligrosa acumulación de líquido cerebroespinal. Sin embargo, debo decirle que la válvula fue diseñada para ejercer acción reversible, ya que a través de la telemedición es posible hacer que la válvula bombee liquido al cráneo, en lugar de desviar el líquido fuera del cráneo. Yo controlo la acción de la válvula, por medio de un cristal piezoeléctrico insertado en la palma de mi mano. Apenas contraigo los músculos de la mano, el líquido deja de drenar. Si la contracción es más fuerte, la válvula comienza a bombear el líquido al cerebro. Puedo interrumpir la marcha de su organismo. Puedo hacerle sentir el dolor que hoy ha experimentado dos veces, y en sólo un instante puedo causarle la muerte.
La expresión facial de Genghis Mao es totalmente opaca. Analiza la declaración de Sadrac en silencio. Finalmente, dice:
—¿Por qué me hizo esto, Sadrac?
—Para protegerme, señor.
—¿Pensó que iba a usar su cuerpo para el Proyecto Avatar?
—Estaba seguro de ello, señor.
—Se equivocó. Nunca lo hubiera hecho. Usted es muy importante para mí, tal cual es ahora.
—Sí señor. Gracias, señor.
—Cree que miento. Le digo que nunca existió la posibilidad de activar Avatar, utilizándolo a usted como donante. No me malinterprete, Sadrac. No me estoy defendiendo. Simplemente le estoy diciendo cómo son las cosas en realidad.
—Sí señor. Pero yo conozco sus enseñanzas con respecto a la redundancia. Tenía miedo de dejar de ser indispensable, y ahora puedo estar seguro de que lo soy, creo.
—¿Sería capaz de matarme? —pregunta Genghis Mao.
—Si sintiera que mi vida está en peligro, sí.
—¿Qué diría Hipócrates de eso?
—Aun los médicos tenemos el derecho a la defensa personal, señor.
La sonrisa de Genghis Mao se vuelve más cálida. Es como si la conversación lo divirtiera. Su rostro no refleja en absoluto la más mínima indignación.
Con voz calma, propone una hipótesis especulativa:
—¿Qué pasaría si yo lo atrapara sin que usted lo advirtiera, si lo inmovilizara antes de que pueda cerrar el puño, y lo condenara a muerte?
Sadrac menea la cabeza.
—La pieza que llevo insertada en la mano está programada para la energía eléctrica de mi cerebro. Si me muero, si me anulan la mente, si por equis causa se interrumpe el impulso eléctrico de mi cerebro, la válvula comienza automáticamente a bombear el líquido cerebroespinal a su médula. El momento de mi muerte será el preludio de su propia muerte, señor. Nuestros destinos se han unido. Cuide de mi vida, señor, por su propio bien.
—¿Y si hago que me extraigan la válvula de la cabeza, para reemplazarla por otra que no se adapte a la pieza que usted lleva insertada en la mano?
—No, señor. De ninguna manera podrán operarlo sin que mi sistema interno me lo notifique. Apenas me enterara que lo están operando, me defendería, desde luego. Somos una entidad en dos cuerpos distintos, señor. Y lo seremos para siempre.
—Muy ingenioso. ¿Quién diseñó esa maravilla mecánica?
—Buckmaster lo hizo, señor.
—¿Buckmaster? Pero si Buckmaster murió en mayo. Es imposible que en ese entonces usted supiera que…
—Buckmaster está con vida aún, señor —dice Sadrac con voz suave.
Genghis Mao piensa en lo que Sadrac acaba de decir.
Permanece meditabundo y en silencio un largo rato.
—Aún con vida. ¡Qué extraño!
—Sí.
—No entiendo.
Sadrac no responde.
Después de un momento, Genghis Mao dice:
—Me ha puesto una bomba en la cabeza.
—Sí, señor. Es algo así.
—Yo tengo poder sobre la humanidad, y usted tiene poder sobre mí, Sadrac. ¿Se da cuenta en qué se ha transformado? ¡Usted es el verdadero Khan ahora! Alabado sea, Genghis III Mao V —Genghis Mao estalla en una carcajada salvaje—. ¿Se da cuenta? ¿Es consciente de lo que ha logrado?
—Lo pensé —admite Sadrac.
—Podría obligarme a renunciar. Podría exigirme que lo nombre mi sucesor. Podría matarme y asumir la presidencia, con toda legitimidad. ¿Se da cuenta? Ya lo creo que se da cuenta. ¿Es esa su intención?
—No, señor. La última cosa que deseo es ser presidente del mundo.
—Vamos, Sadrac. Dé un golpe de estado. Tome el poder. Yo ya estoy viejo, cansado, aburrido y agotado. Quiero que me derroquen. Admiro su astucia. Estoy fascinado con lo que ha hecho. Nadie me había engañado como usted, ¿sabe? Usted ha logrado lo que no lograron cientos de enemigos. Sadrac, tan tranquilo, tan leal, tan dependiente, me ha vencido. Soy suyo. Soy su marioneta. ¿Se da cuenta? Vamos. Conviértase en presidente. Se lo ha ganado, Sadrac.
—Eso no es lo que quiero.
—¿Qué quiere, entonces?
—Continuar siendo su médico. Proteger su salud y hacer todo lo posible para extender su vida. Permanecer a su lado y servirlo de acuerdo con mi juramento.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo. No, hay algo más, señor.
—A ver.
—Solicito un cargo en el Comité.
—Ah.
—Específicamente, quiero ejercer autoridad en la esfera de salud publica. Política médica del gobierno.
—Ah. Sí.
—Quiero controlar la distribución del antídoto, señor. Mi intención es desarrollar cuanto antes un programa de tratamiento mundial para la población sana —dice Sadrac—. Y expandir todos los programas existentes para la investigación de la cura permanente de la descomposición orgánica. Según mi entender, sería cambiar totalmente la política actual del CRP.
—¡Ah! —Genghis Mao echa a reír—. ¡Ahora entiendo! ¡Entonces sí que quiere ser Khan! Yo ocupo la presidencia, pero usted dirige la batuta. ¿Es eso, Sadrac? ¿Es eso lo que maquinó? Muy bien. Soy suyo. Estará en el Comité a partir de la próxima reunión. Elabore los enunciados de su política y preséntelos —mira con ojos sombríos la mano izquierda de Sadrac—. ¡Alabado sea Genghis III Mao V!