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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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– Muy bien -le dije, volviendo al ruso-. No está nada mal para una sola clase. ¿Qué tal han ido hoy las cosas en la guardería?

– Me encantó -respondió-. Los niños son muy monos. Aunque algunos tienen unas caritas muy tristes. Quiero tener una docena cuando me case.

Localicé algunas de las flores de las que había visto en el comedor y me acuclillé para desenterrarlas con la pala.

– ¿Una docena? -le pregunté-. Eso es tomarse muy en serio lo de «poblar o perecer».

Irina se echó a reír mientras me sostenía el saco para que echara dentro la planta.

– Sólo si puedo. Mi madre no pudo tener más hijos después de mí, y la abuela dio a luz a un niño que no llegó a nacer con vida antes de tener a mi padre.

– Debió de ponerse muy contenta cuando él nació -comenté.

– Sí -dijo Irina, sacudiendo la planta para colocarla al fondo del saco-. Y se puso mucho más triste cuando, con treinta y siete años, lo mataron los japoneses.

Miré a mi alrededor en busca de otras plantas. Pensé en Mariya y Natasha, y cómo de equivocada había estado al suponer que fueran ricas. Quizás también me equivocaba al suponer que eran dichosas. ¿Dónde estaban los hermanos o los tíos de Natasha? No era común que los rusos fueran hijos únicos. Seguramente, también habían perdido a sus seres queridos en las revoluciones y las guerras. Parecía que nadie podía escapar del dolor y la tragedia.

Señalé hacia una pequeña parcela de terreno que tenía violetas púrpuras y blancas. Serían una buena cubierta vegetal para el terreno. Irina me siguió y comencé a desenterrar las plantas con la pala. Me dio pena llevármelas de su hogar, pero les susurré que las cuidaríamos bien y que íbamos a utilizarlas para ayudar a la gente a que fuera más feliz.

– Por cierto, Anya, nunca te he preguntado cómo llegaste a hablar tan bien inglés. ¿Fue mientras trabajabas de institutriz? -me preguntó Irina.

Levanté la mirada hacia ella. Sus ojos me miraban muy abiertos e interesados, esperando una respuesta. Entonces supe que Iván nunca les había contado la verdad sobre mí.

Volví a cavar, demasiado avergonzada como para mirarla a la cara.

– A mi padre le gustaba leer libros en inglés y me enseñó. Pero su enfoque era como si el inglés fuera un idioma más exótico que práctico, como si fuera hindi o algo así. En la escuela teníamos clases, así que aprendí a hablarlo. Pero cuando realmente empecé a dominarlo fue en Shanghái, porque tenía que utilizarlo casi todos los días -le eché una mirada a Irina antes de continuar-. Pero no como institutriz. Eso era mentira.

El rostro de Irina se distorsionó en una mueca de sorpresa. Se puso en cuclillas a mi lado y me miró directamente a los ojos.

– Entonces, ¿cuál es la verdad?

Inspiré profundamente y de repente me encontré contándole toda la historia de Serguéi, Amelia, Dimitri y el Moscú-Shanghái. Cuanto más hablaba, más se abrían los ojos de Irina, pero su mirada no me juzgaba. Me sentí culpable por no haber sido sincera, pero también me di cuenta de que me aliviaba estar contándole finalmente la verdad. Incluso le hablé sobre la propuesta de matrimonio de Iván.

Cuando terminé, Irina miró hacia el bosque.

– Dios bendito -dijo, después de un momento-. Me has sorprendido. No sé qué decir. -Se levantó, se sacudió la tierra de las manos y me besó la coronilla-. Pero estoy contenta de que me hayas hablado sobre tu pasado. Puedo entender por qué no querías comentarlo. No me conocías. Pero, a partir de ahora, tienes que contármelo todo, porque somos como hermanas.

Pegué un salto y la rodeé entre mis brazos.

– Eres mi hermana -le dije.

Algo se movió bruscamente entre la maleza, y ambas nos apartamos de un salto. Sin embargo, era solamente un lagarto tratando de aprovechar los últimos rayos de sol de la tarde.

– ¡Dios mío! -dijo Irina, echándose a reír-. ¿Cómo lograré sobrevivir en este país?

Irina y yo nos paramos en seco cuando llegamos a nuestra cabaña y escuchamos gritos en varios idiomas que provenían del interior. Abrimos la puerta y vimos a Aimka de pie entre Elsa y una chica húngara con el pelo negro y corto.

– ¿Qué sucede? -preguntó Irina.

Aimka frunció los labios.

– Dice que Elsa le ha robado su collar.

La chica húngara, que tenía una constitución muy masculina, hizo un gesto amenazante sacudiendo el puño en alto y gritándole a Elsa. La anciana, lejos de parecer asustada como yo esperaba, echó la cabeza hacia atrás con un gesto arrogante.

Aimka se volvió hacia nosotras.

– Romola dice que Elsa siempre estaba mirándola cada vez que se quitaba el collar y lo ponía en el bolsillo de su maleta. Les digo una y otra vez que no dejen objetos preciosos en las cabañas.

Eché una mirada hacia mi muñeca matrioska, que estaba colocada en un estante que yo misma había fabricado con un trozo de madera encontrado en un montón de basura, y pensé en las joyas escondidas en los dobladillos de mis vestidos dentro de mi maleta. No esperaba que la gente fuera a robar las pertenencias de las otras.

– ¿Por qué da por hecho que he sido yo quien lo ha cogido? -dijo Elsa en inglés, supuestamente para que yo lo entendiera-. Llevo aquí semanas y nunca ha faltado nada. ¿Por qué no interroga a las rusas sobre su collar?

La sangre me subió a la cabeza. Había tratado de hacer un esfuerzo por ser amable con Elsa desde que llegamos y no podía creer que estuviera diciendo aquellas cosas. Le traduje a Irina las palabras de Elsa. Aimka no hizo otro tanto con el resto de las chicas, pero la chica húngara, que sabía inglés, sí. Todo el mundo se volvió para mirarnos.

Aimka se encogió de hombros.

– Anya e Irina, vamos a satisfacer a todo el mundo registrando vuestras pertenencias.

Noté un picor desagradable en la piel del cuello, debido al enojo. No era difícil entender por qué la gente había llegado a odiar a Elsa. Di varias zancadas hasta alcanzar mi cama, quité las sábanas y aparté la almohada. Todas, excepto Romola, Elsa y Aimka, se apartaron, avergonzadas de lo que me estaban obligando a hacer. Abrí la tapa de mi maleta y les invité a que hurgaran todo lo que quisieran, pero me prometí a mí misma que, una vez hubieran terminado, iba a llevarme todos mis vestidos a la oficina de administración. Inspirada por mi indignación, Irina abrió la tapa de su maleta y sacó las sábanas de su cama. Cogió la almohada y le quitó la funda. Algo tintineó. Irina y yo miramos al suelo para ver lo que era. Ninguna de las dos pudo creerlo cuando descubrimos a nuestros pies una cadena de plata con una cruz de rubíes. Romola sorteó nuestras sábanas y agarró el collar, poniendo cara de alegría. Entonces, nos dedicó una mirada llena de odio, fulminando con los ojos a Irina.

El rostro de Elsa se sonrojó de placer. Sus manos, apoyadas bajo la barbilla, parecían garras.

– Tú has puesto el collar allí -le dije-. ¡Eres una mentirosa!

Abrió los ojos y se echó a reír. Su desagradable risa era la de alguien que cree haberse salido con la suya.

– Dudo que sea yo aquí la mentirosa. ¿No sois famosos los rusos precisamente por eso?

Romola le dijo algo a Aimka, que parecía tan agotada como nosotras. Pero me preocupé al ver que fruncía el ceño.

– Irina -dijo, cogiéndole el collar a Romola-, ¿qué significa esto?

Irina miró a Aimka y luego me miró a mí, enmudecida.

– Ella no cogió el collar -dije-. Fue Elsa.

Aimka me contempló y se irguió. Hubo un cambio en su semblante. Su expresión era una mezcla de decepción y repugnancia. Señaló a Irina con uno de sus dedos de pianista.

– Esto no tiene buena pinta, ¿no es así? -comentó-. Esperaba más de ti. Aquí somos muy estrictos con estas cosas. Haz tus maletas y tráelas contigo.

Irina se echó a temblar de pies a cabeza. Tenía el aspecto aturdido de las personas honradas cuando las acusan de algo que jamás habrían imaginado.

– ¿Adónde la llevas? -le pregunté a Aimka.

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