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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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El enano exhaló una retahíla de reniegos, en los que no olvidó mencionar a ninguno de los dioses que conocía, a la vez que se limpiaba la barba y procedía a desanudar las trabas y las hebillas de su metálica vestimenta. Ya más ligero, alzada el hacha por encima de su cabeza, realizó una segunda intentona sin esperar a su escolta.

Entretanto, Darknight había comprobado que en las inmediaciones del poste, el suelo era más firme que en el recorrido. Abrazado ahora al madero, se dio impulso y cruzó las piernas por detrás para asirse mejor. En esta postura, consiguió escalar hasta cierta altura con una sonrisa de triunfo dedicada a los integrantes de su tribu, que le vitoreaban y animaban a continuar. De pronto, cuando creía próxima la victoria, empezó a deslizarse hacia abajo y, apretados los dientes, forcejeó a la desesperada a fin de no perder el terreno ganado. Fue inútil, a los pocos segundos el gran cacique de los bárbaros se encontraba de nuevo en la base, entre las despiadadas mofas de los enanos. Sentándose en el barro, estudió el engañoso pilar y constató que, como sospechaba, lo habían untado con grasa animal.

A nado más que a pie, Reghar alcanzó la misma posición que su adversario. El fango le cubría hasta la cintura, pero su extraordinaria voluntad le ayudó a sostenerse.

—Hazte a un lado —ordenó al frustrado hombre de las Llanuras—. Hay que aguzar el ingenio en estos casos —lo aleccionó—. Si no podemos subir, derrumbaremos la estructura y los trofeos caerán en nuestras manos.

Con una mueca de orgullo en su faz barbuda, salpicada de lodo, el enano descargó un contundente golpe con su pertrecho sobre la pértiga.

Caramon, que había urdido a conciencia su estratagema, sonrió en su fuero interno y encogió el cuerpo en anticipación de lo que había de ocurrir.

Retumbó en el aire un tintineo ensordecedor. La hoja del hacha rebotó contra el poste como si hubiera acometido la ladera rocosa de una montaña y el agresor averiguó entonces que el pilar no era sino un tronco desbastado del árbol llamado «férrea corteza», inmune a los golpes. Mientras el arma salía despedida de sus pegajosas manos, el hombrecillo fue también catapultado hacia atrás, dando con sus huesos en el charco. Ahora fueron los bárbaros quienes se carcajearon, aunque ninguna de sus risotadas fue tan sonora como las de su cabecilla.

El representante de los pueblos de las Colinas intercambió una mirada fulgurante con su rival humano, y creció la enemistad entre los bandos. Murió el alborozo, sustituido por hostiles murmullos que inquietaron al general. Al fin, Reghar apartó la vista de su oponente para contemplar la vieja hacha que se zambullía en el cieno antes de, fruto de una lógica asociación de ideas, admirar el codiciado tesoro que se erguía sobre su cabeza. Debía adueñarse de aquel espléndido objeto que centelleaba en la ígnea aureola de la fogata, exprimirse el cerebro hasta forjar un plan.

Mientras así discurría, sus seguidores, despojados de sus armaduras, se abrieron camino hasta él. Con su desabrido temple, el enano les indicó mediante imperativas voces y gesticulaciones que se alineasen en la base del madero. Una vez reunidos, les mandó que formasen una pirámide. Tres se enlazaron en un círculo inicial, dos más se encaramaron por sus espaldas para crear el segundo soporte y otro, más delgado, ocupó el tercero. El trío que constituía los cimientos se hundió hasta el pecho al recibir la presión de los de arriba, pero los valerosos hombrecillos lograron apalancarse en el sólido fondo y resistieron el peso.

Darknight los examinó unos momentos en afligido silencio y convocó a nueve de sus guerreros. Poco después, los humanos construían su propia pirámide, con más posibilidades en apariencia, de alcanzar los trofeos. Los enanos, debido a su inferior estatura, tuvieron que alargar su castillo a base de colocar un solo individuo en cada nivel a partir del tercero, reservándose Reghar el privilegio de trepar el último. Tras coronar el pináculo sobre unos apoyos vivientes que se mecían y gemían bajo sus pies, estiró los brazos en pos de la plataforma. No logró asirse a ella.

El bárbaro, en cambio, se subió sobre sus hombres y pronto se situó cerca del entarimado. Burlándose de la mueca distorsionada de su rival, el mandatario trató de introducirse en una de las dispares aberturas. Pero era demasiado corpulento y únicamente pudo asomar la cabeza.

Se comprimió, renegó, contuvo el resuello, todo sin resultado. Su recia constitución le impedía atravesar el angosto agujero. Animado por su fracaso, el ágil contrincante dio un enérgico brinco.

En lugar de posarse en la plataforma como pretendía, aterrizó en el fango con un estrepitoso chapaleo. A causa de su impulso, la pirámide entera se desmoronó y sus componentes volaron en todas direcciones.

En esta ocasión, sin embargo, los humanos no se rieron. Al ver en peligro al infortunado Reghar, Darknight dio un salto al vacío y, tras incorporarse en medio de la viscosa laguna, asió por la nuca a su semiasfixiado enemigo y lo arrastró hasta la superficie.

Apenas se les distinguía, rebozados como estaban en el negro limo. Sin proferir una palabra, ambos adalides se observaron mutuamente.

—Sabes —dijo al rato el enano, quitándose el fango de los ojos— que yo soy el único que puede filtrarse por el hueco.

—Y tú sabes —repuso el bárbaro con los dientes rechinantes— que sin mí no llegarás a la base de la plataforma.

Entrechocaron sus manos y corrieron juntos hasta el castillo erigido por los guerreros. Darknight tomó la delantera en la escalada para configurar su último eslabón y, ya aposentado, hizo una señal al hombrecillo, que, entre las ovaciones de los presentes, se encaramó sobre los hombros del que fuera su rival y accedió sin más novedad a la cima del madero.

Gateando por la abertura, Reghar se plantó en los gruesos listones y se apresuró a asir primero el astil del hacha, la empuñadura de la espada después, en medio de una lluvia de aclamaciones. Pasado el instante de júbilo, los espectadores enmudecieron de modo repentino y los dos cabecillas se espiaron recelosos.

«Ha llegado la hora de la verdad —pensó Caramon—. ¿Es tu parecido con Flint mera coincidencia física, Reghar? ¿Hay algo de Riverwind en ti, bárbaro? Todo depende de que no defraudéis mis expectativas».

El enano vislumbró a través del agujero el severo rostro de su oponente.

—Esta hacha, quizá fraguada por el mismo Reorx, te la debo a ti, hombre de las Llanuras —admitió—. Será para mí un honor combatir a tu lado. Y, si vas a luchar en mis filas, necesitarás un arma decente.

Coreado por los aplausos de todo el campamento, el dignatario de los enanos entregó la espada al satisfecho Darknight.

5

Raistlin pacta una alianza

El festín se prolongó hasta muy entrada la noche. El campo circundante adquirió nueva vida con el bullicio y las innumerables bromas de las tropas, proferidas tanto en dialectos enaniles o tribales como en lengua solámnica y común.

A Raistlin le resultó fácil escabullirse sin que nadie se apercibiera. En la excitación general, no echaron en falta al callado y cínico mago.

Se encaminó el hechicero hacia su tienda, que Caramon había mandado restaurar, sin apartarse de las sombras. Embutido en sus enlutadas vestiduras, no era sino uno de esos fugaces fantasmas que a veces se intuyen, más que verse, por el rabillo del ojo.

Evitó a Crysania que, en la entrada de su refugio, escuchaba la algarabía con expresión nostálgica. No osaba unirse a la fiesta, sabedora de que la presencia de la «bruja» podía perjudicar al general.

«Resulta irónico —recapacitó Raistlin— que en esta época de la Historia se tolere a un mago y se vitupere, se escarnezca, a una sacerdotisa de Paladine».

Mientras atravesaba sigiloso, calzado con sus botas de piel, el paraje donde había acampado el ejército, sin imprimir apenas sus huellas en la húmeda hierba, el archimago reflexionó que la situación de la Hija Venerable no dejaba de ser divertida. Alzando la vista hacia las constelaciones del cielo descubrió a los dos Dragones, el de Platino y el de las Cinco Cabezas, que se acechaban desde sus órbitas astrales. «Divertida y cruel», concluyó.

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