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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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Aprovechando esa desazón, ese desgarro que le abría una puerta, Caramon reanudó su arenga como si fuera el filo de una espada apuntada al pecho de su oponente.

—La vida, Michael, la esencia de todo y lo único que tenemos. No me refiero únicamente a las nuestras, sino a la de cuantas criaturas pueblan el mundo. El Código y la Medida fueron creados para preservar nuestra común existencia, mas tan encomiable designio acabó tergiversándose y las normas adquirieron más trascendencia que lo que debían salvaguardar.

Despacio, sin bajar las manos, dio otro paso hacia el guardián.

—No te pido que abandones tu puesto en un acto de traición, y ambos sabemos que no te mueve la cobardía —continuó—. Los dioses son testigos de los fenómenos que se han obrado aquí esta noche. Si te suplico que me franquees el acceso, lo hago apelando a tu piedad, ya que es probable que mi hermano yazca moribundo en el interior de su tienda. Cuando te arrancó aquel juramento no había previsto tan funestas consecuencias. Tengo que ir a su lado, Michael. Te ruego que me permitas entrar. No hay nada deshonroso en ello.

El aludido se puso rígido, mientras mantenía la mirada en lontananza. Sin embargo, transcurridos unos segundos se tambaleó, dobló los hombros hacia adelante y soltó la lanza. Al comprobar que se desmoronaba, que el arma se deslizaba entre sus dedos, el hombretón detuvo su caída y le sujetó con sus poderosos brazos. El cuerpo del caballero se convulsionó con un sollozo tan patético, que el general le dio unas consoladoras palmadas en el hombro.

—Que alguno de vosotros traiga a Garic —mandó a los soldados que custodiaban el recinto—. ¡Ah, estás aquí! —exclamó aliviado cuando éste se presentó a toda carrera—. Lleva a tu primo junto al fuego, dale comida caliente y hazle dormir unas horas. Tú —indicó a otro de los centinelas—, releva a tu compañero.

Mientras Garic se alejaba con su pariente, Crysania se aproximó a la recia urdimbre, pero el guerrero la detuvo.

—Será mejor que me cedas la delantera, sacerdotisa —propuso.

Preparado como estaba para la réplica, le sorprendió comprobar que la dama se apartaba con dócil sumisión. En el instante en que descorría la cortinilla, sintió la mano femenina posada en su piel y, sobresaltado, dio media vuelta.

—Eres tan sabio como Elistan, Caramon —susurró la mujer, clavados en él sus iris grisáceos—. Yo podría haberme dirigido en esos términos al caballero, pero ¿por qué no lo hice?

—Quizá porque yo he comprendido sus motivaciones —sugirió el luchador, ruborizándose.

—En efecto, mi error ha sido empeñarme en que me obedeciera sin establecer ninguna comunicación —se lamentó la dama, a la vez que, pálida, se mordía el labio.

—No me tildes de brusco, señora —le imprecó él—, si te recomiendo que analices tu alma en otra ocasión más propicia. Ahora necesito tu ayuda.

—Por supuesto.

Recuperada la confianza, la determinación, la sacerdotisa siguió al general.

Consciente de que había un guardián apostado, y de que varios pares de ojos les espiaban, el hombretón corrió de inmediato la gruesa tela que hacía las funciones de puerta. Reinaba en la estancia un silencio absoluto, una oscuridad tan intensa que al principio ninguno de los recién llegados acertó a vislumbrar nada. De repente, mientras aguardaban inmóviles que sus pupilas se acostumbraran a la penumbra, Crysania tiró del brazo de su acompañante.

—¡Le oigo respirar! —anunció.

Él asintió y echó a andar, aunque sin precipitarse. La claridad del exterior disipaba la noche perpetua de la tienda, y a cada paso mejoraba su percepción. Propinando un puntapié a una banqueta que, volcada en el suelo, obstaculizaba su avance, distinguió la figura del archimago.

—Raist —lo llamó, al mismo tiempo que se arrodillaba.

El nigromante estaba tumbado cuan largo era. Tenía el rostro ceniciento, los labios amoratados y la respiración débil e irregular, mas al menos sus pulmones trabajaban. Tras alzarlo con sumo cuidado en volandas, Caramon lo transportó hasta el lecho. Bajo la exigua luz, creyó entrever una sonrisa en sus comisuras. El yaciente se hallaba sumido en un plácido sueño.

—A juzgar por su expresión, duerme tranquilo —comentó, desconcertado, a la sacerdotisa, que estaba ocupada en extender una manta sobre la inerte forma del hechicero—. Pero resulta obvio que algo terrible ha ocurrido. Me pregunto… ¡En nombre de los dioses!

Crysania dio un respingo ante aquel súbito cambio de tono e inspeccionó el lugar por encima de su hombro.

Los soportes de madera estaban chamuscados, el resistente trenzado de las paredes se había ennegrecido y se adivinaban pequeñas grietas en algunas costuras. Era ostensible que un incendio había azotado el aposento mas, contra toda lógica, la estructura se mantenía en pie y sólo había sufrido daños menores. Sea como fuere, lo que provocó la consternación del guerrero no fue el panorama general, sino el objeto que se erguía en la mesa.

—¡El Orbe de los Dragones! —balbuceó.

Creada decenios atrás por los magos de las Tres Túnicas, la cristalina esfera que encerraba la quintaesencia de los reptiles del Bien, el Mal y la Neutralidad, y que poseía la virtud de desbordar las fronteras del tiempo, seguía apoyada en el soporte de plata.

Su luminosidad mágica, embrujadora, los fulgores que un día derramase en su derredor, se habían apagado. Se había convertido en un objeto de negrura, sin vida, como si escapasen sus efluvios a través de una fisura abierta en su centro.

—Se ha roto —constató el general en tonos apagados.

4

Una travesía azarosa

El ejército de Fistandantilus jalonó el Estrecho de Schallsea en una desordenada flota constituida por barcas de pesca, botes sin aparejo, balsas de tosca manufactura y embarcaciones de recreo vistosamente decoradas. Aunque la distancia no era excesiva, se necesitó más de una semana para transportar hombres, animales y enseres.

Cuando Caramon inició los preparativos de la travesía, sus levas habían aumentado en tal proporción que no pudo encontrarse una nave capaz de llevarlos a todos. Así, pues, contrató una serie de pequeños balandros para que fueran y vinieran en diversas etapas y aprovechó los de mayor envergadura como cuadras o corrales flotantes del ganado. Convertidas en auténticas granjas, sus bodegas fueron provistas de compartimientos destinados a los caballos y de casillas donde albergar a los cerdos.

La expedición se desarrolló sin novedad en su mayor parte, si bien el general tan sólo dormía dos o tres horas cada noche. Estaba siempre atareado en resolver problemas que ningún otro podía manejar, complicaciones que iban desde atender a los animales mareados hasta rescatar un baúl repleto de espadas que salía despedido por la borda. Y, para colmo de desventuras, se desató una tempestad cuando avistaban su destino y se creían a salvo. El mar embravecido, el manto de arremolinada espuma, volcó dos embarcaciones que, al soltarse sus amarras, naufragaron e interrumpieron la singladura durante un par de días.

Por fortuna, a pesar de los contratiempos, fondearon en condiciones aceptables. Sólo se registraron algunos casos de enfermedades propias de la navegación, la pérdida de un niño que fue salvado antes de que las aguas lo engulleran y un caballo que se rompió una pata al cocear la partición de la cuadra y que, lamentablemente, hubo de ser sacrificado.

Tras desembarcar en los llanos de Abanasinia, el ejército fue recibido por el cabecilla de las tribus bárbaras que habitaban las regiones septentrionales del país y ansiaban apoderarse del codiciado oro atesorado en Thorbardin. También acudieron a darles la bienvenida los representantes de los Enanos de las Colinas, un hecho que produjo tal impacto en el hombretón, que tuvo los nervios desquiciados durante varios días.

—Reghar Fireforge y su escolta —anunció Garic desde la entrada de su tienda. Haciéndose a un lado, el caballero invitó a pasar a un grupo formado por tres enanos.

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