La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
El hechicero estudió a su oponente entre divertido e irónico, antes de desencantarlo, encogiéndose de hombros.
—Si esa romántica noción que has concebido te ayuda a luchar con mayor ahínco, te inspira mejores estrategias, desentumece tu mente y, sobre todo, me permite salir de esta tienda para consagrarme a mi tarea, te exhorto a acunarla en tus entrañas. Poco me importa.
Tras deshacerse, con una brusquedad no inferior a la que desplegara en su discurso, de la garra que le sujetaba, se plantó junto a la cortinilla. No obstante, algo refrenó su arranque, porque se inmovilizó y, ladeada su encapuchada cabeza, susurró:
—Nunca me comprenderás.
Aunque nervioso, pronunció tal sentencia con acento más triste que enojado.
Reanudó el hechicero la marcha, con un fustigar de negros pliegues en torno a sus tobillos.
El banquete nocturno se celebró en el exterior, bajo unos auspicios funestos.
Se dispusieron los manjares en largas mesas de madera, construidas de forma precipitada a partir de las balsas que se utilizaran en la travesía del estrecho. Reghar llegó con un nutrido séquito de unos cuarenta enanos mientras que Darknight, cabecilla de los bárbaros —un individuo de descomunal estatura y porte altivo cuya gravedad le asemejaba a Riverwind, al menos en la memoria de Caramon—, lo hizo acompañado de otros tantos guerreros. El general, por su parte, eligió el mismo número de hombres entre los soldados que más confianza le merecían debido a su talante moderado.
El hombretón había imaginado que, al ordenarse las filas, los enanos se sentarían aislados y los bárbaros también. No se entablarían conversaciones susceptibles de mezclarlos. Y así fue. Una vez organizados, cada grupo estudió al otro en un tenso silencio, apiñados los unos en torno a Reghar y alrededor de Darknight los otros, con los seguidores de Caramon en una incómoda posición intermedia.
Caramon se situó, equidistante, en el centro de las comitivas. Se había vestido con sumo celo: lucía el yelmo y piezas doradas de su época de gladiador, además de la armadura nueva que le habían regalado y que encajaba a la perfección con los antiguos adornos. Su piel broncínea, su incomparable físico y sus rasgos cincelados y fuertes le conferían una autoridad que hasta los enanos reconocieron. En efecto, aquellas criaturas obstinadas en su hostilidad intercambiaron miradas con las que significaban su aprobación.
—¡En primer lugar, quiero saludar a mis huéspedes! —exclamó el general con su resonante voz de barítono—. Sed bienvenidos a este ágape de camaradería, que ha de simbolizar la alianza y, espero, una incipiente amistad entre nuestras respectivas razas.
Este prólogo suscitó murmullos despreciativos, resoplidos que denotaban escarnio. Uno de los enanos incluso escupió en el suelo, un acto deliberado que hizo que varios bárbaros agarrasen sus arcos y dieran un paso al frente, por considerarse en su tribu una ofensa digna del peor castigo. Su adalid los detuvo y, sin conceder mayor importancia al incidente, el hombretón prosiguió.
—Vamos a combatir juntos, quizás a morir en el mismo campo de batalla. Por lo tanto, demostremos nuestra buena predisposición en esta primera noche compartiendo el alimento como los hermanos que hemos de ser. Sé que os disgusta separaros de vuestros congéneres y amigos, pero es mi deseo que trabéis conocimiento con quienes sin duda se transformarán en nuevos compañeros. Para ayudaros a romper el hielo, he preparado un pequeño juego. No os inquietéis; es del todo inocente.
Al oír estas palabras, los enanos quedaron boquiabiertos. Desorbitados los ojos, muchos de ellos se acariciaron la barba y emitieron quedos susurros que rasgaron el aire por su violencia. ¡Los adultos de su pueblo no jugaban! Cierto que lanzaban piedras o mazos, mas tales actividades eran definidas como deportes y no como entretenimientos pueriles.
Los bárbaros, con Darknight a la cabeza, tuvieron la reacción opuesta. Los habitantes de las Llanuras vivían para las justas, los certámenes y otras diversiones, que incluso juzgaban más emocionantes que declarar la guerra a sus vecinos.
Ondeando la mano, el anfitrión señaló una tienda enorme, de forma cónica, que se hallaba plantada detrás de las mesas y había sido objeto de curiosas miradas, algunas teñidas de resquemor, por parte de todos. La coronaba, a unos veinte pies de altura, el estandarte del guerrero. La sedosa bandera con la estrella de nueve puntas se agitaba en la brisa nocturna, bajo la luz de una hoguera encendida en su proximidad.
Mientras los presentes espiaban perplejos la tienda, Caramon estiró un brazo y tiró de una cuerda. Se desprendieron al instante las paredes de cañamazo que la configuraban y que, obedientes a la señal de su adalid, retiraron sin demora unos jóvenes sonrientes.
—¿Qué majadería es ésta? —rezongó Reghar, acariciando su hacha.
Un solitario poste se erguía en un mar de fango, negro y burbujeante. Su superficie había sido alisada, de tal suerte que refulgía alumbrada por las llamas. Cerca de su cúspide había una plataforma redonda, confeccionada con sólida madera, salvo en algunos puntos donde se habían abierto agujeros de irregular contorno.
No fue la visión del pilar, ni del entarimado, ni tampoco del fango, lo que arrancó frases de asombro tanto de los enanos como de sus oponentes, sino los objetos que, incrustados en la madera, se dibujaban en la cumbre. Reverberantes en la aureola luminosa de la fogata, cruzados sus destellantes metales, se destacaban en la oscuridad del poste una espada y un hacha guerrera. No eran aquéllas las toscas armas que portaban la mayoría de los soldados de ambos ejércitos. Su acero estaba templado por manos expertas, sus exquisitas tallas resplandecían frente a quienes las contemplaban incluso a cierta distancia.
—¡Por la barba de Reorx! —se admiró Reghar en un susurro ahogado, tembloroso—. Esa hacha es más valiosa que todo nuestro poblado. Renunciaría a cincuenta años de mi vida a cambio de poseer un arma tan espléndida.
Darknight, clavadas sus pupilas en la espada, tuvo que parpadear al asomar a sus ojos unas lágrimas de ansiedad que nublaban sus sentidos.
—¡Estos pertrechos son vuestros! —anunció Caramon, complacido.
Los dos cabecillas le consultaron con la mirada, con una expresión de sorpresa que ninguno se molestó en disimular.
—Si lográis apoderaros de ellos y bajarlos —concluyó el general.
Un tumulto de entusiasmo se propagó entre los componentes de ambos bandos, que corrieron prestos hasta la orilla del lodazal. Tanto creció el vocerío, que el guerrero tuvo que gritar con todas sus fuerzas para acallarlo.
—Reghar y Darknight, escuchadme bien. Cada uno de vosotros puede escoger a nueve miembros de su escolta para ayudarle en su empeño. El primero que acceda a los trofeos pasará a ser su único dueño.
El bárbaro no necesitó que le apremiasen. Sin preocuparse de seleccionar a ninguno de sus soldados, saltó sobre el barro y comenzó a vadearlo en dirección del madero. Pero a cada zancada se hundía en el viscoso terreno, ya que el fango ganaba en profundidad a medida que se acercaba a su objetivo. Cuando llegó al pie del pilar, la negra sustancia le llegaba hasta las rodillas.
Reghar, más cauto, se tomó unos minutos para observar a su contrincante. Tras llamar a nueve de sus seguidores más robustos, el hombrecillo de las Colinas entró en la laguna junto a los elegidos, aunque con escaso éxito, pues todo el contingente se desvaneció bajo el peso añadido de sus armaduras, que les empujaron hacia el fondo. Sus compañeros los arrastraron hasta la superficie, siendo el dignatario el último en emerger.