La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
—A él es a quien más temo —musitó Duncan.
—No te dejes amedrentar por esa criatura —le aconsejó un anciano general, a la vez que se acariciaba la barba en actitud de complacencia—. Nuestros espías nos han informado de que su salud es delicada. Casi nunca recurre a sus dotes arcanas, pasa el tiempo escondido en su tienda. Además, se necesitaría una legión de nigromantes tan poderosos como él para tomar nuestro alcázar.
—Supongo que estás en lo cierto —repuso el soberano. Al igual que su interlocutor, se llevó la mano a la pelambre de su barba con el objeto de atusarla, pero al atisbar de soslayo a Kharas, se detuvo. Incómodo, enlazó ambas manos detrás de su espalda al mismo tiempo que añadía—: De todos modos, sometedle a una estrecha vigilancia. ¡Arqueros! —vociferó—, ¡daré una bolsa de oro a aquel que ensarte una flecha en el corazón del archimago!
El alegre tumulto que provocaron sus palabras se disipó cuando el cuarteto se plantó frente a la fortaleza. El cabecilla, que no era otro que Caramon, alzó su palma abierta en un gesto que indicaba su deseo de parlamentar. Tras jalonar las almenas y trepar a un bloque de piedra colocado a tal efecto, Duncan puso los brazos en jarras, separó las piernas y se encaró con el recién llegado.
—Queremos dialogar —anunció el hombretón, y su voz retumbó en las paredes del risco que flanqueaba el vetusto edificio.
—Ya se ha dicho todo —le atajó el thane, tan vigoroso su timbre como el del general, pese a que su tamaño era muy inferior.
—Os damos una última oportunidad —siguió Caramon impertérrito—. Restituid a vuestros hermanos de raza lo que legítimamente les corresponde. Devolved también a los humanos lo que les habéis sustraído, compartid con ellos vuestra vasta riqueza. Después de todo, ¡muertos no podréis gastarla!
—Vosotros vivos sí hallaréis el modo de hacerlo, ¿verdad? —le recriminó el enano desde su atalaya, entre burlón y acusador—. Todo cuanto poseemos lo hemos obtenido a través del trabajo honrado, laborando sin descanso en nuestras casas subterráneas en lugar de dedicarnos, como otros, a saquear aldeas en compañía de una horda de bárbaros salvajes. Creo que no he podido hablar más claro.
Levantó la mano y los arqueros, dispuestos y a la espera de instrucciones, tensaron las cuerdas de sus armas. Cuando volvió a bajarla, centenares de flechas rasgaron el aire y los enanos de las almenas rieron de buen grado, convencidos de que los atacados huirían en desbandada.
Pero las risas se helaron en sus labios. Las figuras nada hicieron para evitar los proyectiles, una reacción del todo imprevista. En medio del estupor general, el mago de Túnica Negra estiró sus dedos y las puntas de las saetas ardieron en llamas que, al propagarse por las astas, las disolvieron en pleno vuelo.
—También nuestra respuesta es elocuente —declaró Caramon con acento severo, frío.
Tiró el fornido guerrero de las riendas de su corcel y se alejó al galope en busca de su ejército, escoltado por el nigromante, Reghar y el hombre de las Llanuras.
Al oír que sus seguidores murmuraban entre sí y advertir que intercambiaban miradas dubitativas, taciturnas, Duncan descartó sus propias vacilaciones y giró la faz hacia ellos. Su barba temblaba de ira.
—¿Qué significa esto? —les reprendió—. ¿Os asustan acaso los trucos de un ilusionista ambulante? ¿Qué es lo que conduzco, unas tropas aguerridas o un grupo de niños?
Al comprobar que los amonestados bajaban la cabeza y se sonrojaban, el monarca descendió de la roca. Tras encaminarse de nuevo al puesto que ocupaba antes de producirse el incidente, oteó el ancho patio de la fortaleza, que estaba formado no por muros de manufactura enanil, sino por las paredes naturales de la montaña. Numerosas grutas se alineaban en la piedra, aberturas que habitualmente daban libre curso a densas humaredas y a los ecos que despedía el mineral al ser extraído y transformado en acero. Ese día, sin embargo, las minas y las fraguas estaban cerrados.
El patio que contemplaba el thane era un auténtico hervidero de hombrecillos que, ataviados con pesadas armaduras, tanteaban sus escudos o revisaban sus hachas, pertrecho elegido por la infantería. Todas las cabezas se alzaron al asomarse Duncan al parapeto y las aclamaciones que se habían interrumpido al arribar el adversario renacieron con nuevo ímpetu.
—¡Esto es la guerra! —bramó el rey, imponiéndose a la batahola. Se hizo un breve silencio hasta que, todos a una, los enanos entonaron un cántico.
Excitado por la tonada, el thane sintió que desaparecía su resquemor como antes se desvanecieran las flechas. Sus generales abandonaron las almenas a fin de ocupar sus posiciones de batalla, todos salvo Argat. Además del mandatario de los dewar, quedaron en la torre Kharas y el propio Duncan, quien, tras clavar sus pupilas en el héroe y consejero, despegó los labios resuelto a hablar.
El respetado súbdito refrenó tal intento mediante una mirada sombría, que ponía de manifiesto sus alteradas emociones. Sin pronunciar una palabra, se inclinó en una reverencia y siguió a los otros oficiales para situarse, también él al frente de su batallón de infantería.
—¡Qué Reorx le confunda y haga crecer en su faz una barba de llamas! —farfulló Duncan mientras se aprestaba a descender al patio, ya que debía estar presente cuando se abrieran las puertas y su ejército emprendiera la marcha—. ¿Quién es él para tratarme así? Ni siquiera mis hijos osarían comportarse con tan poco respeto. Esta situación no puede continuar. En cuanto regrese de la batalla pondré los puntos sobre las íes.
Sin cesar de rezongar, el mandatario se aproximó a la escalera que conducía a la planta inferior del recinto, pero, en el momento en que se disponía a acometerla, le retuvo una mano en su brazo. Levantando el rostro, descubrió a Argat.
—Te suplico, mi rey —dijo el dewar en su tosco lenguaje—, que recapacites sobre el plan que te propuse. No les arrojes ese amasijo de piedra inútil, permíteles que se enseñoreen del alcázar y, como no han de fortificarlo por estar persuadidos de su triunfo —señaló las formaciones que se organizaban en el llano—, nos retiraremos a Thorbardin y ellos se lanzarán a perseguirnos. Una vez hayan salido a las praderas, recuperaremos Pax Tharkas —entrechocó sus manos en una siniestra palmada— y les venceremos. Nada podrán hacer atrapados entre nuestros dos flancos, el del norte y el meridional.
El monarca estudió fríamente a su interlocutor. Argat había expuesto su estrategia ante el consejo, y todos sus miembros se asombraron de que pudiera ocurrírsele semejante idea. Los dewar no solían mostrar el menor interés por los asuntos militares. Lo único que les preocupaba era establecer el reparto del botín y asegurarse una buena porción. ¿Era Kharas quien le había susurrado estas maquinaciones, en su empeño de evitar el conflicto?
—¡Pax Tharkas nunca se rendirá! —rugió el thane, a la vez que se desembarazaba de su garra—. Tu táctica es la del cobarde. ¡No entregaré nada a esa turba, ni una moneda de cobre ni un guijarro del suelo! Prefiero morir aquí mismo.