El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
Bajé el revólver, la mano todavía temblando, y me acerqué lentamente. Me incliné hacia aquel títere grotesco y acerqué la mano lentamente al rostro. Por un instante temí que en cualquier momento aquellos ojos de cristal se movieran y aquellas manos de uñas largas se me lanzaran al cuello. Rocé la mejilla con la yema de los dedos. Madera esmaltada. No pude evitar soltar una risa amarga. No podía esperarse menos del patrón. Me enfrenté una vez más a aquella mueca burlona y le propiné un culatazo que derribó el títere a un lado. Lo vi caer al suelo y la emprendí a puntapiés con él. El armazón de madera se fue deformando hasta que brazos y piernas quedaron anudados en una postura imposible. Me retiré unos pasos y miré a mi alrededor. Observé el gran lienzo con la figura del ángel y lo arranqué de un tirón. Tras el cuadro encontré la puerta de acceso al sótano que recordaba de la noche en que me había quedado dormido allí. Probé la cerradura. Estaba abierta. Escruté la escalera que descendía al pozo de oscuridad. Me dirigí hacia la cómoda donde recordaba haber visto a Corelli guardar los cien mil francos durante nuestro primer encuentro en la casa y busqué en los cajones. En uno de ellos encontré una caja de latón con velas y unos fósforos. Dudé un instante, preguntándome si el patrón también había dejado aquello allí esperando que lo encontrase como había encontrado aquel títere. Encendí una de las velas y crucé el salón en dirección a la puerta. Eché un último vistazo al muñeco derribado y, con la vela en alto y el revólver firmemente sujeto en la mano derecha, me dispuse a bajar. Avancé peldaño a peldaño, deteniéndome a cada paso para mirar a mi espalda. Cuando llegué a la sala del sótano sostuve la vela tan lejos de mí como pude y describí con ella un semicírculo. Todo seguía allí: la mesa de operaciones, las luces de gas y la bandeja de instrumentos quirúrgicos. Todo cubierto de una pátina de polvo y telarañas. Pero había algo más. Se apreciaban otras siluetas apoyadas contra la pared. Tan inmóviles como la del patrón. Dejé la vela sobre la mesa de operaciones y me acerqué a aquellos cuerpos inertes. Reconocí en ellos al criado que nos había atendido una noche y al chófer que me había llevado a casa tras mi cena con Corelli en el jardín de la casa. Había otras figuras que no supe identificar. Una de ellas estaba dispuesta contra la pared, su rostro oculto. La empujé con la punta del arma, haciéndola girar, y un segundo después me encontré mirándome a mí mismo. Sentí que me invadía un escalofrío. El muñeco que me imitaba sólo tenía medio rostro. La otra mitad no tenía rasgos formados. Me disponía a aplastar aquella faz de una patada cuando oí la risa de un niño en lo alto de la escalinata. Contuve la respiración y entonces se escucharon una serie de chasquidos secos. Corrí escaleras arriba y al llegar al primer piso la figura del patrón ya no estaba en el suelo donde había quedado derribada. Un rastro de pisadas se alejaba de allí en dirección al corredor. Armé el percutor del revólver y seguí aquel rastro hasta el pasillo que conducía al vestíbulo. Me detuve en el umbral y alcé el arma. Las pisadas se detenían a medio pasillo. Busqué la forma oculta del patrón entre las sombras, pero no había rastro de él. Al fondo del pasillo la puerta principal seguía abierta. Avancé lentamente hasta el punto donde se detenía el rastro. No reparé en ello hasta unos segundos más tarde, cuando advertí que el hueco que recordaba entre los retratos de la pared ya no estaba. En su lugar había un marco nuevo, y en él, en una fotografía que parecía salida del mismo objetivo que todas las que formaban aquella macabra colección, podía verse a Cristina vestida de blanco, su mirada perdida en el ojo de la lente. No estaba sola. Unos brazos la rodeaban y la sostenían en pie, su propietario sonriendo para la cámara. Andreas Corelli.
Me alejé colina abajo, rumbo a la madeja de calles oscuras de Gracia. Allí encontré un café abierto en el que se había congregado una nutrida parroquia de vecinos que discutían airadamente de política o de fútbol; era difícil de determinar. Sorteé el gentío y crucé una nube de humo y ruido hasta alcanzar la barra, donde el tabernero me dedicó la mirada vagamente hostil con la que supuse recibía a todos los extraños, que en aquel caso debían de ser todos los residentes de cualquier lugar a más de un par de calles de su establecimiento.
– Necesito usar su teléfono -dije.
– El teléfono es sólo para clientes.
– Póngame un coñac. Y el teléfono.
El tabernero tomó un vaso y señaló hacia un pasillo al fondo de la sala que se abría bajo un cartel que rezaba Urinarios. Allí encontré un amago de cabina telefónica al fondo, justo frente a la entrada de los aseos, expuesta a un intenso tufo a amoníaco y al ruido que se filtraba desde la sala. Descolgué el auricular y esperé para obtener línea. Unos segundos más tarde me respondió una operadora del intercambio de la compañía telefónica.
– Necesito hacer una llamada al despacho de abogados de Valera, en el número 442 de la avenida Diagonal.
La operadora se tomó un par de minutos para encontrar el número y conectarme. Esperé allí, sosteniendo el auricular con una mano y tapándome el oído izquierdo con la otra. Finalmente, me confirmó que transfería mi llamada y a los pocos segundos reconocí la voz de la secretaria del abogado Valera.
– Lo siento, pero el abogado Valera no se encuentra aquí en estos momentos.
– Es importante. Dígale que mi nombre es Martín, David Martín. Es un asunto de vida o muerte.
– Ya sé quién es usted, señor Martín. Lo siento, pero no puedo ponerle con el abogado porque no está. Son las nueve y media de la noche y hace ya rato que se ha retirado.
– Déme entonces la dirección de su casa.
– No puedo facilitarle esa información, señor Martín. Lo lamento. Si lo desea puede llamar mañana por la mañana y…
Colgué el teléfono y volví a esperar línea. Esta vez di a la operadora el número que me había facilitado Ricardo Salvador. Su vecino contestó la llamada y me indicó que subía a ver si el antiguo policía estaba en casa. Salvador contestó al minuto.
– ¿Martín? ¿Está usted bien? ¿Está en Barcelona?
– Acabo de llegar.
– Tiene que ir con mucho cuidado. La policía le busca. Vinieron por aquí haciendo preguntas sobre usted y sobre Alicia Marlasca.
– ¿Víctor Grandes?
– Creo que sí. Iba con un par de grandullones que no me gustaron nada. Me parece que le quiere endosar a usted las muertes de Roures y la viuda Marlasca. Es mejor que se ande con mucho ojo. Seguramente lo estarán vigilando. Si quiere puede venir aquí.
– Gracias, señor Salvador. Lo pensaré. No quiero meterle en más líos.
– Haga lo que haga, ándese con ojo. Creo que tenía usted razón; Jaco ha vuelto. No sé por qué, pero ha vuelto. ¿Tiene algún plan?
– Ahora voy a intentar encontrar al abogado Valera. Creo que en el centro de todo esto está el editor para el que trabajaba Marlasca y creo que Valera es el único que sabe la verdad.
Salvador hizo una pausa.
– ¿Quiere que le acompañe?
– No creo que sea necesario. Le llamaré una vez haya hablado con Valera.
– Como prefiera. ¿Va armado?
– Sí.
– Me alegro de oírlo.
– Señor Salvador… Roures me habló de una mujer en el Somorrostro a la que Marlasca había consultado. Alguien a quien había conocido a través de Irene Sabino.
– La Bruja del Somorrostro.
– ¿Qué sabe de ella?
– No hay mucho que saber. No creo ni que exista, lo mismo que ese editor. De lo que tiene que preocuparse es de Jaco y de la policía.
– Lo tendré en cuenta.
– Llámeme tan pronto sepa algo, ¿de acuerdo?
– Así lo haré. Gracias.
Colgué el teléfono y al cruzar frente a la barra dejé unas monedas para cubrir la llamada y la copa de licor que seguía allí, intacta.
Veinte minutos más tarde me encontraba al pie del 442 de la avenida Diagonal, observando las luces encendidas en el despacho de Valera en lo alto del edificio. La portería estaba cerrada, pero golpeé la puerta hasta que se asomó el portero y se aproximó con un semblante no muy amigable. Tan pronto abrió un poco la puerta para despacharme con malos modos, di un empujón y me colé en la portería, ignorando sus protestas. Fui directo al ascensor y, cuando el portero intentó detenerme sujetándome del brazo, le lancé una mirada envenenada que le disuadió de su empeño.
Cuando la secretaria de Valera abrió la puerta, su semblante de sorpresa se transformó rápidamente en uno de temor, particularmente cuando encajé el pie en la abertura para evitar que me cerrase en las narices y entré sin invitación.
– Avise al abogado -dije-. Ahora.
La secretaria me miró, pálida.
– El señor Valera no está…
La cogí del brazo y la empujé hasta el despacho del abogado. Las luces estaban encendidas, pero no había rastro de Valera. La secretaria sollozaba, aterrorizada, y me di cuenta de que le estaba clavando los dedos en el brazo. La solté y retrocedió unos pasos. Estaba temblando. Suspiré e intenté esbozar un gesto tranquilizador que sólo sirvió para que viese el revólver que asomaba por la cintura del pantalón.
– Por favor, señor Martín… le juro que el señor Valera no está.
– La creo. Tranquilícese. Sólo quiero hablar con él. Nada más.
La secretaria asintió. Le sonreí.
– Sea tan amable de tomar el teléfono y llamarle a su casa -indiqué.
La secretaria levantó el teléfono y murmuró el número del abogado a la operadora. Cuando obtuvo contestación me tendió el auricular.
– Buenas noches -aventuré.
– Martín, qué desafortunada sorpresa -dijo Valera al otro lado de la línea-. ¿Puedo saber qué está usted haciendo en mi despacho a estas horas de la noche, amén de aterrorizar a mis empleados?