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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.

Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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– Por favor -murmuró, apartándome-. Ahora no.

Uno de los enfermeros había corrido a por una camilla. Los ayudé a tender a Cristina y le sostuve la mano mientras la conducían a un consultorio, donde el doctor Sanjuán procedió a inyectarle un calmante que en apenas unos segundos le robó la consciencia. Me quedé a su lado, mirándola a los ojos hasta que su mirada se tornó un espejo vacío y una de las enfermeras me tomó del brazo y me sacó del consultorio. Me quedé allí, en medio de un corredor en penumbra que olía a desinfectante, con las manos y la ropa manchadas de sangre. Me apoyé contra la pared y me dejé resbalar hasta el suelo.

Cristina despertó al día siguiente para encontrarse sujeta con correas de cuero sobre una cama, enclaustrada en una habitación sin ventanas ni más luz que la de una bombilla que amarilleaba prendida del techo. Yo había pasado la noche en una silla apostada en el rincón, observándola, sin noción del tiempo que había transcurrido. Abrió los ojos de súbito, una mueca de dolor en el rostro al sentir las punzadas de las heridas que cubrían sus brazos.

– ¿David? -llamó.

– Estoy aquí-respondí.

Me acerqué al lecho y me incliné para que me viese el rostro y la sonrisa anémica que había ensayado para ella.

– No puedo moverme.

– Estás sujeta con unas correas. Es por tu bien. En cuanto venga el doctor te las quitará.

– Quítamelas tú.

– No puedo. Tiene que ser el doctor quien…

– Por favor-suplicó.

– Cristina, es mejor que…

– Por favor.

Había dolor y miedo en su mirada, pero sobre todo había una claridad y una presencia que no había visto en todos los días que la había visitado en aquel lugar. Era ella de nuevo. Desaté las dos primeras correas que cruzaban sobre los hombros y la cintura. Le acaricié el rostro. Estaba temblando.

– ¿Tienes frío?

Negó.

– ¿Quieres que avise al doctor?

Negó de nuevo.

– David, mírame.

Me senté en el borde del lecho y la miré a los ojos.

– Tienes que destruirlo -dijo.

– No te entiendo.

– Tienes que destruirlo.

– ¿El qué?

– El libro.

– Cristina, lo mejor será que avise al doctor…

– No. Escúchame.

Me aferró la mano con fuerza.

– La mañana que te fuiste a buscar los billetes, ¿te acuerdas? Subí otra vez a tu estudio y abrí el baúl.

Suspiré.

– Encontré el manuscrito y empecé a leerlo.

– Es sólo una fábula, Cristina…

– No me mientas. Lo leí, David. Al menos lo suficiente para saber que tenía que destruirlo…

– No te preocupes por eso ahora. Ya te dije que había abandonado el manuscrito.

– Pero él no te ha abandonado a ti. Intenté quemarlo…

Por un instante le solté la mano al oír aquella palabras, reprimiendo una cólera fría al recordar las cerillas quemadas que había encontrado en el suelo del estudio.

– ¿Intentaste quemarlo?

– Pero no pude -murmuró-. Había alguien más en la casa.

– No había nadie en la casa, Cristina. Nadie.

– Tan pronto prendí el fósforo y lo acerqué al manuscrito, le sentí detrás de mí. Noté un golpe en la nuca y caí.

– ¿Quién te golpeó?

– Todo estaba muy oscuro, como si la luz del día se hubiese retirado y no pudiera entrar. Me di la vuelta, pero todo estaba muy oscuro. Sólo vi sus ojos. Ojos como los de un lobo.

– Cristina…

– Me quitó el manuscrito de las manos y lo guardó otra vez en el baúl.

– Cristina, no estás bien. Déjame que llame al doctor y…

– No me estás escuchando. Le sonreí y la besé en la frente.

– Claro que te escucho. Pero no había nadie más en la casa…

Cerró los ojos y ladeó la cabeza, gimiendo como si mis palabras fueran puñales que le retorcían las entrañas. -Voy a avisar al doctor…

Me incliné para besarla de nuevo y me incorporé. Me dirigí hacia la puerta, sintiendo su mirada en la espalda. -Cobarde -dijo.

Cuando regresé a la habitación con el doctor Sanjuán, Cristina había desatado la última correa y se tambaleaba por la habitación en dirección a la puerta dejando pisadas ensangrentadas sobre las baldosas blancas. La sujetamos entre los dos y la tendimos de nuevo en la cama. Cristina gritaba y forcejeaba con una rabia que helaba la sangre. El alboroto alertó al personal de enfermería. Un celador nos ayudó a contenerla mientras el doctor la ataba de nuevo con las correas. Una vez inmovilizada, el doctor me miró con severidad.

– Voy a sedarla de nuevo. Quédese aquí y no se le ocurra volver a desatarle las correas.

Me quedé a solas con ella un minuto, intentando calmarla. Cristina seguía luchando por escapar de las correas. Le sujeté el rostro e intenté captar su mirada.

– Cristina, por favor…

Me escupió en la cara.

– Vete.

El doctor regresó acompañado de una enfermera que portaba una bandeja metálica con una jeringuilla, apositos y un frasco de vidrio que contenía una solución amarillenta.

– Salga -me ordenó.

Me retiré hasta el umbral. La enfermera sujetó a Cristina contra el lecho y el doctor le inyectó el calmante en el brazo. Cristina gritaba con voz desgarrada. Me tapé los oídos y salí al corredor.

Cobarde, me dije. Cobarde.

Más allá del sanatorio de Villa San Antonio se abría un camino flanqueado de árboles que bordeaba una acequia y se alejaba del pueblo. El mapa enmarcado que había en el comedor del hotel del Lago lo identificaba con el apelativo dulzón de paseo de los Enamorados. Aquella tarde, al dejar el sanatorio, me aventuré por aquel sombrío sendero que más que amoríos sugería soledades. Anduve durante casi media hora sin tropezarme con una alma, dejando atrás el pueblo hasta que la silueta angulosa de Villa San Antonio y los grandes caserones que rodeaban el lago apenas me parecieron recortes de cartón sobre el horizonte. Me senté en uno de los bancos que punteaban el recorrido del paseo y contemplé el sol ponerse en el otro extremo del valle de la Cerdanya. Desde allí, a unos doscientos metros, se apreciaba la silueta de una pequeña ermita aislada en el centro de un campo nevado. Sin saber muy bien por qué, me incorporé y me abrí camino entre la nieve en dirección al edificio. Cuando me encontraba a una docena de metros advertí que la ermita no tenía portal. La piedra estaba ennegrecida por las llamas que habían devorado la estructura. Ascendí los peldaños que conducían a lo que había sido la entrada y me adentré unos pasos. Los restos de bancos quemados y de maderos desprendidos del techo asomaban entre cenizas. La maleza había reptado hacia el interior y ascendía por lo que había sido el altar. La luz del crepúsculo penetraba por los estrechos ventanales de piedra. Me senté en lo que quedaba de un banco frente al altar y escuché el viento susurrar entre las grietas de la bóveda devorada por el fuego. Alcé la vista y deseé tener aunque sólo fuese un aliento de aquella fe que había albergado mi viejo amigo Sempere, en Dios o en los libros, con que rogarle a Dios o al infierno que me concediese otra oportunidad y me dejase sacar a Cristina de aquel lugar.

– Por favor -murmuré, mordiéndome las lágrimas. Sonreí amargamente, un hombre ya vencido y suplicando mezquindades a un Dios en el que nunca había confiado. Miré a mi alrededor y vi aquella casa de Dios hecha de ruina y cenizas, de vacío y soledad, y supe que volvería aquella misma noche a por ella sin más milagro ni bendición que mi determinación de llevármela de aquel lugar y de arrancarla de las manos de aquel doctor pusilánime y enamoradizo que había decidido hacer de ella su bella durmiente. Prendería fuego a la casa antes que permitir que nadie volviese a ponerle las manos encima. Me la llevaría a casa para morir a su lado. El odio y la rabia iluminarían mi camino.

Dejé la vieja ermita al anochecer. Crucé aquel campo de plata que ardía a la luz de la luna y regresé al sendero de la arboleda siguiendo el rastro de la acequia en la tiniebla, hasta que avisté a lo lejos las luces de Villa San Antonio y la cindadela de torreones y mansardas que rodeában el lago. Al llegar al sanatorio no me molesté en tirar del llamador que había en la verja. Salté el muro y crucé el jardín reptando en la oscuridad. Rodeé la casa y me aproximé a una de las entradas posteriores. Estaba cerrada por dentro, pero no dudé un instante en golpear el cristal con el codo para romperlo y acceder a la manija. Me adentré por el corredor, escuchando las voces y los murmullos, oliendo en el aire el aroma de un caldo que ascendía de las cocinas. Crucé la planta hasta llegar a la habitación del fondo donde el buen doctor había encerrado a Cristina, sin duda mientras fantaseaba con hacer de ella su bella durmiente postrada para siempre en un limbo de fármacos y correas.

Había contado con encontrar cerrada la puerta de la habitación, pero la manija cedió bajo mi mano, que pulsaba con el dolor sordo de los cortes. Empujé la puerta y entré en la habitación. Lo primero que advertí fue que podía ver mi propio aliento flotando frente a mi rostro. Lo segundo fue que el suelo de losas blancas estaba impregnado con pisadas de sangre. El ventanal que asomaba sobre el jardín estaba abierto de par en par y las cortinas ondeaban al viento. El lecho estaba vacío. Me acerqué y tomé una de las correas de cuero con las que el doctor y los enfermeros habían sujetado a Cristina. Estaban cortadas limpiamente, como si fueran de papel. Salí al jardín y vi brillando sobre la nieve un rastro de pisadas rojas que se alejaba hasta el muro. Lo seguí hasta allí y palpé la pared de piedra que rodeaba el jardín. Había sangre en las piedras. Trepé y salté al otro lado. Las pisadas, erráticas, se alejaban en dirección al pueblo. Recuerdo que eché a correr. Seguí las huellas sobre la nieve hasta el parque que rodeaba el lago. La luna llena ardía sobre la gran lámina de hielo. Fue allí donde la vi. Se adentraba lentamente cojeando sobre el lago helado, un rastro de pisadas ensangrentadas a su espalda. La brisa agitaba el camisón que envolvía su cuerpo. Cuando llegué a la orilla, Cristina se había adentrado una treintena de metros en dirección al centro del lago. Grité su nombre y se detuvo. Se volvió lentamente y la vi sonreír mientras una telaraña de grietas se tejía a sus pies. Salté al hielo, sintiendo la superfie helada quebrarse a mi paso, y corrí hacia ella. Cristina se quedó inmóvil, mirándome. Las grietas bajo sus pies se expandían en una hiedra de capilares negros. El hielo cedía bajo mis pasos y caí de bruces.

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