El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
La miré confundido.
– ¿Cuándo…?
– Mi madre murió en 1905 -dijo-. La mataron a unos metros de aquí, en la orilla de la playa, de una cuchillada en el cuello.
– Lo siento. Creía que…
– Mucha gente lo cree. El deseo de creer puede hasta con la muerte.
– ¿Quién la mató?
– Usted sabe quién.
Tardé unos segundos en responder.
– Diego Marlasca…
Asintió.
– ¿Por qué?
– Para silenciarla. Para ocultar su rastro.
– No lo comprendo. Su madre lo había ayudado… El mismo le entregó una gran cantidad de dinero a cambio de su ayuda.
– Por eso mismo quiso matarla, para que se llevase su secreto a la tumba.
Me observó con una sonrisa leve, como si mi confusión la divirtiese y le inspirase lástima a un tiempo.
– Mi madre era una mujer ordinaria, señor Martín. Había crecido en la miseria y el único poder que tenía era la voluntad de sobrevivir. Nunca aprendió a leer ni a escribir, pero sabía ver en el interior de las personas. Sentía lo que sentían, lo que ocultaban y lo que anhelaban. Lo leía en su mirada, en sus gestos, en su voz, en el modo en que caminaban o gesticulaban. Sabía lo que iban a decir y hacer antes de que lo hiciesen. Por eso muchos la llamaban hechicera, porque era capaz de ver en ellos lo que ellos mismos se negaban a ver. Se ganaba la vida vendiendo pócimas de amor y encantamientos que preparaba con agua de la riera, hierbas y unos granos de azúcar. Ayudaba a almas perdidas a creer en lo que deseaban creer. Cuando su nombre comenzó a hacerse popular, mucha gente de alcurnia empezó a visitarla y a solicitar sus favores. Los ricos querían serlo aún más. Los poderosos querían más poder. Los mezquinos querían sentirse santos y los santos querían ser castigados por pecados que lamentaban no haber tenido el valor de cometer. Mi madre los escuchaba a todos y aceptaba sus monedas. Con ese dinero nos envió a mí y a mis hermanos a estudiar a los colegios a los que acudían los hijos de sus clientes. Nos cornpró otro nombre y otra vida lejos de este lugar. Mi madre era una buena persona, señor Martín. No se engañe. Nunca se aprovechó de nadie, ni le hizo creer más que aquello que necesitaba creer. La vida le había enseñado que las personas vivimos tanto de grandes y pequeñas mentiras como del aire. Decía que si fuésemos capaces de ver sin tapujos la realidad del mundo y de nosotros mismos durante un solo día, del amanecer al atardecer, nos quitaríamos la vida o perderíamos la razón.
– Pero…
– Si ha venido usted aquí buscando magia, siento decepcionarle. Mi madre me explicó que no había magia, que no había más mal o bien en el mundo que el que imaginamos, por codicia o por ingenuidad. A veces, incluso por locura.
– No fue eso lo que le contó a Diego Marlasca cuando aceptó su dinero -objeté-. Siete mil pesetas de aquella época debían de comprar unos años de buen nombre y buenos colegios.
– Diego Marlasca necesitaba creer. Mi madre le ayudó a hacerlo. Eso fue todo. -¿Creer en qué?
– En su propia salvación. Estaba convencido de que se había traicionado a sí mismo y a quienes le querían. Creía que había entregado su vida a un camino de maldad y falsedad. Mi madre pensó que eso no le hacía diferente de la mayoría de los hombres que se detienen en algún momento de su vida a mirarse al espejo. Son las alimañas mezquinas quienes siempre se sienten virtuosas y miran al resto del mundo por encima del hombro. Pero Diego Marlasca era un hombre de conciencia y no estaba satisfecho con lo que veía. Por eso acudió a mi madre. Porque había perdido la esperanza y probablemente la razón. -¿Dijo Marlasca lo que había hecho? -Dijo que había entregado su alma a una sombra. -¿Una sombra?
– Ésas fueron sus palabras. Una sombra que le seguía, que tenía su misma forma, su mismo rostro y su misma voz.
– ¿Qué significado tenía eso?
– La culpa y el remordimiento no tienen significado. Son sentimientos, emociones, no ideas.
Se me ocurrió que ni el patrón lo hubiese podido explicar con más claridad.
– ¿Y qué podía hacer su madre por él? -pregunté. -Nada más que consolarle y ayudarle a encontrar algo de paz. Diego Marlasca creía en la magia y por ese motivo mi madre pensó que debía convencerle de que su camino hacia la salvación pasaba a través de ella. Le habló de un viejo encantamiento, una leyenda de pescadores que había oído de niña entre las cabanas de la playa. Cuando un hombre perdía su rumbo en la vida y sentía que la muerte había puesto precio a su alma, la leyenda decía que si encontraba una alma pura que quisiera sacrificarse por él, enmascararía con ella su corazón negro y la muerte, ciega, pasaría de largo. -¿Una alma pura?
– Libre de pecado. -¿Y cómo se llevaba a cabo?
– Con dolor, por supuesto. -¿Qué clase de dolor?
– Un sacrificio de sangre. Una alma a cambio de otra. Muerte a cambio de vida.
Un largo silencio. El rumor del mar en la orilla y del viento entre las chabolas.
– Irene se hubiera arrancado los ojos y el corazón por Marlasca. Él era su única razón para vivir. Lo amaba ciegamente y, como él, creía que su única salvación estaba en la magia. Al principio quiso quitarse la vida y entregarla como sacrificio, pero mi madre la disuadió. Le dijo lo que ella ya sabía, que la suya no era una alma libre de pecado y que su sacrificio sería en vano. Le dijo aquello para salvarla. Para salvarlos a los dos. -¿De quién?
– De sí mismos.
– Pero cometió un error…
– Incluso mi madre no podía llegar a verlo todo.
– ¿Qué fue lo que hizo Marlasca?
– Mi madre nunca quiso decírmelo, no quería que yo o mis hermanos formásemos parte de ello. Nos envió a cada uno lejos y nos separó en diferentes internados para que olvidásemos de dónde veníamos y quiénes éramos. Decía que ahora éramos nosotros quienes estábamos malditos. Murió poco después, sola. No lo supimos hasta mucho tiempo después. Cuando encontraron su cadáver nadie se atrevió a tocarlo y dejaron que se lo llevase el mar. Nadie se atrevía a hablar sobre su muerte. Pero yo sabía quién la había matado y por qué. Y todavía hoy creo que mi madre sabía que iba a morir pronto y a manos de quién. Lo sabía y no hizo nada porque al final ella también creyó. Creyó porque no era capaz de aceptar lo que había hecho. Creyó que entregando su alma salvaría la nuestra, la de este lugar. Por eso no quiso huir de aquí, porque la vieja leyenda decía que el alma que se entregaba debía estar siempre en el lugar en el que se había cometido la traición, una venda en los ojos de la muerte, encarcelada para siempre.
– ¿Y dónde está el alma que salvó la de Diego Marlasca?
La mujer sonrió.
– No hay almas ni salvaciones, señor Martín. Son viejos cuentos y habladurías. Lo único que hay son cenizas y recuerdos, pero de haberlos estarán en el lugar donde Marlasca cometió su crimen, el secreto que ha estado ocultando todos estos años para burlar su propio destino.
– La casa de la torre… He vivido casi diez años allí y en esa casa no hay nada.
Sonrió de nuevo y, mirándome fijamente a los ojos, se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla. Sus labios estaban helados, como los de un cadáver. Su aliento olía a flores muertas.
– A lo mejor es que no ha sabido usted mirar donde debía -me susurró al oído-. A lo mejor esa alma atrapada es la suya.
Entonces se desanudó el pañuelo que abrigaba su garganta y pude ver que una gran cicatriz le cruzaba el cuello. Esta vez su sonrisa fue maliciosa y sus ojos brillaron con una luz cruel y burlona.
– Pronto saldrá el sol. Márchese mientras pueda -dijo la Bruja del Somorrostro, dándome la espalda y devolviendo la mirada al fuego.
El niño del traje negro apareció en el umbral y me tendió la mano, indicando que mi tiempo se había acabado. Me levanté y le seguí. Al darme la vuelta me sorprendió mi reflejo en un espejo que colgaba de la pared. En él se podía ver la silueta encorvada y envuelta en harapos de una anciana sentada al fuego. Su risa oscura y cruel me acompañó hasta la salida.
Cuando llegué a la casa de la torre, empezaba a amanecer. La cerradura de la puerta de la calle estaba rota. Empujé la puerta con la mano y entré en el vestíbulo. El mecanismo del cerrojo al dorso de la puerta humeaba y desprendía un olor intenso. Ácido. Subí las escaleras lentamente, convencido de que encontraría a Marlasca esperándome en las sombras del rellano o que si me volvía le encontraría allí, sonriendo, a mi espalda. Al enfilar el último tramo de escalones advertí que el orificio de la cerradura también evidenciaba el rastro del ácido. Introduje la llave en el cerrojo y tuve que forcejear durante casi dos minutos para desbloquear la cerradura, que había quedado mutilada pero que aparentemente no había cedido. Extraje la llave mordida por aquella sustancia y abrí la puerta de un empujón. La dejé abierta a mi espalda y me adentré por el corredor sin quitarme el abrigo. Extraje el revólver del bolsillo y abrí el tambor. Vacié los casquillos que había disparado y los reemplacé por balas nuevas, tal y como había visto hacer a mi padre tantas veces cuando volvía a casa al alba. -¿Salvador? -llamé. El eco de mi voz se extendió por la casa. Tensé el percutor del arma. Seguí avanzando por el corredor hasta llegar a la habitación del fondo. La puerta estaba entornada.
– ¿Salvador? -pregunté.
Apunté con el arma a la puerta y la abrí de una patada. No había rastro de Marlasca en el interior, apenas la montaña de cajas y objetos viejos apilados contra la pared. Sentí de nuevo aquel olor que parecía filtrarse por los muros. Me aproximé al armario que cubría la pared del fondo y abrí las puertas de par en par. Retiré las ropas viejas que pendían de los percheros. La corriente fría y húmeda que brotaba de aquel orificio en la pared me acarició el rostro. Fuera lo que fuese lo que Marlasca había ocultado en aquella casa, estaba tras aquel muro.
Guardé el arma en el bolsillo del abrigo y me lo quité. Busqué el extremo del armario e introduje el brazo por el resquicio que quedaba entre el armazón y la pared. Conseguí asir la parte de atrás con la mano y tiré con fuerza. El primer tirón me permitió ganar un par de centímetros para asegurar el agarre y tiré de nuevo. El armario cedió casi un palmo. Seguí empujando el extremo hacia afuera hasta que la pared tras el armario quedó a la vista y tuve espacio para colarme. Una vez detrás empujé con el hombro y lo aparté completamente contra la pared contigua. Me detuve a recobrar el aliento y examiné la pared. Estaba pintada de un color ocre diferente al resto de la habitación. Bajo la pintura se adivinaba una suerte de masa arcillosa sin pulir. La golpeé con los nudillos. El eco resultante no daba pie a duda alguna. Aquello no era una pared maestra. Había algo al otro lado. Apoyé la cabeza contra la pared y ausculté. Entonces escuché un ruido. Pasos en el pasillo, acercándose… Me retiré lentamente y alargué la mano hacia el abrigo que había dejado sobre una silla para coger el revólver. Una sombra se extendió frente al umbral de la puerta. Contuve la respiración. La silueta se asomó lentamente al interior de la habitación.