El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
– Te quiero -la oí decir.
Me arrastré hacia ella, pero la red de grietas crecía bajo mis manos y la rodeó. Nos separaban apenas unos metros cuando escuché el hielo quebrarse y ceder bajo sus pies. Unas fauces negras se abrieron bajo ella y la engulleron como un pozo de alquitrán. Tan pronto desapareció bajo la superficie, las placas de hielo se unieron sellando la apertura por la que Cristina se había precipitado. Su cuerpo se deslizó un par de metros bajo la lámina de hielo impulsado por la corriente. Conseguí arrastrarme hasta el lugar donde había quedado atrapada y golpeé el hielo con todas mis fuerzas. Cristina, los ojos abiertos y el pelo ondulando en la corriente, me observaba desde el otro lado de aquella lámina traslúcida. Golpeé hasta destrozarme las manos en vano. Cristina nunca apartó sus ojos de los míos. Posó su mano sobre el hielo y sonrió. Las últimas burbujas de aire escapaban ya de sus labios y sus pupilas se dilataban por última vez. Un segundo después, lentamente, empezó a hundirse para siempre en la negrura.
No volví a la habitación a recoger mis cosas. Oculto entre los árboles que rodeaban el lago pude ver cómo el doctor y un par de guardias civiles acudían al hotel y los vi hablar con el gerente a través de las cristaleras. Al abrigo de calles oscuras y desiertas crucé el pueblo hasta llegar a la estación enterrada en la mebla. Dos faroles de gas permitían adivinar la silueta de un tren que esperaba en el andén. El semáforo rojo encendido a la salida de la estación teñía su esqueleto de metal oscuro. La máquina estaba parada; lágrimas de hielo pendían de rieles y palancas como gotas de gelatina. Los vagones estaban a oscuras, las ventanas veladas por la escarcha. No se veía luz en la oficina del jefe de estación. Todavía faltaban horas para la salida del tren y la estación estaba desierta.
Me acerqué a uno de los vagones y probé a abrir una de las portezuelas. Estaba trabada por dentro. Bajé a las vías y rodeé el tren. Al amparo de la sombra trepé a la plataforma de paso entre los dos vagones de cola y probé suerte con la puerta que comunicaba los coches. Estaba abierta. Me colé en el vagón y avancé en la penumbra hasta uno de los compartimentos. Entré y trabé el cierre por dentro. Temblando de frío, me desplomé en el asiento. No me atrevía a cerrar los ojos por temor a encontrar esperándome la mirada de Cristina bajo el hielo. Pasaron minutos, tal vez horas. En algún momento me pregunté por qué me estaba ocultando y por qué era incapaz de sentir nada.
Me refugié en aquel vacío y esperé allí oculto como un fugitivo escuchando los mil quejidos del metal y la madera contrayéndose por el frío. Escruté las sombras tras las ventanas hasta que el haz de un farol rozó las paredes del vagón y escuché voces en el andén. Abrí una mirilla con los dedos sobre la película de vaho que enmascaraba los cristales y pude ver que el maquinista y un par de operarios se dirigían hacia la parte delantera del tren. Auna decena de metros, el jefe de estación conversaba con la pareja de guardias civiles que había visto con el doctor en el hotel poco antes. Le vi asentir y sacar un manojo de llaves mientras se aproximaba al tren seguido por los dos guardias civiles. Me retiré de nuevo al cornpartimento. Unos segundos más tarde pude oír el ruido de las llaves y el chasquido de la portezuela del vagón al abrirse. Unos pasos avanzaron desde el extremo del vagón. Levanté el pestillo del cierre, dejando la puerta del compartimento abierta, y me tendí en el suelo bajo una de las bancadas de asientos, pegándome a la pared. Oí los pasos de la guardia civil aproximarse, el haz de los faroles que sostenían en las manos trazando agujas de luz azul que resbalaban por las cristaleras de los compartimentos. Cuando los pasos se detuvieron frente al mío contuve la respiración. Las voces se habían acallado. Oí abrirse la portezuela y las botas cruzaron a un par de palmos de mi rostro. El guardia permaneció allí unos segundos y luego salió y cerró la portezuela. Sus pasos se alejaron por el vagón.
Me quedé allí, inmóvil. Un par de minutos después escuché un traqueteo y un aliento cálido que exhalaba de la rejilla de la calefacción me acarició el rostro. Una hora más tarde las primeras luces del alba rozaron las ventanas. Salí de mi escondite y miré al exterior. Viajeros solitarios o en pareja recorrían el andén arrastrando sus maletas y bultos. El rumor de la locomotora en marcha se podía sentir en las paredes y en el suelo del vagón. En unos minutos, los viajeros empezaron a subir al tren y el revisor encendió las luces. Volví a sentarme en el banco junto a la ventana y devolví el saludo de alguno de los pasajeros que cruzaban frente al compartimento. Cuando el gran reloj de la estación dio las ocho de la mañana, el tren empezó a deslizarse por la estación. Sólo entonces cerré los ojos y escuché las campanas de la iglesia repicar en la distancia con el eco de una maldición.
El trayecto de regreso estuvo plagado de retrasos. Parte del tendido había caído y no llegamos a Barcelona hasta el atardecer de aquel viernes 23 de enero. La ciudad estaba sepultada bajo un cielo escarlata sobre el que se extendía una telaraña de humo negro. Hacía calor, como si el invierno se hubiese retirado de súbito y un aliento sucio y húmedo ascendiese desde las rejillas del alcantarillado. Al abrir el portal de la casa de la torre encontré un sobre blanco en el suelo. Distinguí el sello de lacre rojo que lo cerraba y no me molesté en recogerlo porque sabía perfectamente lo que contenía: un recordatorio de mi cita con el patrón para entregarle el manuscrito aquella misma noche en el caserón junto al Park Güell. Ascendí las escaleras en la oscuridad y abrí la puerta del piso principal. No encendí la luz y fui directamente al estudio. Me acerqué al ventanal y contemplé la sala bajo el resplandor infernal que destilaba aquel cielo en llamas. La imaginé allí, tal como me lo había descrito, de rodillas frente al baúl. Abriendo el baúl y extrayendo la carpeta con el manuscrito. Leyendo aquellas páginas malditas con la certeza de que debía destruirlas. Encendiendo los fósforos y acercando la llama al papel.
Había alguien más en la casa.
Me acerqué al baúl y me detuve a unos pasos, como si estuviese a su espalda, espiándola. Me incliné hacia adelante y lo abrí. El manuscrito seguía allí, esperándome. Alargué la mano para rozar la carpeta con los dedos, acariciándolo. Fue entonces cuando lo vi. La silueta de plata brillaba en el fondo del baúl como una perla en el fondo de un estanque. Lo cogí entre los dedos y lo examiné a la luz de aquel cielo ensangrentado. El broche del ángel.
– Hijo de puta -me oí decir.
Saqué la caja con el viejo revólver de mi padre del fondo del armario. Abrí el tambor y comprobé que estaba cargado. Guardé el resto del cajetín de munición en el bolsillo izquierdo de mi abrigo. Envolví el arma en un paño y la metí en el bolsillo derecho. Antes de salir me detuve un instante a contemplar al extraño que me miraba desde el espejo del recibidor. Sonreí, la paz del odio ardiendo en mis venas, y salí a la noche.
La casa de Andreas Corelli se alzaba en la colina, contra el manto de nubes rojas. Tras ella se mecía el bosque de sombras del Park Güell. La brisa agitaba las ramas y las hojas siseaban como serpientes en la oscuridad. Me detuve frente a la entrada y examiné la fachada. No había una sola luz prendida en toda la casa. Los postigos de los ventanales estaban cerrados. Escuché a mi espalda la respiración de los perros que merodeaban tras los muros del parque, siguiendo mis pasos. Extraje el revólver del bolsillo y me volví hacia la verja de la entrada, donde se entreveían las siluetas de los animales, sombras líquidas que observaban desde la negrura.
Me aproximé a la puerta principal de la casa y di tres golpes secos con el llamador. No esperé respuesta. Hubiera volado la cerradura a tiros, pero no hizo falta. La puerta estaba abierta. Giré la manija de bronce hasta liberar la traba del cerrojo y la puerta de roble se deslizó lentamente hacia el interior con la inercia de su propio peso. El largo corredor se abría al frente, la lámina de polvo que recubría el suelo brillando como arena fina. Me adentré unos pasos y me acerqué a la escalinata que ascendía a un lado del vestíbulo desapareciendo en una espiral de sombras. Avancé por el pasillo que conducía al salón. Decenas de miradas me seguían desde la galería de viejas fotografías enmarcadas que cubrían la pared. Los únicos sonidos que podía percibir eran el de mis pasos y mi respiración. Llegué al extremo del corredor y me detuve. La claridad nocturna se filtraba como cuchillas de luz rojiza desde los postigos. Alcé el revólver y entré en el salón. Ajusté mis ojos a la tiniebla. Los muebles estaban en el mismo lugar que recordaba, pero incluso en la penuria de luz se podía apreciar que eran viejos y estaban cubiertos de polvo. Ruinas. Los cortinajes pendían deshilacliados y la pintura de los muros colgaba en tiras que recordaban escamas. Me dirigí hacia uno de los ventanales para abrir los postigos y dejar entrar algo de luz. Estaba a un par de metros del balcón cuando comprendí que no estaba solo. Me detuve, helado, y me volví lentamente.
La silueta se distinguía claramente en el rincón de la sala, sentada en su butaca de siempre. La luz que sangraba desde los postigos alcanzaba a desvelar los zapatos brillantes y el contorno del traje. El rostro quedaba completamente en sombras, pero sabía que me estaba mirando. Y que sonreía. Alcé el revólver y le apunté. -Sé lo que ha hecho -dije.
Corelli no movió ni un músculo. Su figura permaneció inmóvil como una araña. Di un paso al frente, apuntándole al rostro. Me pareció escuchar un suspiro en la oscuridad y, por un instante, la luz rojiza prendió en sus ojos y tuve la certeza de que iba a saltar sobre mí. Disparé. El retroceso del arma me golpeó el antebrazo como un martillazo seco. Una nube de humo azul se alzó del revólver. Una de las manos de Corelli cayó del brazo de la butaca y se balanceó, las uñas rozando el suelo, y disparé de nuevo. La bala le alcanzó en el pecho y abrió un orificio humeante en la ropa. Me quedé sosteniendo el revólver con ambas manos, sin atreverme a dar un paso más, escrutando su silueta inmóvil sobre la butaca. El balanceo del brazo se fue deteniendo lentamente hasta que el cuerpo yació inerte y sus uñas, largas y pulidas, quedaron ancladas en el firme de roble. No hubo sonido alguno ni atisbo de movimiento en el cuerpo que acababa de encajar dos balazos, uno en la cara y el otro en el pecho. Me retiré unos pasos hacia el ventanal y lo abrí a patadas, sin apartar la mirada de la butaca donde yacía Corelli. Una columna de luz vaporosa se abrió camino desde la balaustrada hasta el rincón, iluminando el cuerpo y el rostro del patrón. Intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca. El primer disparo le había abierto un orificio entre los ojos. El segundo le había agujereado una solapa. No había una sola gota de sangre. En su lugar destilaba un polvo fino y brillante, como el de un reloj de arena, que se deslizaba por los pliegues de sus ropas. Los ojos brillaban y tenía los labios congelados en una sonrisa sarcástica. Era un muñeco.