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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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Tolly Mune contempló durante unos segundos las líneas que se entrecruzaban en la pantalla.

—¡Infiernos y maldición! —murmuró—. Tendría que haberlo imaginado, maldita sea. Por razones obvias esta información se considera como alto secreto pero, de todos modos, debía haberlo supuesto antes —apretó las manos hasta convertirlas en puños—. ¡Maldición e infierno! —repitió—. Creg convirtió ese condenado Florecimiento en un verdadero carnaval mediante los noticiarios y no me extraña que haya acabado pasando esto. ¿Por qué no tener hijos, ahora que el problema alimenticio ha sido resuelto? El maldito Primer Consejero lo ha dicho. Al fin han llegado los buenos tiempos, ¿no? Todos los malditos ceros han resultado ser, una vez más, unos malditos alarmistas antivida, los tecnócratas han logrado hacer otro milagro. ¿Cómo se puede dudar de que lo conseguirán una vez y otra y otra y otra…? Oh, sí. Por lo tanto, sé un buen miembro de la Iglesia, ten más hijos, ayuda a la humanidad para que evolucione hasta convertirse en un ente divino y culmine así su destino. ¿Eh? ¿Por qué no? —emitió un bufido asqueado—. Tuf, ¿por qué la gente actúa siempre como si fuera estúpida?

—Esa incógnita me resulta aún más indescifrable que el dilema de S’uthlam —dijo Tuf—, y me temo no estar preparado para resolverla. Mientras tanto y ya que se ha dedicado a repartir culpabilidades, Maestre de Puerto, creo que bien podría asignarse una parte. Fueran cuales fueran las engañosas impresiones transmitidas por el Primer Consejero, Cregor Blaxon, lo cierto es que para la mente colectiva de su pueblo fueron confirmadas por esa desgraciada frase final, puesta en boca del actor que me representaba en Tuf y Mune.

—De acuerdo, ¡maldita sea! Soy culpable, yo ayudé para que se llegara al embrollo actual. Pero todo eso queda en el pasado y la pregunta es, ¿qué podemos hacer ahora?

—Me temo que poca cosa —dijo Haviland Tuf con el rostro impasible—. Al menos usted.

—¿Y usted? Logró hacer una vez el milagro de los panes y los peces. ¿No puede servirnos una segunda ración de panes y peces, Tuf?

Haviland Tuf pestañeó.

—Ahora soy un ingeniero ecológico mucho más experimentado de lo que era en mi primer intento de lidiar con el problema de S’uthlam. Me encuentro más familiarizado con la gama de especies contenidas en la biblioteca celular del Arca y el efecto de cada una sobre los ecosistemas individuales. Incluso he sido capaz de aumentar levemente mi gama de muestras durante el curso de mis viajes y, ciertamente, puedo ayudarles —apagó las pantallas y cruzó las manos sobre el estómago—. Pero habrá un precio.

—¿Un precio? Ya le pagamos su maldito precio, ¿recuerda? Mis cuadrillas se encargaron de reparar su condenada nave.

—Lo hicieron, ciertamente, al igual que yo reparé su ecología. No estoy pidiendo nuevas reparaciones ni suministros para el Arca esta vez. Sin embargo parece que su gente ha estropeado nuevamente su ecología de tal modo que necesitan otra vez mis servicios y, por lo tanto, me parece igualmente equitativo que se me compense por los esfuerzos a realizar. Tengo muchos gastos y el principal de ellos sigue siendo mi formidable deuda al Puerto de S’uthlam. Mediante una incansable y agotadora labor, en mundos tan numerosos como dispersos, he logrado reunir la primera mitad de los treinta y tres millones de unidades base que se me impusieron como factura, pero aún me queda por pagar otra mitad y sólo tengo otros cinco años para conseguirla. ¿Puedo afirmar acaso que me resultará posible hacerlo? Quizá la próxima docena de mundos que visite gocen de ecologías sin tacha o quizá se hallen tan empobrecidos que me vea obligado a concederles fuertes descuentos, si es que pretendo ofrecerles mis servicios. Día y noche me atormenta mi inmensa deuda y, a menudo, interfiere en la claridad y precisión de mis pensamientos, haciéndome de ese modo menos efectivo en el ejercicio de mi profesión. A decir verdad, acabo de tener la repentina intuición de que si debo luchar con el vasto desafío representado por el actual problema de S’uthlam, podría actuar mucho mejor si mi mente estuviera despejada y libre de problemas.

Tolly Mune había estado esperando algo parecido. Ya se lo había mencionado a Creg y éste le había dicho que gozaba de libertad presupuestaria, dentro de ciertos límites. Pese a todo, Tolly Mune frunció el ceño.

—¿Cuánto quiere, Tuf? —Me viene a la mente, como un rayo, la suma de diez millones —dijo él—. Dado que se trata de una cifra redonda podría ser fácilmente sustraída de mi factura sin plantear peliagudos problemas aritméticos.

—Es demasiado, ¡maldición! —dijo ella—. Quizá pudiera lograr que el Consejo estuviera de acuerdo en una reducción digamos que de… dos millones. No más.

—Pongámonos de acuerdo mejor en nueve millones —dijo Tuf. Uno de sus largos dedos rascó a Dax tras su diminuta oreja negra y el gato volvió silenciosamente sus ojos dorados hacia Tolly Mune.

—Nueve no me parece un compromiso demasiado equitativo entre diez y dos —dijo ella secamente.

—Soy mejor como ingeniero ecológico que como matemático —dijo Tuf—. ¿Quizás ocho?

—Cuatro y ni uno más. Cregor me matará por esto. Tuf clavó en ella sus ojos impasibles y no dijo nada. Su rostro seguía frío, inmóvil e inexpresivo.

—Cuatro y medio —dijo ella vacilando bajo el peso de su mirada. Sentía también los ojos de Dax clavados en ella y de pronto se preguntó si ese maldito gato no estaría leyéndole la mente—. ¡Maldita sea! —dijo, señalándole con el dedo—, ese pequeño bastardo negro, sabe hasta donde estoy autorizada para llegar, ¿no?

—Una idea muy interesante —dijo Tuf—. Siete millones podrían parecerme una suma aceptable. Me encuentro bastante generoso hoy.

—Cinco y medio —escupió ella. ¿De qué servia continuar así?

Dax empezó a ronronear estruendosamente. —Lo cual deja una limpia y manejable cantidad de once millones de unidades base a pagar dentro de cinco años —dijo Tuf—. Aceptado, Maestre de Puerto Mune, con una condición más.

—¿De qué se trata? —le preguntó ella con cierta suspicacia.

—Le presentaré mi solución a usted y al Primer Consejero Cregor Blaxon en una conferencia pública que debe ser presenciada igualmente por cámaras de todas las redes existentes en S’uthlam, y difundida en directo a todo el planeta.

Tolly Mune se rió.

—¡Imposible! —dijo—. Creg nunca estará de acuerdo, ya puede ir olvidando esa idea.

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