El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
El patrón tomó un terrón de azúcar y lo dejó caer en su taza. Le siguió un segundo y un tercero. Probó el café y vertió cuatro terrones más. Luego tomó un quinto y se lo llevó a los labios.
– Me encanta el azúcar -comentó.
– Ya lo veo.
– No me dice nada de nuestro proyecto, amigo Martín -atajó-. ¿Algún problema?
Tragué saliva.
– Está casi acabado -dije.
El rostro del patrón se iluminó con una sonrisa que preferí eludir.
– Ésa sí que es una gran noticia. ¿Cuándo lo podré recibir?
– Un par de semanas. Me queda por hacer alguna revisión. Más carpintería y acabados que otra cosa.
– ¿Podemos fijar una fecha?
– Si lo desea…
– ¿Qué tal el viernes 23 de este mes? ¿Me aceptará entonces una invitación para cenar y celebrar el éxito de nuestra empresa?
El viernes 23 de enero quedaba a dos semanas justas.
– De acuerdo -convine.
– Confirmado entonces.
Alzó su taza de café rebosante de azúcar como si brindase y la apuró de un trago.
– ¿Y usted? -preguntó casualmente-. ¿Qué le trae por aquí?
– Buscaba a una persona.
– ¿Alguien a quien yo conozca?
– No.
– ¿Y la ha encontrado?
– No.
El patrón asintió lentamente, saboreando mi mutismo.
– Tengo la impresión de que le estoy reteniendo contra su voluntad, amigo mío.
– Estoy un poco cansado, nada más.
– Entonces no quiero robarle más tiempo. A veces me olvido de que aunque yo disfrute de su compañía, tal vez la mía no sea de su agrado.
Sonreí dócilmente y aproveché para levantarme. Me vi reflejado en sus pupilas, un muñeco pálido atrapado en un pozo oscuro.
– Cuídese, Martín. Por favor.
– Lo haré.
Me despedí con un asentimiento y me dirigí hacia la salida. Mientras me alejaba pude escuchar cómo se llevaba otro azucarillo a la boca y lo trituraba con los dientes.
De camino a la Rambla vi que las marquesinas del Liceo estaban encendidas y que una larga hilera de coches custodiados por un pequeño regimiento de chóferes uniformados esperaba en la acera. Los carteles anunciaban Coslfan tutteyme pregunté si Vidal se habría animado a dejar el castillo y acudir a su cita. Escruté el corro de chóferes que se había formado en el centro de la calle y no tardé en avistar a Pep entre ellos. Le hice señas para que se acercara.
– ¿Qué hace usted aquí, señor Martín?
– ¿Dónde está?
– El señor está dentro, viendo la representación.
– No digo don Pedro. Cristina. La señora de Vidal. ¿Dónde está?
El pobre Pep tragó saliva.
– No lo sé. No lo sabe nadie.
Me explicó que Vidal llevaba semanas intentando localizarla y que su padre, el patriarca del clan, incluso había puesto a varios miembros del departamento de policía a sueldo para que diesen con ella.
– Al principio el señor pensaba que ella estaba con usted…
– ¿No ha llamado, o enviado una carta, un telegrama…?
– No, señor Martín. Se lo juro. Estamos todos muy preocupados, y el señor, bueno…, no lo había visto yo así desde que le conozco. Hoy es la primera noche que sale desde que se fue la señorita, la señora, quiero decir…
– ¿Recuerdas si Cristina dijo algo, lo que sea, antes de irse de Villa Helius?
– Bueno… -dijo Pep, bajando el tono de voz hasta el susurro-. Se la oía discutir con el señor. Yo la veía triste. Pasaba mucho tiempo sola. Escribía cartas y cada día iba hasta la estafeta de correos que hay en el paseo de la Reina Elisenda para enviarlas.
– ¿Hablaste con ella algún día, a solas?
– Un día, poco antes de que se marchara, el señor me pidió que la acompañase en el coche al médico.
– ¿Estaba enferma?
– No podía dormir. El doctor le recetó unas gotas de láudano.
– ¿Te dijo algo por el camino?
Pep se encogió de hombros.
– Me preguntó por usted, por si sabía algo de usted o le había visto.
– ¿Nada más?
– Se la veía muy triste. Se echó a llorar y cuando le pregunté qué le pasaba me dijo que echaba mucho de menos a su padre, al señor Manuel…
Lo supe entonces y me maldije por no haber caído antes en ello. Pep me miró con extrañeza y me preguntó por qué estaba sonriendo.
– ¿Sabe usted dónde está? -preguntó.
– Creo que sí -murmuré.
Me pareció oír entonces una voz a través de la calle y apreciar una sombra de corte familiar que se dibujaba en el vestíbulo del Liceo. Vidal no había aguantado ni el primer acto. Pep se volvió un segundo para atender la llamada de su amo, y para cuando quiso decirme que me ocultase, yo ya me había perdido en la noche.
Incluso de lejos tenían ese aspecto inconfundible de las malas noticias. La brasa de un cigarillo en el azul de la noche, siluetas apoyadas contra el negro de los muros, y volutas de vapor en el aliento de tres figuras custodiando el portal de la casa de la torre. El inspector Víctor Grandes en compañía de sus dos oficiales de presa Marcos y Gástelo, en comité de bienvenida. No costaba imaginar que ya habían encontrado el cuerpo de Alicia Marlasca en el fondo de la piscina de su casa en Sarria y que mi cotización en la lista negra había subido varios enteros. Tan pronto los avisté me detuve y me fundí en las sombras de la calle. Los observé unos instantes, asegurándome de que no habían reparado en mi presencia a apenas una cincuentena de metros. Distinguí el perfil de Grandes al aliento del farol que pendía de la fachada. Retrocedí lentamente al amparo de la oscuridad que inundaba las calles y me colé en el primer callejón, perdiéndome en la madeja de pasajes y arcos de la Ribera.
Diez minutos más tarde llegaba a las puertas de la estación de Francia. Las taquillas ya estaban cerradas, pero aún podían verse varios trenes alineados en los andenes bajo la gran bóveda de cristal y acero. Consulté el tablón de horarios y comprobé que, tal como había temido, no había salidas previstas hasta el día siguiente. No podía arriesgarme a volver a casa y tropezarme con Grandes y compañía. Algo me decía que esta vez aquella visita a comisaría sería a pensión completa y que ni los buenos oficios del abogado Valera conseguirían sacarme tan fácilmente como la vez anterior.
Decidí pasar la noche en un hotel de medio pelo que había frente al edificio de la Bolsa, en la plaza Palacio, donde la leyenda contaba que malvivían algunos cadáveres en vida de antiguos especuladores a los que la codicia y la aritmética de andar por casa les habían explotado en la cara. Elegí semejante antro porque supuse que allí no iba a venir amp; buscarme ni la Parca. Me registré con el nombre de Antonio Miranda y pagué por adelantado. El conserje, uní individuo con aspecto de molusco que parecía incrustado en la garita que hacía las veces de recepción, toaller‹o y tienda de souvenirs, me tendió la llave, una pastilla de jabón marca El Cid Campeador que apestaba a lejía y que me pareció usada, y me informó de que si me apetecía compañía femenina me podía enviar a una fámula apodada la Tuerta tan pronto regresara de una consulta a domicilio.
– Le dejairá a usted nuevo -aseguró. Decliné el ofrecimiento alegando un principio de lumbago y emfilé las escaleras deseándole buenas noches. La habiitación tenía el aspecto y el tamaño de un sarcófago. Um simple vistazo me persuadió de tenderme vestido encimia del camastro en vez de meterme entre las sábanas y conlfraternizar con lo que hubiera prendido en ellas. Me tapé con una manta deshilachada que encontré en el armario -y que, puestos a oler, al menos olía a naftalina- y apagué la luz, intentando imaginar que me encontraba en la clase de suite que alguien con cien mil francos en el banco podía permitirse. Apenas conseguí pegar ojo.
Dejé el hotel a media mañana y me dirigí hacia la estación. Compré un billete de primera clase con la esperanza de dormir en el tren todo lo que no había podido en aquel antro y, viendo que disponía todavía de veinte minutos antes de la salida, me dirigí a la hilera de cabinas con los teléfonos públicos. Di a la operadora el número que Ricardo Salvador me había ofrecido, el de sus vecinos de abajo.
– Quisiera hablar con Emilio, por favor.
– Al aparato.
– Mi nombre es David Martín. Soy amigo del señor Ricardo Salvador. Me dijo que podía llamarle a este número en caso de urgencia.
– A ver… ¿puede esperar un momento, que le avisamos?
Miré el reloj de la estación.
– Sí. Espero. Gracias.
Transcurrieron más de tres minutos hasta que oí pasos aproximándose y la voz de Ricardo Salvador me llenó de tranquilidad.
– ¿Martín? ¿Está usted bien?
– Sí.
– Gracias a Dios. Leí en el diario lo de Roures y me tenía usted muy preocupado. ¿Dónde está?
– Señor Salvador, ahora no tengo mucho tiempo. Tengo que ausentarme de la ciudad.
– ¿Seguro que está bien?
– Si. Escúcheme: Alicia Marlasca ha muerto.
– ¿La viuda? ¿Muerta?
Un largo silencio. Me pareció que Salvador sollozaba y me maldije por haberle dado la noticia con tan poca delicadeza.
– ¿Sigue ahí?
– Sí…
– Le llamo para advertirle de que tenga usted mucho cuidado. Irene Sabino está viva y me ha estado siguiendo. Hay alguien con ella. Creo que es Jaco.
– ¿Jaco Corbera?
– No estoy seguro de que sea él. Creo que saben que estoy tras su pista y están intentando silenciar a todos aquellos que han ido hablando conmigo. Me parece que tenía usted razón…
– ¿Pero por qué iba a volver Jaco ahora? -preguntó Salvador-. No tiene sentido.
– No lo sé. Ahora tengo que irme. Sólo quería prevenirle.
– Por mí no se preocupe. Si este hijo de puta viene a visitarme, estaré preparado. Llevo veinticinco años esperando.
El jefe de estación anunció la salida del tren con el silbato.
– No se fíe de nadie. ¿Me oye? Le llamaré tan pronto regrese a la ciudad.
– Gracias por llamar, Martín. Tenga mucho cuidado.
El tren empezaba a deslizarse por el andén cuando me refugié en mi compartimento y me dejé caer en el asiento. Me abandoné al tibio aliento de la calefacción y el suave traqueteo. Dejamos atrás la ciudad atravesando el bosque de factorías y chimeneas que la rodeaba y escapando al sudario de luz escarlata que la cubría. Lentamente la tierra baldía de hangares y trenes abandonados en vía muerta se fue diluyendo en un plano infinito de campos y colinas coronados por caserones y atalayas, bosques y ríos. Carromatos y aldeas asomaban entre bancos de niebla. Pequeñas estaciones pasaban de largo mientras campanarios y masías dibujaban espejismos en la distancia.