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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Encomiable —admitió Tyrion al tiempo que cascaba un huevo moreno, que le recordaba muchísimo a la cabeza calva del Gran Maestre—. Mi punto de vista es diferente. Si hay comida, come; quizá mañana no haya. —Sonrió—. Decidme una cosa, ¿vuestros cuervos también madrugan?

—Desde luego. —Pycelle se acarició la barba blanca como la nieve que le caía sobre el pecho—. ¿Queréis que, cuando hayamos comido, pida que me traigan pluma y tintero?

—No será necesario. —Tyrion puso las cartas sobre la mesa, junto a su plato de gachas. Eran dos pergaminos idénticos, bien enrollados y sellados con cera en ambos extremos—. Dad permiso a la chica para que se retire, así podremos hablar.

—Déjanos a solas, niña —ordenó Pycelle. La criada se apresuró a salir de la habitación—. ¿Qué me decíais de estas cartas?

—Sólo para los ojos de Doran Martell, príncipe de Dorne. —Tyrion quitó trocitos de cáscara al huevo y le dio un mordisco. Le hacía falta sal—. Una carta con dos copias. Enviad a vuestros pájaros más veloces, se trata de un asunto de la mayor importancia.

—Las enviaré en cuanto terminemos de desayunar.

—Enviadlas ahora. Las ciruelas no corren peligro, y el reino sí. Lord Renly viene con su ejército por el camino de las rosas, y nadie sabe cuándo zarparán de Rocadragón los barcos de Lord Stannis.

Pycelle parpadeó.

—Si así lo desea mi señor…

—Así lo desea.

—Mi misión es serviros. —El maestre se puso en pie trabajosamente. La cadena símbolo de su cargo tintineó. Era una joya pesada, consistente en una docena de collares de maestre entrelazados y adornados con gemas. A Tyrion le pareció que había muchos más eslabones de oro, plata y platino que de otros metales inferiores.

Pycelle se movía con tal lentitud que a Tyrion le dio tiempo de terminarse el huevo y probar las ciruelas (demasiado hechas y aguadas para su gusto) antes de que el sonido de unas alas lo hiciera levantarse. Divisó al cuervo negro contra el cielo del amanecer, y se dirigió rápidamente hacia el laberinto de estantes que había al otro lado de la habitación.

El maestre tenía una colección de medicamentos impresionante: docenas de vasijas selladas con cera, cientos de frascos con tapones, también cientos de botellitas de vidrio blanco, innumerables tarros de hierbas secas… y cada recipiente estaba bien etiquetado, con la caligrafía precisa de Pycelle. «Un cerebro muy organizado», reflexionó Tyrion. Y era cierto, una vez se descifraba el sistema de clasificación era evidente que cada poción tenía un lugar adjudicado. «Y qué cosas tan interesantes tiene.» Vio dulcesueño y sombra nocturna, leche de la amapola, lágrimas de Lys, gorragrís en polvo, matalobos y danza demoníaca, veneno de basilisco, ojociego, sangre de viuda…

Tuvo que ponerse de puntillas y estirarse, pero se las arregló para coger un frasquito polvoriento del estante superior. Leyó la etiqueta, sonrió y se lo guardó dentro de la manga.

Ya se había vuelto a sentar a la mesa y estaba pelando otro huevo cuando el Gran Maestre Pycelle bajó por las escaleras con paso pesado.

—Ya está, mi señor. —El anciano se sentó—. Estas cosas… es mejor hacerlas cuanto antes, por supuesto… ¿Decís que se trata de un asunto de la mayor importancia?

—Oh, sí.

Las gachas estaban demasiado espesas para el gusto de Tyrion, y les hubiera querido añadir mantequilla y miel. Cierto que en Desembarco del Rey la mantequilla y la miel no eran productos fáciles de conseguir en los últimos tiempos, pero Lord Gyles mantenía el castillo bien abastecido. La mitad de los alimentos que consumían procedían de sus tierras o de las de Lady Tanda. Rosby y Stokeworth estaban cerca de la ciudad, al norte, y la guerra no había llegado allí.

—El príncipe de Dorne, nada menos. ¿Puedo preguntaros…?

—Mejor no.

—Como queráis. —La curiosidad de Pycelle estaba tan madura que Tyrion casi percibía su sabor—. Puede que… el Consejo del rey…

—La misión del Consejo es aconsejar al rey, maestre. —Tyrion dio unos golpecitos con la cuchara de madera en el borde del cuenco.

—Exacto —dijo Pycelle—. Y el rey…

—Es un niño de trece años. Yo hablo por él.

—Desde luego, desde luego. Sois la Mano del Rey. De todos modos… vuestra gentil hermana, nuestra reina regente…

—Ya lleva un gran peso sobre sus preciosos hombros blancos. No quiero añadirle otra carga. ¿Y vos? —Tyrion inclinó la cabeza hacia un lado y miró inquisitivo al Gran Maestre.

Pycelle bajó la vista hacia su plato de comida. Los ojos dispares de Tyrion, uno verde y otro negro, tenían algo que le daba escalofríos. El enano lo sabía, y los utilizaba.

—Eh… —dijo el anciano dirigiéndose a sus ciruelas—. Sin duda tenéis razón, mi señor. Es muy considerado por vuestra parte… aliviarla de esa… carga.

—Así soy yo. —Tyrion volvió a concentrarse en las gachas que no le gustaban—. Considerado. Al fin y al cabo, Cersei es mi querida hermana.

—Y mujer, además —asintió Pycelle—. Una mujer fuera de lo común, pero aun así… No es poca cosa ocuparse de todos los asuntos del reino, pese a la fragilidad característica de su sexo.

«Oh, sí, es una frágil paloma; que te lo diga Eddard Stark.»

—Me alegra ver que compartís mi preocupación. Os agradezco la hospitalidad de vuestra mesa, pero me espera un día muy largo. —Se bajó de la silla—. Tened la bondad de informarme en cuanto recibamos una respuesta de Dorne.

—Como vos digáis, mi señor.

—Y sólo a mí.

—Eh… desde luego.

Las manos llenas de manchas de Pycelle se aferraban a su barba como un hombre que se ahoga se aferraría a una cuerda. El corazón de Tyrion se llenó de alegría.

«Uno», pensó.

Anadeó hacia el patio bajo, con las piernas atrofiadas quejándose en cada uno de los peldaños. El sol ya brillaba alto en el cielo, y el castillo había cobrado vida. Los guardias patrullaban sobre los muros, y los caballeros y guerreros se entrenaban con armas embotadas. Cerca de allí estaba Bronn, sentado en el borde de un pozo. Un par de sirvientas muy atractivas pasaron cerca de él, llevando entre las dos una cesta de mimbre, pero el mercenario ni siquiera las miró.

—Me doy por vencido, Bronn, no hay manera de educarte. —Tyrion señaló a las mujeres—. Tienes delante ese hermoso espectáculo, y tú sólo te fijas en un montón de brutos armando jaleo con sus armas.

—En la ciudad hay cien prostíbulos donde podría comprar todos los coños que quisiera por una moneda de cobre cortada —replicó Bronn—, pero tal vez un día mi vida dependa de cuánto me haya fijado en esos brutos. —Se levantó—. ¿Quién es el chico del jubón a cuadros azules con tres ojos pintados en el escudo?

—Un caballero errante. Se hace llamar Tallad. ¿Por qué?

—Es el mejor de todos. —Bronn se apartó un mechón de pelo de los ojos—. Pero fíjate en éclass="underline" entra en una rutina, siempre que ataca asesta los mismos golpes y en el mismo orden. —Sonrió—. El día que se enfrente a mí, eso será su muerte.

—Ha jurado lealtad a Joffrey. No creo que se enfrente a ti.

Echaron a andar por el patio. Bronn acompasó sus largas zancadas a las cortas de Tyrion. Últimamente el mercenario tenía un aspecto casi respetable. Se había lavado y cepillado el pelo negro, estaba recién afeitado y vestía la coraza negra de los oficiales de la Guardia de la Ciudad. Llevaba sobre los hombros una capa color escarlata Lannister, con dibujos de manos doradas. Tyrion se la había regalado tras nombrarlo capitán de su guardia personal.

—¿Cuántos peticionarios tenemos hoy? —preguntó.

—Treinta y tantos —respondió Bronn—. La mayoría para presentar quejas o suplicar algo. Tu amiga ataca de nuevo.

—¿Lady Tanda? —Dejó escapar un gemido.

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