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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Lamentamos profundamente todo lo que habéis sufrido, mi señora —le dijo Bran cuando entró a presentar sus respetos. Lord Hornwood había muerto en la batalla del Forca Verde, y su único hijo en el Bosque Susurrante—. Invernalia no lo olvidará.

—Me alegra oírlo. —Era una mujer pálida y demacrada, con el dolor dibujado en cada una de las arrugas de su rostro—. Estoy agotada, mi señor. Os agradecería que me permitierais retirarme a descansar.

—Desde luego —dijo Ser Rodrik—. Mañana habrá tiempo de sobra para hablar.

Al día siguiente dedicaron buena parte de la mañana a hablar de cereales, hortalizas y carne en salazón. Una vez los maestres de la Ciudadela anunciaban el comienzo del otoño, los hombres prudentes empezaban a guardar una parte de cada cosecha… aunque la proporción que reservaban era, por lo visto, un asunto que requería de largas discusiones. Lady Hornwood estaba guardando un quinto de las cosechas. A propuesta del maestre Luwin, prometió empezar a guardar un cuarto.

—El bastardo de Bolton está concentrando hombres en Fuerte Terror —les advirtió la dama—. Espero que tenga intención de enviarlos hacia el sur para apoyar a su padre en Los Gemelos, pero cuando le pregunté sobre sus planes me dijo que ninguna mujer podía cuestionar las acciones de un Bolton. Como si fuera un hijo legítimo y tuviera derecho a ese nombre.

—Que yo sepa, Lord Bolton nunca ha reconocido al muchacho —dijo Ser Rodrik—. He de decir que no me lo han presentado.

—No hay mucha gente que lo conozca —dijo ella—. Vivió con su madre hasta hace dos años, cuando murió el joven Domeric y Bolton quedó sin heredero. Entonces fue cuando llevó a su bastardo a Fuerte Terror. Es un muchacho muy, muy taimado, y tiene un criado casi tan cruel como él mismo. Lo llaman Hediondo, dicen que no se baña jamás. El bastardo y el tal Hediondo cazan juntos, y no precisamente ciervos. He oído rumores, historias que casi no puedo creer ni siquiera de un Bolton. Y ahora que mi señor esposo y mi querido hijo han ido a reunirse con los dioses, el bastardo mira mis tierras con ojos hambrientos.

Bran hubiera querido dar a la dama un centenar de hombres que defendieran sus derechos, pero Ser Rodrik se apresuró a intervenir.

—Puede mirarlas, pero si se atreviera a hacer algo más os prometo que recibiría su castigo de inmediato. Estaréis a salvo, mi señora. Aunque quizá, con el tiempo, cuando el dolor sea menos intenso, sería prudente que contrajerais matrimonio de nuevo.

—Mis años de fecundidad ya pasaron —replicó ella con una sonrisa cansada—, y el tiempo se ha llevado la belleza que pude tener, pero ahora los hombres vienen a olisquearme como nunca hicieron cuando era doncella.

—¿Ninguno de esos pretendientes encuentra favor a vuestros ojos? —preguntó Luwin.

—Si Su Alteza lo ordena, me casaré de nuevo —dijo Lady Hornwood—, pero Mors Carroña es un bestia borracho y más viejo que mi padre. En cuanto a mi noble primo de Manderly, el lecho de mi señor no es tan grande para un hombre tan majestuoso, y desde luego yo soy demasiado menuda y frágil para yacer debajo de él.

Bran sabía que, cuando un hombre y una mujer compartían el lecho, él se tendía sobre ella. Dormir debajo de Lord Manderly debía de ser como hacerlo debajo de un caballo caído. Ser Rodrik hizo un gesto de asentimiento comprensivo en dirección a la viuda.

—Tendréis otros pretendientes, mi señora. Os buscaremos alguno que sea más de vuestro agrado.

—Quizá no tengáis que buscar muy lejos, ser.

Una vez se hubo marchado, el maestre Luwin se permitió sonreír.

—Ser Rodrik, creo que la señora se ha fijado en vos.

Ser Rodrik carraspeó, incómodo.

—Estaba muy triste —comentó Bran.

—Triste y dulce —asintió Ser Rodrik—, y no carece de atractivos teniendo en cuenta su edad, pese a lo modesta que es. Pero representa un peligro para la paz en el reino de tu hermano.

—¿Ella? —se sorprendió Bran.

—No tiene heredero directo —le dijo el maestre Luwin—. No faltará quien quiera hacerse con las tierras de los Hornwood. Los Tallhart, los Flint y los Karstark tienen lazos de parentesco con la Casa Hornwood por línea femenina, y los Glover tienen como pupilo al bastardo de Lord Harys en Bosquespeso. Que yo sepa, Fuerte Terror no ha presentado ninguna reclamación, pero sus tierras son limítrofes, y Roose Bolton no es hombre que deje pasar una oportunidad así.

—En circunstancias así —dijo Ser Rodrik retorciéndose los bigotes—, corresponde a su señor encontrar un marido aceptable para ella.

—¿Por qué no os casáis vos con la dama? —preguntó Bran—. Decís que es atractiva, y así Beth tendría una madre.

—Es una idea muy generosa, mi príncipe. —El anciano caballero puso una mano en el brazo de Bran—. Pero yo no soy más que un caballero, y demasiado viejo. Podría defender las tierras de la dama unos cuantos años, pero en cuanto muriese, Lady Hornwood volvería a encontrarse en las mismas circunstancias. Y la propia Beth correría peligro.

—Entonces, que lo herede todo el bastardo de Lord Hornwood —dijo Bran, pensando en su hermanastro Jon.

—Sería una solución satisfactoria para los Glover, y quizá también para el espíritu de Lord Hornwood, pero no creo que le gustara a Lady Hornwood. No es de su sangre.

—Aun así, habrá que considerar esa posibilidad. Como ella misma ha dicho, Lady Donella ya ha dejado atrás sus años de fecundidad. Si no la hereda el bastardo, ¿quién lo hará?

—¿Me disculpáis? —preguntó Bran. Estaba oyendo el sonido del acero contra el acero; los escuderos practicaban con las espadas en el patio.

—Por supuesto, mi príncipe —dijo Ser Rodrik—. Lo habéis hecho muy bien.

Bran se sonrojó de satisfacción. Lo de ser el señor de Invernalia no le había resultado tan aburrido como temía, y la entrevista con Lady Hornwood había sido mucho más breve que la de Lord Manderly, así que aún le quedaban unas cuantas horas de luz para ir a ver a Verano. Siempre que Ser Rodrik y el maestre se lo permitían le gustaba pasar un rato con su lobo a diario.

En cuanto Hodor penetró en el bosque de dioses, Verano salió de debajo de un roble, casi como si supiera que iban a llegar. Bran divisó también una esbelta forma negra que los espiaba entre la maleza.

Peludo —llamó—. Eh, Peludo, ven.

Pero el lobo de Rickon desapareció tan deprisa como había llegado.

Hodor sabía cuál era el lugar favorito de Bran, así que lo llevó al borde del estanque, a la sombra del árbol corazón donde Lord Eddard solía arrodillarse para rezar. Cuando llegaron la superficie del agua estaba agitada por ondas concéntricas, con lo que el reflejo del arciano temblaba y bailaba. Pero no había viento. Durante un instante Bran se quedó desconcertado.

Y, en aquel momento, Osha salió a la superficie lanzando salpicaduras a su alrededor. Emergió de manera tan repentina que hasta Verano retrocedió mientras gruñía, y Hodor dio un salto hacia atrás.

—¡Hodor, Hodor! —gimoteó aterrado, hasta que Bran le dio unas palmaditas en el hombro para calmar sus temores.

—¿Cómo puedes nadar ahí? —preguntó a Osha—. ¿No está muy fría?

—De niña mamaba carámbanos de hielo, chico. Me gusta el frío. —Osha nadó hasta las rocas y salió con gotas de agua deslizándose por su cuerpo. Estaba desnuda, y tenía la carne de gallina. Verano se le acercó con cautela y la olisqueó—. Quería tocar el fondo.

—No sabía que hubiera fondo.

—Puede que no lo haya. —Sonrió—. ¿Qué miras, chico? ¿Es que nunca habías visto a una mujer?

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