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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Walder el Pequeño se dio unos golpes con el guantelete contra la coraza.

—¿Acaso tu lobo tiene dientes de acero y puede atravesar las armaduras y las cotas de malla?

—¡Ya basta! —La voz del maestre Luwin retumbó como un trueno en medio del fragor del patio. Bran no sabía cuánto había oído del enfrentamiento… pero había sido suficiente para ponerlo furioso—. Esas amenazas son improcedentes, no quiero que se repitan. ¿Así te comportas en Los Gemelos, Walder Frey?

—Si me da la gana, sí. —Walder el Pequeño lanzó una mirada llameante a Luwin desde la cima de su corcel, como diciéndole: «No eres más que un maestre, ¿cómo te atreves a reprocharle nada a un Frey del Cruce?».

—Pues no es un comportamiento tolerable para un pupilo de Lady Stark en Invernalia. ¿Cómo ha empezado esto? —El maestre los miró de uno en uno—. Como no me lo diga alguien os juro que…

—Estábamos bromeando con Hodor —confesó Walder el Mayor—. Si hemos ofendido al príncipe Bran lo siento mucho. Sólo queríamos reírnos un rato.

Al menos tuvo la decencia de fingirse avergonzado. En cambio, Walder el Pequeño seguía con gesto terco.

—Yo también. Sólo quería reírme un rato.

Bran vio que al maestre se le estaba poniendo roja la coronilla calva. Luwin estaba aún más furioso que antes.

—Un buen señor consuela y protege al débil y al indefenso —dijo a los Frey—. No toleraré que Hodor sea el blanco de vuestras crueles bromas, ¿comprendido? Es un muchacho de buen corazón, trabajador y obediente, o sea, más de lo que se puede decir de vosotros dos. —El maestre señaló a Walder el Pequeño con el dedo—. En cuanto a ti, ni se te ocurra acercarte al bosque de dioses ni a los lobos, o lo pagarás caro. —Se dio media vuelta bruscamente y echó a andar, pero se detuvo y volvió la vista—. Ven conmigo, Bran. Lord Wyman te está esperando.

—Ve con el maestre, Hodor —ordenó Bran.

—Hodor —dijo Hodor.

Con sus largas zancadas no tardó en alcanzar al airado maestre en las escaleras del Gran Torreón. El maestre les abrió la puerta, y Bran se abrazó al cuello de Hodor y se agachó para entrar.

—Los Walders… —empezó.

—No quiero oír ni una palabra más de eso, tema zanjado. —El maestre parecía agotado e irritable—. Hiciste bien en defender a Hodor, pero no tenías por qué estar en el patio; Ser Rodrik y Lord Wyman ya han desayunado mientras te esperaban. ¿Voy a tener que ir yo mismo a buscarte, como si fueras un niño pequeño?

—No —dijo Bran, avergonzado—. Lo siento mucho. Solamente quería…

—Ya sé qué querías —lo interrumpió el maestre Luwin con voz más amable—. Y ojalá fuera posible, Bran. ¿Quieres hacerme alguna pregunta antes de que empiece la audiencia?

—¿Vamos a hablar de guerra?

—Tú no vas a hablar de nada. —El tono de Luwin volvía a ser seco—. No eres más que un niño de ocho años.

—¡Casi nueve!

—Ocho —repitió el maestre con firmeza—. No quiero que digas nada más que las frases corteses de rigor, a no ser que Ser Rodrik o Lord Wyman te planteen una pregunta.

—De acuerdo —asintió Bran.

—No le voy a contar a Ser Rodrik qué ha pasado entre los Frey y tú.

—Gracias.

Pusieron a Bran en la silla de roble de su padre, con sus cojines de terciopelo gris, ante una larga mesa que era una simple tabla sobre caballetes. Ser Rodrik se sentó a su derecha y el maestre Luwin a su izquierda, con un juego de plumas y tinteros, y una hoja de pergamino en blanco para tomar nota de todo lo que se dijera. Bran pasó una mano por la tosca superficie de la mesa y pidió disculpas a Lord Wyman por llegar tarde.

—Los príncipes nunca llegan tarde —dijo el señor de Puerto Blanco con tono cordial—. Los que están antes que ellos es porque han llegado demasiado pronto. —Wyman Manderly tenía una risa sonora. No era de extrañar que no pudiera montar a caballo, parecía que pesaba mucho más que la mayor parte de los corceles. Y era tan hablador como inmenso era su corpachón. Empezó por pedir a Invernalia que confirmara el nombramiento de los nuevos oficiales de aduanas que había elegido para Puerto Blanco. Los antiguos habían guardado el dinero para Desembarco del Rey, en vez de pagarlo al nuevo Rey en el Norte—. El rey Robb tiene que acuñar una moneda propia —declaró—. Y Puerto Blanco es el lugar idóneo.

Se ofreció para encargarse del asunto, si era la voluntad del rey, y pasó a detallar cómo había fortificado las defensas del puerto, con abundantes datos sobre los costes de cada mejora.

Además de la acuñación de moneda, Lord Manderly proponía a Robb que construyera una flota de guerra.

—No hemos tenido una verdadera armada desde hace cientos de años, cuando Brandon el Incendiario prendió fuego a las naves de su padre. Dadme el oro necesario, y os aseguro que antes de un año dispondréis de galeras suficientes para tomar tanto Rocadragón como Desembarco del Rey.

Al oír hablar de barcos de guerra Bran se sintió más interesado. Nadie le preguntó su opinión, pero la idea de Lord Wyman le parecía excelente. Ya se los podía imaginar. Se preguntó si un tullido habría estado alguna vez al mando de un barco de guerra. Pero Ser Rodrik sólo se comprometió a enviar la propuesta a Robb para que la estudiara, mientras que el maestre Luwin escribía en el pergamino.

El mediodía llegó y pasó. El maestre Luwin envió a Tym Carapicada a las cocinas, y comieron allí mismo a base de queso, capón y pan de avena. Mientras arrancaba la carne del ave con sus gruesos dedos, Lord Wyman hizo unas cuantas indagaciones corteses referentes a Lady Hornwood, que era su prima.

—Nació en la Casa Manderly, ¿lo sabíais? Quizá, una vez supere el pesar, quiera volver a ser una Manderly, ¿eh? —Mordió un trozo de ala y sonrió—. Resulta que soy viudo desde hace ocho años. Ya va siendo hora de que me case de nuevo, ¿no os parece, mi señor? La soledad acaba por pesar mucho. —Tiró los huesos a un lado y cogió un muslo—. Y si la dama prefiere a un hombre más joven, da la casualidad de que mi hijo Wendel también está soltero. Ahora mismo se encuentra en el sur, escoltando a Lady Catelyn, pero no me cabe duda de que, cuando regrese, querrá tomar esposa. Es un muchacho valiente y siempre luce una sonrisa. Justo el hombre que necesita la señora para volver a reír, ¿eh? —Se limpió la grasa de la barbilla con la manga de la túnica.

A través de las ventanas, Bran oía el entrechocar de las armas. El tema de los matrimonios no le interesaba lo más mínimo. «Ojalá pudiera estar en el patio.»

El señor aguardó a que retirasen los platos de la mesa antes de sacar a colación el tema de la carta que había recibido de Tywin Lannister, que tenía prisionero en el Forca Verde a su hijo mayor, Ser Wylis.

—Me ofrece devolvérmelo sin pagar rescate, a condición de que retire a mis hombres del ejército de Su Alteza y jure no seguir combatiendo.

—Por supuesto, le habréis dicho que no —dijo Ser Rodrik.

—Por ese lado no tenéis nada que temer —los tranquilizó el señor—. El rey Robb no tiene vasallo más leal que Wyman Manderly. Pero no querría que mi hijo languideciera en Harrenhal ni un instante más de lo necesario. Es un lugar espantoso. Dicen que está maldito. Yo no me trago esas historias, claro, pero ahí están. No hay más que ver qué le pasó a ese tal Janos Slynt. La reina lo nombró señor de Harrenhal, y su hermano lo hundió. Dicen que lo mandó en barco al Muro. Rezo por que pronto se pueda llevar a cabo un intercambio ecuánime de prisioneros. Sé que Wylis no querría quedar al margen durante el resto de la guerra. Mi hijo es un valiente y tan fiero como un mastín.

Cuando la audiencia terminó, Bran tenía los hombros rígidos de tanto estar sentado en la misma postura. Y aquella noche, justo cuando se disponía a cenar, sonó el cuerno que anunciaba la llegada de otro invitado. Lady Donella Hornwood no acudía con una escolta de caballeros y criados, sino con tan sólo seis hombres de armas muy cansados, con cabezas de alces en sus polvorientos jubones color naranja.

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