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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Claro que sí. —Bran se había bañado cientos de veces con sus hermanas, y también había visto a las criadas en los estanques de agua caliente. Pero Osha era diferente, dura y angulosa en vez de blanda y redondeada. Tenía las piernas nervudas y los pechos planos como dos bolsas vacías—. Tienes muchas cicatrices.

—Me las he ganado todas, de la primera a la última. —Cogió su vestido marrón, de corte recto, y se lo puso por la cabeza.

—¿Luchando contra gigantes? —Osha decía que al otro lado del Muro todavía había gigantes. «Tal vez algún día pueda ver a uno…»

—Luchando contra hombres. —Se ató un trozo de cuerda a modo de cinturón—. Cuervos negros, y muchos. Hasta maté a uno —dijo al tiempo que sacudía el cabello. Le había crecido desde que llegara a Invernalia, ya le cubría las orejas. Parecía menos dura que la mujer que había intentado robarle y asesinarlo en el Bosque de los Lobos—. He oído chismorreos en la cocina acerca de lo que ha pasado hoy entre los Frey y tú.

—¿Quién? ¿Qué chismorreos?

—El niño que se burla de un gigante es un estúpido —replicó la mujer dirigiéndole una sonrisa amarga—, y el mundo en el que al gigante lo defiende un tullido es un mundo loco.

—Hodor no se dio cuenta de que se estaban burlando de él —dijo Bran—. Además, nunca se pelea con nadie. —Recordaba cierta ocasión, cuando era pequeño, en que fue a la plaza del mercado con su madre y con la septa Mordane. Hodor las acompañaba para llevarles los bultos, pero se alejó de ellas, y cuando lo encontraron, unos chicos lo habían arrinconado en un callejón sin salida y lo aguijoneaban con palos. El gigante no paraba de gritar «¡Hodor!», se encogía y se protegía, pero en ningún momento alzó la mano contra los que lo atormentaban—. El septon Chayle dice que tiene un corazón bondadoso.

—Sí —dijo ella—. Y unas manos con las que podría arrancarle la cabeza a cualquiera, si le diera la gana. De todos modos, más vale que se cuide las espaldas cuando ese Walder esté cerca. Y tú también. El grande, ese al que llaman pequeño. El nombre es adecuado. Grande por fuera, pequeño por dentro, y mezquino hasta los huesos.

—No se atrevería a hacerme daño. Diga lo que diga, le tiene miedo a Verano.

—Puede que no sea tan idiota como aparenta. —Osha siempre mostraba precaución cuando los lobos huargos rondaban por los alrededores. El día que la cogieron prisionera, Verano y Viento Gris despedazaron a otros tres salvajes—. O puede que sí. Y eso también podría resultar problemático. —Se recogió el pelo—. ¿Has vuelto a tener los sueños de lobo?

—No. —No le gustaba hablar de los sueños.

—Un príncipe debería aprender a mentir mejor. —Osha se echó a reír—. Bueno, tus sueños son asunto tuyo. Lo mío es la cocina, más vale que vuelva allí antes de que Gage empiece a gritar y a blandir su cucharón de madera. Permiso para retirarme, mi príncipe.

«No debería haberme recordado lo de los sueños de lobo», pensó Bran mientras Hodor lo subía por las escaleras que llevaban a su dormitorio. Luchó contra el sueño tanto como pudo, pero al final se apoderó de él, como siempre. Aquella noche soñó con el arciano. El árbol lo miraba con sus ojos color rojo oscuro, lo llamaba con su boca de madera, y de entre sus ramas blancas salió revoloteando el cuervo de tres ojos, para picotearle la cara y chillar su nombre con graznidos agudos como espadas.

Lo despertó el sonido del toque de los cuernos. Bran se dio media vuelta, agradecido por el alivio que suponía el fin del sueño. Oyó gritos vociferantes y cascos de caballos.

«Llegan más invitados, y encima parecen medio borrachos.» Se agarró a las barras para ayudarse, salió de la cama y se dejó caer en el asiento situado bajo la ventana. El estandarte de los recién llegados representaba un gigante con unas cadenas rotas, de manera que eran hombres de la Casa Umber, de las tierras norteñas más allá del río Último.

Al día siguiente recibió en audiencia a dos de ellos: los tíos del Gran Jon, hombres tempestuosos ya en el invierno de sus vidas, con barbas tan blancas como las capas de piel de oso que vestían. En cierta ocasión un cuervo había dado por muerto a Mors y le sacó un ojo, así que llevaba en su lugar un trozo de vidriagón. Según los cuentos de la Vieja Tata, había agarrado al cuervo y le había arrancado la cabeza de un mordisco, de manera que lo apodaban Carroña. En cambio, la Tata nunca le había dicho a Bran por qué el apodo de Hother, su huesudo hermano, era Mataputas.

No habían hecho más que sentarse cuando Mors pidió permiso para casarse con Lady Hornwood.

—El Gran Jon es la mano derecha del Joven Lobo, eso lo saben todos. ¿Quién mejor para proteger las tierras de la viuda que un Umber, y qué Umber mejor que yo?

—Lady Donella todavía está llorando su pérdida —dijo el maestre Luwin.

—Yo llevo debajo de estas pieles la cura para sus lágrimas —rió Mors.

Ser Rodrik le dio las gracias con toda cortesía y le prometió que presentaría su solicitud a la consideración de la dama y del rey.

Hother quería barcos.

—Los salvajes bajan del norte a robar, son más de los que había visto nunca. Cruzan en sus botes la Bahía de las Focas y llegan a nuestras orillas. Los cuervos de Guardiaoriente son pocos, no pueden detenerlos, y ellos son rápidos como comadrejas. Sí, lo que nos hacen falta son barcoluengos, y hombres fuertes para tripularlos. El Gran Jon se llevó a demasiados de los nuestros. La mitad de las cosechas se utilizarán como simiente por falta de brazos que manejen las guadañas.

—Disponéis de buenos bosques de pino y roble antiguo. —Ser Rodrik se tironeó de los bigotes—. Lord Manderly tiene calafateadores y marineros en abundancia. Juntos podríais echar a la mar los barcos necesarios para proteger las costas de ambos.

—¿Manderly? —bufó Mors Umber—. ¿Ese saco de sebo? Hasta su pueblo se burla de él, Lord Lamprea lo llaman. ¡Pero si no puede casi ni andar! Si le clavara una espada en la barriga saldrían reptando diez mil lampreas.

—Está gordo —reconoció Ser Rodrik—. Pero no es ningún idiota. Trabajaréis con él, o tendréis que explicar los motivos al rey.

Y, para asombro de Bran, los belicosos Umber accedieron a hacer lo que se les ordenaba, aunque no sin refunfuños.

Mientras estaban en la audiencia llegaron los Glover de Bosquespeso, y también el numeroso grupo de los Tallhart de la Ciudadela de Torrhen. Galbart y Robett Glover habían dejado Bosquespeso en manos de la esposa de Robett, pero el que acudió a Invernalia fue su mayordomo.

—Mi señora os ruega que disculpéis su ausencia. Sus hijos aún son demasiado pequeños para un viaje tan largo, y no ha querido separarse de ellos.

Bran no tardó en darse cuenta de que quien gobernaba de verdad en Bosquespeso era el mayordomo, no Lady Glover. Reconoció ante ellos que en esos momentos sólo estaba guardando una décima parte de las cosechas. Les aseguró que un mago errante le había dicho que habría un verano de las almas con cosechas abundantes antes de que llegara el invierno. El maestre Luwin hubiera podido explicarle una serie de cosas acerca de los magos errantes. Ser Rodrik le ordenó que empezara a reservar un quinto de las cosechas, y luego lo interrogó a fondo acerca del bastardo de Lord Hornwood, Larence Nieve. En el norte, todos los bastardos de noble cuna llevaban el apellido Nieve. Aquel muchacho tenía cerca de doce años, y el mayordomo alabó su inteligencia y su valor.

—Tu idea acerca del bastardo es interesante, Bran —le dijo más tarde el maestre Luwin—. Creo que algún día serás un buen señor de Invernalia.

—No, no quiero. —Bran sabía que no sería un señor jamás, igual que tampoco sería un caballero—. Me habéis dicho que Robb se va a casar con una chica de la Casa Frey, y los Walders también me lo han dicho. Tendrá hijos, y ellos serán los señores de Invernalia después de Robb, no yo.

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