El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Cuando empezó la reunión, Richard se quedó de pie, tenso, en el cuarto de estar, mientras los demás pasaban a una mesa grande de comedor, de madera oscura. DeMeo se sentó dando la espalda a Richard, que observaba cuidadosamente lo que sucedía, como un juez de silla observa un partido en un torneo. No oía bien lo que se decía. John Gotti expuso con volubilidad su postura, Roy la suya, Dellacroce manifestó su opinión, y al poco todos se dieron la mano. Habían llegado a un acuerdo. Richard se daba cuenta de que los Gotti desconfiaban de DeMeo. ¿Acaso no tenían motivos? No era ningún secreto que Roy había convertido la trastienda del Gemini Lounge en un verdadero matadero; que DeMeo y su cuadrilla asesinaban a docenas de personas, las descuartizaban y se deshacían de los trozos de los cadáveres por todo Brooklyn. Gotti consideraba que DeMeo era un monstruo descontrolado que acabaría acarreando problemas a toda la familia con todos aquellos asesinatos.
Fuera cual fuera el tema de la disputa, Richard veía con claridad que se había resuelto en paz. La reunión no tardó en terminar. DeMeo y Richard se marcharon. En el coche, volviendo de nuevo al Gemini, DeMeo dijo:
– No se puede fiar uno de ese jodido de Gotti. Fíjate en lo que te digo: va a dar problemas. No me gusta. Se cree que es la leche, y no es nadie. Ni siquiera sería hombre hecho, si no hubiera sido por Dellacroce.
Richard se limitaba a escuchar. Cuando llegaron al Gemini, no entró en el club. Sabía que estaban dentro los hombres de DeMeo, y no quería tratarse con ellos. DeMeo agradeció a Richard que le hubiera acompañado, lo abrazó y lo besó, y acto seguido Richard se puso en camino hacia la casa, con la sensación visceral de que algún día habría problemas, en efecto, por causa de John Gotti. Aquello se veía con claridad en los ojos de Gotti, en su manera de moverse, en sus posturas, hasta en su manera de gesticular con las manos. Richard pensó que era como una tormenta dispuesta a desencadenarse.
Por entonces Richard ya no volvía nunca a su casa directamente. Siempre daba rodeos, salía a veces de repente de la carretera y se esperaba a que lo adelantaran los demás coches. No quería que lo siguiera nadie. No quería que nadie supiera dónde vivía. Richard quería, por encima de todo, proteger a su familia, mantenerla apartada del mundo de la calle y de sus actividades.
Barbara seguía sin tener idea de a qué se dedicaba Richard, de que era uno de los asesinos más eficientes que se habían conocido jamás en el crimen organizado. Pero una vez encontró en el garaje una pistola envuelta en un trapo, en un estante alto. La dejó donde estaba sin decirle nada siquiera; no sabía bien cómo iba a reaccionar.
36
Richard seguía teniendo arrebatos de mal humor y maltratando a Barbara. Solía llegar a casa de mal humor y entablar una discusión con Barbara por cualquier tontería sin importancia; ella le replicaba, él perdía los estribos y provocaba daños: le daba bofetadas, soltaba maldiciones, rompía cosas con su fuerza sobrehumana.
Barbara había comprado una mesa de comedor preciosa. Era de grueso mármol italiano, con patas macizas también de mármol. Había costado una fortuna, pero ella la quería, y la compraron. A Barbara se le concedían todos los caprichos. La mesa era tan pesada que tuvieron que meterla en la casa e instalarla donde la quería Barbara entre cuatro hombres fuertes. Una tarde, Richard llegó a casa de mal humor. Barbara y él se enzarzaron y se pusieron a discutir. El empezó a perder los estribos. Quería abofetearla, retorcerle el cuello, estamparla contra la pared. Pero en vez de hacerle daño, levantó en vilo la hermosa mesa de comedor de mármol y la arrojó a través del hermoso ventanal que daba a la calle.
Barbara, atónita, lo increpó, sin tener idea de lo peligroso que era en realidad, sin saber con quién estaba discutiendo.
Fíjese, estamos hablando de una mesa que tuvieron que meter en casa entre cuatro hombres. El la levantó como si nada y la tiró por la ventana, contó ella más tarde, sacudiendo la cabeza al evocar el recuerdo, fumando.
Por desgracia, estos estallidos se producían delante de Merrick y de Chris, aunque no de Dwayne. Era Merrick la que solía tranquilizar a su padre. Ejercía sobre él un efecto calmante. Le hablaba con voz suave, lo convencía de que saliera de la casa, de que la llevara a echar de comer a los patos.
En la población de Demarest (donde nació y se crio Pat Kane), a diez minutos en coche, había un estanque pequeño en el centro de un parque. Se llamaba estanque de Harworth. Allí se reunían siempre bandadas de patos silvestres. A Richard le gustaba ir a aquel estanque tranquilo a echar de comer a los patos. Compraba pan en una tienda de allí cerca, se sentaba en un banco verde del parque, cerca de la orilla del agua tranquila, y daba de comer a los patos. Solía llevarse a Merrick, y entre los dos echaban a los patos trocitos de pan, que las aves se tragaban rápidamente; y, allí sentados, Merrick tranquilizaba a su padre, le hablaba de su infancia, le hacía olvidar su ira contra Barbara, su ira contra el mundo. Por algún motivo insondable, Merrick ejercía sobre su padre un efecto muy tranquilizador y calmante. Chris no solía hacer esto con su padre, pero Barbara sí que solía ir también allí acompañando a Richard. A ambos les gustaba sentarse en el banco, cerca del estanque tranquilo, echando de comer a los diversos patos, hablando en voz baja… en paz. El estanque tranquilizaba verdaderamente a Richard. Los patos ya lo conocían y se acercaban a él en cuanto lo veían.
Chris, hija de Richard, se fue retrayendo más y más dentro de sí misma, apartándose de su padre, apartándose de la familia. A Chris la trastornaban y la debilitaban mucho las discusiones y la violencia.
Chris era ya una niña de doce años muy atractiva. Tenía el cuerpo largo y esbelto; el pelo rubio largo y espeso, y una cara dulce, en forma de corazón, con grandes ojos azules. Una tarde de verano, Barbara y Richard discutían después de la cena y él empezó a romper cosas. Chris se levantó en silencio y se marchó de la casa. No soportaba la violencia, los gritos, el mal genio de su padre, la «bocaza» de su madre, como la consideraba ella; y fue a sentarse en un banco de madera cerca de la parada del autobús, intentando pensar qué hacer, con quién hablar, dónde encontrar ayuda, dónde dirigirse.
Chris había creído al principio que todos los padres discutían, que sin duda todos los padres hacían trizas la casa; pero ahora sabía que no era así en absoluto, que su padre era singular y que también su madre lo era. Seguía allí sentada mientras anochecía por momentos y empezaban a aparecer las luciérnagas. Un hombre que iba en una furgoneta roja se detuvo, la saludó, se ofreció a llevarla a donde fuera.
– No voy a ninguna parte -dijo Chris a media voz, sabiendo que no debería hablar con desconocidos. Barbara le había advertido muchas veces que no debía hablar con desconocidos.
– ¿Quieres venir a dar un paseo? -le preguntó el hombre. Tenía treinta y tantos años, pelo rubio, era atractivo, parecía agradable; parecía… interesarse por ella.
– Sí, vale -dijo ella; y se subió a la furgoneta con el desconocido, sabiendo que no debía hacerlo, sabiendo que sus padres se enfadarían, que la castigarían con severidad por haber hecho una cosa así; pero no le importaba. Estaba asumiendo el control; era dueña de sus actos, y se acabó.
Chris no tardó mucho rato en descubrir qué era lo que interesaba exactamente al hombre rubio. Este le preguntó si quería ir con él a un lugar apartado que conocía, para «hacer cositas».
– Vale -dijo ella, aun antes de darse cuenta de que lo había dicho. El hombre la llevó a un pequeño claro de un bosque cercano y se puso a besarla. Ella se lo permitió sin presentar resistencia. El hombre la llevó a la parte trasera de la furgoneta, la desvistió y mantuvo con ella relaciones de todo tipo, incluso el coito, mientras ella se lo permitía de buena gana. Aquel era el modo que tenía Chris de asumir el control de su vida. Su cuerpo era suyo y solo suyo; nadie se lo podía quitar, y ella estaba dispuesta a usarlo, a dejar que lo usaran, como ella quisiera. No disfrutó ni mucho menos con lo que estaba haciendo, con lo que el hombre la obligaba a hacer. Lo hacía para reafirmarse en su propia individualidad, para rebelarse. Chris sabía que si su padre veía una cosa así, lo más probable es que la matara, y al hombre lo haría pedazos, literalmente. Pero no le importaba.