El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Gracias a la insistencia de Nino Gaggi, al flujo inagotable de hermosos fajos de billetes de cien dólares que enviaba DeMeo a Gaggi y a Castellano y al asesinato de Vinnie el Lelo, Paul Castellano cedió por fin y accedió a «hacer» a DeMeo. Aquella primavera, Castellano estaba «abriendo los libros» y permitiendo el acceso a nuevos miembros, entre los que se contaba Roy DeMeo.
Para DeMeo, aquello era como recibir un doctorado después de una vida dedicada al estudio. Era la culminación de su vida, lo que siempre había deseado, un sueño hecho realidad. Según la costumbre establecida, se comunicó a todos los «hombres hechos» de todas las fámilias la noticia de que a Roy DeMeo lo iban a arreglar, y si alguien conocía algún impedimento para que a DeMeo lo «hicieran», debía decirlo, hacérselo saber a los Gambino. Nadie dijo nada en contra del ingreso de DeMeo.
La ceremonia, sencilla aunque muy seria, se celebró en el sótano acondicionado de un teniente de los Gambino que vivía en la calle Diecisiete Bay, en Bensonhurst. Estuvieron presentes Castellano y Gaggi, DeMeo y el veterano Jimmy Esposito. Gaggi hacía de patrocinador de DeMeo, naturalmente. Se celebró la ceremonia; se hizo un pequeño corte a DeMeo en el dedo hasta extraerle sangre, se pronunció el juramento, todo con una solemnidad cómica. Gaggi y Castellano besaron a DeMeo en las dos mejillas y le dieron un gran abrazo de oso, y DeMeo se convirtió oficialmente, formalmente, en miembro «hecho» de la familia Gambino del crimen organizado… en sgarrista.
Después tomaron una larga cena de cuatro platos en el Tomasos, en la calle Ochenta y Seis. Tras la cena hubo brindis y más abrazos y besos, y Roy DeMeo se marchó camino del Gemini, en la carretera Belt Parkway, convertido ya en «hombre hecho».
Sabía que a partir de entonces se le abrirían muchas puertas. Recibiría por fin el respeto y el temor que había anhelado siempre. Ahora podía ir ascendiendo por el escalafón. DeMeo tenía planes grandes y optimistas: tener su propia cuadrilla, llegar a capo y, quizá, hasta llegar con el tiempo a jefe de la familia. ¿Por qué no? DeMeo se consideraba más hábil que cualquier otro miembro de la familia Gambino, o incluso que cualquiera de cualquier otra familia. Y además, él era implacable, un asesino frío, lo que constituía un atributo muy necesario para ascender en el crimen organizado en Nueva York.
La reputación de DeMeo como asesino ya se había extendido por todas partes. Se le consideraba el ejecutor oficial de la familia Gambino, su mano mortal. Ninguna otra cuadrilla de los Gambino (había veinte en total) podía compararse siquiera con la banda de asesinos en serie de Roy DeMeo. Y Richard Kuklinski siempre estaba allí dispuesto, en un segundo plano, como un espíritu sobrenatural y malévolo dispuesto a salir de las sombras y a sembrar la confusión cuando lo convocaba DeMeo.
Richard Kuklinski era el Luca Brasi [7] de Roy DeMeo.
Aquella noche hubo otra fiesta en el Gemini Lounge. Acudieron todos los hombres de DeMeo. Se abrieron botellas de champán caro y se pronunciaron muchos brindis. En la mesa de la cocina había montones relucientes de cocaína para que se sirviera quien quisiera. Se había hecho venir a varias mujeres de vida alegre para animar la velada, para que hicieran un espectáculo lésbico y practicaran felaciones maestras. Por entonces no existía todavía el problema del sida y las mujeres se lo tragaban todo tranquilamente.
Roy se consideraba todo un galán; no se llevaba bien con su mujer, era muy lascivo y aquella noche le hicieron un trabajo doble: dos mujeres le chuparon y le lamieron el pene y los testículos a la vez. «Una mamada doble», como lo llamaba su cuadrilla.
Qué bella era la vida. Roy DeMeo esperaba mucho de la vida y era un hombre muy feliz. Era «hombre hecho». Estaba en la cumbre del Everest. Llegó, vio y venció.
Las drogas eran uno más entre los múltiples problemas que empezaban a acosar a la cuadrilla del Gemini. Henry Borelli, Chris Goldberg, Joey Testa y Anthony Senter tomaban mucha cocaína. Anthony Senter se estaba quedando escuálido, paranoico, y ya no era de fiar. La cuadrilla del Gemini, por sus éxitos anteriores, había llegado a creerse que nada podría hacerles daño, ni la Policía, ni el FBI, ni mucho menos otra cuadrilla mañosa u otra familia del crimen organizado. Eran invencibles. Eran como Asesinato, S. A., y la Banda Roja, todo en uno, los reyes de una montaña cubierta de cadáveres descuartizados.
Roy DeMeo ya caminaba contoneándose como si midiera tres metros, como si fuera el rey de Brooklyn, con su cabeza de huevo, del tamaño de una sandía, llena a rebosar del gran concepto que tenía de sí mismo. Mataba o había matado con despreocupación a todo el que se interponía en su camino, a todos los que él consideraba que podían darle problemas, a todos los que le faltaban al respeto, a todos los que consideraba una amenaza, una fuente de disgustos. No corría riesgos.
– Los muertos no hablan -decía. Cuando tenía el menor conflicto con alguien, su solución era matarlo. Como Richard, se comportaba como si tuviera el derecho divino de matar a los seres humanos. Pero, a diferencia de Richard, Roy DeMeo se había rodeado de un puñado de asesinos en serie psicóticos y llenos de cocaína, lo que acabaría por resultar un grave error de juicio.
Richard salió de su casa con una bolsa de papel de estraza arrugada llena de dinero para DeMeo; era la parte que correspondía a este del negocio de la pornografía. Ya eran socios en toda regla.
También Richard sabía que DeMeo era ya hombre hecho, que ya no era un picciotto sino todo un sgarrista. Sabía también que DeMeo tenía planes grandiosos. Richard creía que DeMeo ascendería rápidamente dentro de la familia Gambino, que al cabo de unos cuantos años tendría su propia cuadrilla aprobada por la familia. Pero Richard creía firmemente que DeMeo era demasiado temperamental, que era un maníaco descontrolado, que tenía un genio demasiado vivo como para durar y llegar hasta donde podría llegar por sus dotes. Creía también que, tarde o temprano, la cuadrilla de locos de DeMeo (como los consideraba él) acabarían por quemar el puente que se estaba construyendo DeMeo.
Richard seguía pensando en matar a DeMeo cuando llegara el momento oportuno. Que DeMeo fuera «hombre hecho» no se lo impediría. De hecho, nada se lo impediría. Era cuestión de tiempo; tenían que cumplirse todas las circunstancias oportunas. Richard había llegado a descubrir que no importaba quitarse de en medio a un «hombre hecho», con tal de que nadie se enterara. Asesinar a un «hombre hecho» sin que el golpe estuviera aprobado, y permitir que alguien se enterara, era un billete de ida a la tumba, una muerte segura.
Richard abrazó y besó a DeMeo en el club, le felicitó con efusión, representando el papel de amigo leal, de buen socio: hizo una actuación digna de un Oscar. Richard entregó a Roy su parte del dinero. Se portaba con DeMeo con honradez escrupulosa. Se aseguraba de pagarle hasta el último dólar que le correspondía.
Para sorpresa de Richard, Roy le invitó a ir de pesca en su barca, un nuevo juguete del que DeMeo estaba orgulloso. Hacía buen día, a Richard le gustaba la pesca, y accedió a ir. Tomaron el Cadillac de DeMeo y fueron al puerto deportivo próximo de la Bahía de Sheepshead. Los asesinos en serie Chris Goldberg, Joeh Testa y Anthony Senter ya estaban esperando a Roy en el puerto. Iba con ellos un cuarto tipo, un tal Bob, al que Richard no conocía. Se hicieron las presentaciones. Subieron al barco, una barco de motor blanco y reluciente de diez metros de eslora, provisto de algunas cañas de pescar, y zarparon. DeMeo se había llevado una caja grande de emparedados italianos gigantes, trozos de provolone y de mozarela, y gruesas lonchas de pepperoni. Saltaba a la vista que a DeMeo le encantaba su barco y que estaba orgulloso de éclass="underline" era como un chico con una bicicleta nueva, con la mejor bicicleta del barrio, la envidia de todos. El cielo estaba despejado y muy azul. Hacía un calor poco común para la estación y el mar estaba en calma y acogedor. Cuando se hubieron hecho a la mar, DeMeo puso el motor a las máximas revoluciones y salieron directamente hacia alta mar. Richard se sentó a disfrutar del paseo, del aire fresco. Aunque los tipos de Roy todavía no habían llegado a apreciar a Richard, ni él a ellos, habían aprendido a aceptarlo; pero lo miraban con desconfianza.
[7] Luca Brasi: Personaje de la novela El Padrino, de Mario Puzo, así como de la película del mismo título. (TV. del T.)