El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– ¿Cómo le va? -preguntó Richard, mirándolo desde su altura mayor, con una sonrisa tensa.
– Ah, bien.
– Ya hemos coincidido antes.
– Ya lo sé.
– ¿Me está siguiendo? -preguntó Richard al hombre, volviéndose hacia él.
– No, ¿y usted a mí? -le preguntó el tipo.
– No. Estoy haciendo un trabajo, eso es todo. Usted no tiene nada que ver.
– Lo mismo hago yo.
– ¿Está seguro de que su asunto no tiene nada que ver conmigo?
– Segurísimo. ¿Y el suyo conmigo?
– De ninguna manera.
Los dos se miraron fijamente.
– De acuerdo.
– De acuerdo.
Los dos terminaron de orinar y se lavaron las manos. Richard tendió su mano a aquel tipo y se saludaron con un apretón de manos.
– De acuerdo -dijo-. Buena suerte.
– Lo mismo le deseo -dijo el otro, y se separaron.
Richard tenía la extraña capacidad de detectar inmediatamente a otros asesinos a sueldo. Conocía a fondo sus movimientos, su aspecto, sus ojos, sus gestos, y era capaz de detectar a otro asesino a un kilómetro, con un ojo cerrado y sin dudarlo; y estaba seguro de que aquel tipo pequeño estaba acechando a alguien para matarlo. Hasta llegó a ponerse en contacto con la gente que le había dado aquel encargo para preguntar si se lo habían encargado también a alguien más. Le aseguraron que no.
Hum.
Varios días más tarde, Richard estaba sentado en su furgoneta (por entonces solía usar sobre todo la furgoneta para acechar a las víctimas). Llevaba el rifle para dardos y cuatro dardos cargados de tranquilizante para animales. Si la víctima era fiel a sus costumbres, no tardaría en presentarse en el hotel. Richard pensaba apoderarse de él en el mismo aparcamiento, si las circunstancias lo permitían. Aquel día hacía calor. Richard tenía sed. Ya se había bebido los refrescos que había traído de su casa, y se había comido un emparedado de pavo con pan de centeno que le había preparado Barbara. Oyó la conocida musiquilla con la que anuncian su llegada las furgonetas de venta de helados y refrescos de la marca Mister Softee. Vio por el retrovisor que la furgoneta blanca venía despacio hacia él. Se bajó de su furgoneta e hizo señas al heladero, con la ancha frente llena de sudor. Se acercó al mostrador y se quedó atónito al ver que en la furgoneta de helados de Mister Softee iba el tipo del cuarto de baño.
– Otra vez usted -dijo Richard, divertido, aunque desconfiado y en guardia.
– Otra vez usted -dijo el tipo.
– ¿A qué se dedica? -le preguntó Richard.
– Me dedico a esto. Soy el heladero de Mister Softee. Utilizo la furgoneta para hacer, ya sabe, vigilancia; para seguir a la gente -dijo.
– ¿De verdad? ¡Muy listo, joder! -dijo Richard, impresionado, admirado de la originalidad de la idea. ¿Quién iba a sospechar de un heladero de Mister Softee? Genial.
– ¿Sigue trabajando? -le preguntó aquel heladero.
– Así es.
– ¿Quería alguna cosa?
– Sí, ¿me da una coca-cola?
– Claro -dijo el otro, y dio al Richard un bote frío de coca-cola. Richard hizo ademán de pagar.
– Es por cuenta de la casa.
– Esto me gusta -dijo Richard-. Gran idea. Esto sí que es camuflarse.
– Me llamo Robert, Robert Pronge -dijo el hombre, tendiéndole la mano.
– ¿Cómo te va? Yo soy Richard -respondió este; y se dieron la mano de nuevo.
– Es curioso cómo nos topamos el uno con el otro -dijo Richard.
– Yo guardo la furgoneta en un garaje aquí cerca. Así que, ¿estás haciendo un trabajo?
– Sí. El tipo es muy difícil de alcanzar.
– ¿Va en coche?
– Sí.
– Pues usa el coche…
– No puede ser así… el encargo tiene requisitos especiales.
– Entendido. Mira, si te puedes pasar por el garaje, te enseñaré unas cosas interesantes.
Voy ahora mismo. Te sigo -dijo Richard, y se subió a su furgoneta y, lleno de curiosidad, aunque en guardia, siguió a Pronge hasta un garaje de un barrio tranquilo de North Bergen.
Pronge dejó la furgoneta en el garaje y abrió un armario gris destartalado que estaba en un rincón del fondo del mismo garaje. Estaba lleno de armas: rifles, pistolas, granadas de mano, cajas de munición. Richard se quedó impresionado. No había oído hablar nunca de un heladero que se dedicara a matar gente. ¿Qué mejor disfraz que aquel? El hombre enseñó a Richard una granada de mano que tenía preparada para detonarla por control remoto. Resultaba que Robert Pronge también era asesino a sueldo.
– Lo que hago -le explicó Pronge- es poner la granada bajo el asiento del conductor del coche, y detonarla en el momento oportuno. El mando a distancia un radio de acción de unas dos manzanas.
– Muy listo -dijo Richard. Vio allí una botella de veneno.
– Veo que utilizas veneno.
– Desde luego. Lo uso siempre que es posible. He preparado un espray, pero hay que tener mucho cuidado con el viento al usarlo.
– ¿Cómo que un espray?
– He mezclado cianuro con DMSO [dimetil sulfóxido, un disolvente que se absorbe fácilmente por la piel] y lo he metido aquí explicó, enseñando a Richard un bote de espray blanco muy resistente.
– ¿Funciona?
– Desde luego que sí, joder. Mira esto -dijo el otro, claramente orgulloso de su invento.
Había por ahí un gato callejero rondando por los botes de basura. Pronge se acercó al gato haciendo como que le iba a dar algo de comer. Cuando estuvo lo bastante cerca, comprobó la dirección del viento, contuvo la respiración, echó espray al gato en la cara y retrocedió rápidamente. El gato cayó inmediatamente, moribundo.
– ¡Increíble, joder! -dijo Richard-. No sabía que existiera una cosa así. ¿Funciona con un ser humano?
– Desde luego que sí, coño -dijo Pronge. Y los dos se pusieron a compartir anécdotas y experiencias sobre cómo mataban a la gente. Que Richard Kuklinski y Robert Pronge se hubieran conocido era una coincidencia entre un millón. Aquello parecía una especie de plan diabólico en el que hubiera intervenido Satanás.
Robert Pronge había sido militar de Operaciones Especiales. Tenía una pasión en la vida: matar a gente. Tenía treinta y seis años. Era un tipo con una mente extremadamente diabólica; un hombre aparentemente normal que llevaba una furgoneta de helados, pero que en realidad era un psicópata desequilibrado. Richard diría más tarde de éclass="underline" Los dos hombres más peligrosos que he conocido en mi vida eran Roy DeMeo y Mob Pronge. Pronge estaba completamente loco. Roy, al menos, tenía alguna apariencia de normalidad; pero Pronge estaba ido, ido… era increíblemente peligroso. Mucho más peligroso que Roy.
Robert Pronge era un asesino obseso. Odiaba al mundo, a todos sus habitantes, y casi todas las horas que pasaba despierto las dedicaba a diseñar maneras nuevas y originales de asesinar a la gente. Tenía en su garaje montones de revistas sobre Operaciones Especiales y sobre supervivencia; cajas de libros sobre cómo matar a la gente… sobre el empleo de los explosi vos, los venenos, las trampas, las pistolas, los rifles de visión nocturna.
Pronge, como Richard, llevaba a cabo contratos para la Mafia, y los dos se entendieron como si fueran parientes que llevaran mucho tiempo sin verse. A Richard le cayó bien Pronge enseguida, y a este le cayó bien Richard. Después de pasar algún rato intercambiando experiencias, Richard dijo que tenía que volver al trabajo, y se marchó después de haber quedado en volver a verse pronto con Pronge.
La tarde siguiente, Richard consiguió aparcar su furgoneta cerca del Lincoln de la víctima. Tenía a mano el rifle con dardos tranquilizantes. Había practicado con el rifle y estaba seguro de dar en el blanco a poca distancia. Algo después de la medianoche, la víctima salió del hotel y se dirigió a su coche. Cuando llegaba al vehículo, Richard le disparó el dardo, que se le clavó en la nalga izquierda. El hombre, sobresaltado, se volvió, buscó su arma, pero no llegó a alcanzarla. Cayó redondo. Richard lo recogió, lo echó a la furgoneta, le esposó las manos y los pies, lo amordazó con cinta adhesiva y partió camino de las cuevas del condado de Bucks, en Pensilvania.