Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
Marianne entró en la casa con el corazón henchido de emoción por saberse a sólo ochenta millas de Barton y a no más de treinta de Combe Magna; y antes de haber estado quince minutos entre sus muros, mientras los demás ayudaban a Charlotte, que deseaba mostrarle el niño al ama de llaves, salió de nuevo, escabulléndose por los sinuosos senderos entre los arbustos que recién comenzaban a reverdecer, para alcanzar un montículo distante; y allí, desde un templete griego, su mirada, recorriendo una amplia zona de campiñas hacia el sudeste, pudo posarse tiernamente en las lejanas colinas recortadas contra el horizonte e imaginar que desde sus cumbres se alcanzaría a ver Combe Magna.
En tales momentos de preciosa, incomparable angustia, se embriagó en lágrimas de agonía por estar en Cleveland; y al volver por caminos diferentes a la casa, sintiendo el feliz privilegio de gozar de la libertad del campo, de deambular de un lugar a otro en una soberana y lujosa soledad, resolvió entregarse la mayor parte de las horas de todos los días que permanecería con los Palmeral placer de estos vagabundeos solitarios.
Volvió justo a tiempo para unirse a los demás en el momento en que salían de la casa en una excursión por las inmediaciones; y el resto de la mañana pasó rápidamente mientras paseaban con toda calma por el huerto, examinando las enredaderas en flor sobre los muros y escuchando al jardinero lamentarse por las plagas; recorrieron sin apuro el invernadero, donde la pérdida de sus plantas favoritas, incautamente expuestas _y quemadas por las heladas, hicieron reír a Charlotte; y visitaron el corral de aves, donde encontró nuevos motivos de regocijo en las rotas esperanzas de la moza: gallinas que abandonaban sus nidos, o se las robaba un zorro, o nidadas de prometedores polluelos que morían antes de tiempo.
Como la mañana había estado hermosa y sin humedad en el aire, Marianne, con sus proyectos de pasar la mayor parte del tiempo afuera, no pensó que el clima podría cambiar durante su permanencia en Cleveland. Fue una gran sorpresa, entonces, encontrar que una tenaz lluvia le impedía salir después de la cena. Había confiado en un paseo vespertino al templete griego, y quizá por todo el lugar, y un anochecer nada más que frío o húmedo no la habría disuadido; pero una lluvia densa y persistente ni siquiera a ella podía parecerle un clima seco y agradable para una caminata.
Los de la casa formaban un grupo pequeño, y las horas fueron pasando tranquilamente. La señora Palmer tenía a su hijo y la señora Jennings sus bordados; hablaron de los amigos que habían dejado atrás, organizaron los compromisos de lady Middleton y varias veces se preguntaron si el señor Palmer y el coronel Brandon llegarían más allá de Reading esa noche. Elinor, aunque con escaso interés en la conversación, participaba en ella; y Marianne, que tenía el don de arreglárselas en cualquier casa para llegar a la biblioteca, sin importar. cuánto la evitara la familia en general, muy pronto se agenció un libro.
La señora Palmer no escatimaba nada que su constante buen humor y espíritu amistoso pudieran ofrecer para que sus invitadas se sintieran bien acogidas. La franqueza y cordialidad de su trato más que compensaba por esa falta de compostura y elegancia que a menudo la hacía fallar en las formalidades de la cortesía; conquistaba con su afabilidad, acreditada por su rostro tan lindo; sus necedades, aunque evidentes, no desagradaban porque no era presuntuosa; y Elinor le habría podido perdonar cualquier cosa, salvo su r isa.
La llegada de los dos caballeros al día siguiente, a una cena muy tardía, aportó un grato aumento de la concurrencia y una muy bienvenida variación en las conversaciones, que una larga mañana bajo la misma lluvia sostenida había reducido a niveles muy bajos.
Elinor había visto tan poco al señor Palmer, y en ese poco había visto tanta diversidad en su trato a su hermana y a ella misma, que no sabía qué esperar de él al encontrarlo en su propia familia. Lo que encontró, sin embargo, fue un comportamiento perfectamente caballeroso hacia todos sus invitados, y sólo en ocasiones áspero con su esposa y la madre de ella; lo encontró muy capaz de ser una grata compañía, y lo único que le impedía serlo siempre era una excesiva capacidad de sentirse tan superior a la gente en general como debía creerse con respecto de la señora Jennings y de Charlotte. En cuanto a los restantes aspectos de su carácter y hábitos, no mostraban, hasta donde Elinor alcanzaba a percibir, ningún rasgo inusual en personas de su sexo y edad. Le gustaba una buena mesa, pero no solía llegar a la hora; quería a su hijo, pero fingía desdén; y haraganeaba en la mesa de billar durante las mañanas en vez de dedicarlas a los negocios. En conjunto, sin embargo, a Elinor le gustaba mucho más de lo que había esperado, y en su corazón no lamentaba que no le pudiera gustar más: no lamentaba que la observación de su epicureísmo, su egoísmo y su presunción la llevaran a descansar con gusto en el recuerdo del generoso temple de Edward, sus gustos simples y tímidos sentimientos.
En esos días Elinor tuvo noticias de Edward, o al menos de algunos sucesos relacionados con sus intereses, a través del coronel Brandon, que hacía poco había estado en Dorsetshire y que, dirigiéndose a ella al mismo tiempo como amiga desinteresada del señor Ferrars y gentil confidente suya, le conversaba largamente sobre la rectoría de Delaford, describía sus deficiencias y- le contaba qué pensaba hacer para solucionarlas. Su comportamiento hacia ella en esto, al igual que en todo lo demás; su sincero placer en verla tras una ausencia de tan sólo diez días; su disposición a conversar con ella y su respeto por sus opiniones, bien podían justificar que la señora Jennings estuviera convencida de que la quería, y quizá hasta habría bastado para que Elinor también lo sospechara si no creyera, como desde el comienzo, que Marianne seguía siendo su verdadera predilecta. Pero tal como eran las cosas, esa idea no se le habría pasado por la mente de no ser por las insinuaciones de la señora Jennings; y entre las dos, Elinor no podía evitar creerse mejor observadora: ella observaba los ojos del coronel, en tanto la señora Jennings sólo pensaba en su comportamiento; y mientras sus miradas de ansiosa inquietud cuando Marianne comenzó a sentir los primeros síntomas de un fuerte resfrío manifestados en dolores de cabeza y de garganta, al no estar expresadas en palabras escapaban completamente a la observación de la señora Jennings, ella podía descubrir en sus ojos los vivos sentimientos y la innecesaria alarma de un enamorado.
Dos deliciosas caminatas vespertinas al tercer y cuarto día de su estancia allí, no sólo por la grava seca entre los arbustos sino por todo el lugar, y especialmente por los rincones más alejados, donde había algo más de vida silvestre que en el resto, donde los árboles eran más añosos y la hierba más larga y húmeda, habían producido en Marianne -con la ayuda de la enorme imprudencia de quedarse con las medias y los zapatos mojados puestos- un resfrío tan violento que, aunque durante un día o dos ella intentó restarle importancia o negarlo, terminó por imponerse a través de malestares cada vez mayores, hasta no poder seguir siendo ignorado ni por ella misma ni por el interés de los demás. De todos lados le llovieron recetas que, como siempre, fueron rechazadas. Aunque se sentía débil y afiebrada, con los miembros adoloridos, tos y la garganta áspera, un buen sueño durante la noche la sanaría por completo; y fue con bastantes dificultades que Elinor pudo persuadirla, cuando se fue a la cama, de probar uno o dos de los remedios más sencillos.
CAPITULO XLIII
Al día siguiente, Marianne se levantó a la hora acostumbrada; a todas las preguntas respondió que se encontraba mejor, e intentó convencerse a sí misma de ello dedicándose a sus ocupaciones habituales. Pero haber pasado un día completo sentada junto a la chimenea temblando de escalofríos, con un libro en la mano que era incapaz de leer, o echada en un sofá, decaída y sin fuerzas, no hablaba muy bien de su mejoría; y cuando por fin se fue temprano a la cama sintiéndose cada vez peor, el coronel Brandon quedó simplemente atónito ante la tranquilidad de Elinor, que aunque la atendió y cuidó durante todo el día, en contra de los deseos de Marianne y obligándola a tomar las medicinas necesarias en la noche, tenía la misma confianza de ella en la seguridad y eficacia del sueño, y no estaba en verdad alarmada.