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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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Subieron hasta la sala. No había nadie allí.

– Supongo que Fanny está en su habitación -le dijo-; iré a buscarla de inmediato, porque estoy seguro de que no tendrá ningún inconveniente en verte a ti… lejos de ello, en realidad. Especialmente ahora… pero, de todos modos, tú y Marianne siempre fueron sus favoritas. ¿Por qué no vino Marianne?

Elinor la disculpó lo mejor que pudo.

– No lamento verte a ti sola -replicó él-, porque tengo mucho que hablar contigo. Este beneficio del coronel Brandon, ¿es verdad? ¿Realmente se lo ha ofrecido a Edward? Lo escuché ayer por casualidad, e iba a verte con el propósito de averiguar más sobre ello.

– Es completamente cierto. El coronel Brandon le ha dado el beneficio de Delaford a Edward.

– ¿Es posible? ¡Qué increíble! ¡No hay ninguna relación, ningún parentesco entre ellos! ¡Y ahora que los beneficios se negocian a un precio tan alto! ¿Cuánto da éste?

– Cerca de doscientas libras al año.

– Muy bien, y para la siguiente postulación a un beneficio de ese valor, suponiendo que el último titular haya sido viejo y de mala salud, y lo fuera a dejar vacante luego, podría haber conseguido, digamos, mil cuatrocientas libras. ¿Y cómo es posible que no arreglara ese asunto antes de que muriera esta persona? Por supuesto, ahora es muy tarde para venderlo, ¡pero alguien con el juicio del coronel Brandon! ¡Me extraña que haya sido tan poco previsor en algo por lo que es tan usual, tan natural preocuparse! Bien, estoy convencido de que casi todos los seres humanos tienen enormes incongruencias. Pensando en ello, sin embargo, supongo que esto puede ser lo que ha ocurrido: Edward mantendrá el beneficio hasta que la persona a quien el coronel realmente ha vendido la postulación tenga la edad suficiente para hacerse cargo de él. Sí, sí, es lo que ha ocurrido, puedes estar segura.

Elinor lo contradijo, sin embargo, terminantemente; y lo obligó a aceptar su autoridad en la materia contándole que el coronel Brandon le había encomendado a ella transmitir su ofrecimiento a Edward y, por tanto, tenía que entender bien los términos en que había sido hecho.

– ¡Es en verdad asombroso! -exclamó él, después de escuchar sus palabras-. ¿Y qué motivo habrá tenido el coronel para hacerlo?

– Uno muy sencillo: ayudar al señor Ferrars.

– Bien, bien; sea lo que fuere el coronel Brandon, ¡Edward Ferrars es un hombre afortunado! Sin embargo, no le menciones a Fanny este asunto; porque aunque lo ha sabido por mí y lo ha tomado bastante bien, no querrá oír hablar mucho de ello.

En este punto le costó algo a Elinor refrenarse de observar que, a su parecer, Fanny bien podría haber sobrellevado con compostura la adquisición de un capital por parte de su hermano a través de medios que no significaban un empobrecimiento ni para ella ni para su hijo.

– La señora Ferrars -añadió él, bajando la voz a un tono acorde con la importancia del tema hasta ahora no sabe nada de esto, y creo que será mejor ocultárselo mientras sea posible. Cuando se realice la boda, temo que deberá enterarse de todo.

– Pero, ¿por qué habría de tomarse tales precauciones? Aunque no se debiera suponer que la señora Ferrars pueda tener la menor satisfacción al saber que su hijo tiene el dinero suficiente para vivir… tal cosa sería impensable; pero, ¿por qué, después de lo que hizo, debe suponerse que a ella le importe algo? Ha terminado con su hijo, lo ha expulsado de su lado para siempre y ha hecho que todos aquellos sobre quienes tiene influencia hagan lo mismo. Con toda seguridad, después de haber hecho esto no es posible imaginarla capaz de sentir alguna pena o alegría relacionada con él…, no puede interesarle nada que le acontezca. ¡No será tan inconsistente como para despreocuparse del bienestar de un hijo, y luego seguir preocupándose por él como lo haría una madre!

– ¡Ay, Elinor! -dijo John -. Tu razonamiento es bueno, pero en su base hay ignorancia de lo que es la naturaleza humana. Cuando se lleve a cabo la infortunada unión de Edward, no te quepa duda de que su madre sufrirá tanto como si nunca lo hubiera arrojado de su lado; por ello, mientras sea posible, es necesario ocultarle todas las circunstancias que puedan adelantar ese terrible momento. La señora Ferrars nunca podrá olvidar que Edward es su hijo.

– Me sorprendes; habría creído que a estas alturas ya casi se le había borrado de la memoria.

– Estás completamente equivocada. La señora Ferrars es una de las madres más afectuosas que existen.

Elinor guardó silencio.

– Ahora -dijo el señor Dashwood tras una breve pausa-, estamos pensando que Robert se case con la señorita Morton.

Elinor, sonriendo ante el tono grave e importantísimo de la voz de su hermano, le respondió muy tranquila:

– La dama, me imagino, no tiene opción en esto.

– ¡Opción! ¿Qué quieres decir?

– Todo lo que quiero decir es que supongo, por tu forma de hablar, que a la señorita Morton le debe dar lo mismo casarse con Edward o con Robert.

– Por supuesto que no hay diferencia alguna; porque ahora Robert, para todos los efectos y propósitos, será considerado el hijo mayor; y en lo demás, ambos son jóvenes muy agradables… no he sabido que uno sea superior al otro.

Elinor no dijo nada más, y John también guardó silencio durante algunos instantes. Puso fin a sus reflexiones de la siguiente forma:

– De una cosa, mi querida hermana -le dijo tomándole una mano cariñosamente y hablándole en un impresionante susurro-, puedes estar segura: y te la haré saber, porque sé que te agradará. Tengo buenas razones para creer… en verdad, lo sé de la mejor fuente o no lo repetiría, porque en caso contrario sería muy incorrecto mencionarlo… pero lo sé de la mejor fuente… no que se lo haya escuchado decir exactamente a la misma señora Ferrars, pero su hija sí lo hizo, y ella me lo contó a mí… que, en resumen, más allá de las objeciones que pudo haber contra cierta… cierta unión… ya me entiendes… la señora Ferrars la habría preferido mil veces, no la habría molestado ni la mitad que ésta. Me sentí extremadamente contento de saber que lo veía desde esa perspectiva… una circunstancia muy gratificante, te imaginarás, para todos nosotros. “No habría tenido punto de comparación”, dijo, “de dos males, el menor; y ahora estaría dispuesta a transigir para que no ocurriese nada peor”. Pero todo eso está fuera de discusión: no hay que pensar en ello, ni mencionarlo; en lo referente a cualquier unión, ya lo sabes… no hay posibilidad alguna… todo eso ha terminado. Pero pensé contarte esto, porque sabía cuánto te complacería. No que tengas nada que lamentar, mi querida Elinor. No cabe duda de que lo estás haciendo muy bien… igual de bien o, si se toma en cuenta todo, quizá mejor… ¿Has estado con el coronel Brandon ahora último?

Elinor había escuchado lo suficiente si no para gratificar su vanidad y elevar su autoestima, para agitar sus nervios y hacerla pensar; y le alegró, por tanto, que la entrada del señor Ferrars la salvara de tener que responder a tanta cosa y del peligro de escuchar más a su hermano. Tras charlar durante algunos momentos, John Dashwood, recordando que aún no había informado a Fanny sobre la presencia de su hermana, abandonó la habitación en su búsqueda. Y Elinor quedó allí con la tarea de mejorar su relación con Robert, el cual, con su alegre despreocupación, con la satisfecha autocomplacencia que le permitía disfrutar de un tan injusto reparto del amor y de la generosidad de su madre en perjuicio de su hermano excluido… amor y generosidad de los que se había hecho merecedor tan sólo por su propia vida disipada y la integridad de ese hermano, confirmaba a Elinor en su más desfavorable opinión sobre su inteligencia y sentimientos.

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