Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
Marianne estaba notablemente mejor en- todo sentido, y el señor Harris la declaró por completo fuera de peligro. La señora Jennings, quizá satisfecha porque sus presagios habían recibido justificación parcial en la última alarma que habían vivido, se permitió confiar en el juicio del boticario y admitió con genuina alegría, y pronto con indudable gozo, la probabilidad de una completa recuperación.
Elinor no podía estar alegre. Su gozo era de una clase diferente, y llevaba a algo muy distinto a la alegría. Marianne devuelta a la vida, a la salud, a los amigos y a su amorosa madre, era una idea que le llenaba el corazón de exquisito consuelo y se lo expandía en fervorosa gratitud; pero no se manifestaba ni en demostraciones externas de alegría, ni en palabras o sonr isa s. Todo lo que abrigaba el pecho de Elinor era satisfacción, callada y fuerte.
Siguió junto a su hermana con escasos intermedios toda la tarde, calmando cada uno de sus temores, satisfaciendo cada una de las interrogantes de su debilitado espíritu, prestando todos los auxilios necesarios y vigilando casi cada mirada y cada aliento. Por supuesto, en algunos momentos se le hizo presente la posibilidad de una recaída, recordándole lo que era la ansiedad; pero cuando sus frecuentes y minuciosos exámenes le mostraron que continuaban todos y cada uno de los síntomas de recuperación, y a las seis vio a Marianne sumirse en un sueño tranquilo, ininterrumpido y, según todas las apariencias, confortable, acalló todas sus dudas.
Se acercaba ya el momento en que podía esperarse el regreso del coronel Brandon. A las diez, creía Elinor, o no mucho más tarde, su madre se vería libre del terrible suspenso con que ahora debía ir viajando hacia ellas. ¡Quizá también el coronel era apenas un poco menos merecedor de piedad! ¡Ah, cuán lento transcurría el tiempo que aún los mantenía en la ignorancia!
A las siete, dejando a Marianne todavía entregada a un dulce sueño, se unió a la señora Jennings en la sala para tomar té. Sus temores la habían mantenido incapaz de desayunar, y en la cena el giro repentino de los acontecimientos le había impedido comer mucho; el actual refrigerio, entonces, con los sentimientos de gozo con que Elinor llegaba a él, fue muy especialmente bien recibido. Al terminar, la señora Jennings quiso convencerla de que descansara algo antes de la llegada de su madre, y le permitiera a ella tomar su lugar junto a Marianne; pero Elinor no se sentía ni fatigada ni capaz de dormir, y no iba a permitir que la mantuvieran lejos de su hermana ni por un instante. La señora Jennings subió con ella entonces hasta la pieza de la enferma para constatar que todo seguía bien, la dejó allí entregada a su cometido y a sus pensamientos, y se retiró a sus habitaciones a escribir algunas cartas y luego a dormir.
La noche era fría y tormentosa. Si hubieran sido las diez, Elinor habría estado segura de que en ese momento escuchaba un carruaje acercándose a la casa; y fue tan grande su seguridad de haberlo escuchado, a pesar de que era casi imposible que ya hubieran llegado, que se dirigió al saloncito junto a la. pieza y abrió una celosía para constatar la verdad. En seguida vio que sus oídos no la habían engañado. De inmediato tuvo a la vista el brillo de los faroles de un carruaje. A su incierta luz le pareció distinguir que era tirado por cuatro caballos; y esto, aunque era señal del enorme temor de su madre, explicó en parte tan inesperada rapidez.
Nunca, en toda su vida, había encontrado Elinor más difícil mantenerse tranquila. Saber lo que su madre debía estar sintiendo en el momento en que el carruaje se detuvo ante la puerta… sus dudas, su miedo, ¡quizá su desesperación!, ¡y lo que ella debía decir!… sabiendo eso era imposible mantener la calma. Todo lo que quedaba por hacer era apresurarse; y así, quedándose sólo hasta que pudo dejar a la doncella de la señora Jennings con su hermana, corrió escaleras abajo.
El trajín que escuchó en el vestíbulo mientras. pasaba por un recibidor interior, le confirmó que ya estaban en la casa. Avanzó a toda pr isa hacia la sala, entró… y allí vio únicamente a Willoughby.
CAPITULO XLIV
Elinor, retrocediendo con una mirada de horror al verlo, obedeció al primer impulso de su corazón y se volvió a toda pr isa para abandonar la habitación; su mano ya se encontraba en el tirador de la puerta cuando Willoughby la detuvo al avanzar rápidamente hacia ella y decirle, en un tono más imperativo que suplicante:
– Señorita Dashwood, media hora… diez minutos… le ruego que se quede.
– No, señor -replicó ella con firmeza-, no me quedaré. Nada tengo que ver yo en sus asuntos. Supongo que los criados olvidaron decirle que el señor Palmer no se encontraba en casa.
– Aunque me hubieran dicho -exclamó él con gran vehemencia- que el señor Palmer y toda su parentela estaban en el infierno, no me habrían movido de la puerta. Es con usted que quiero hablar, sólo con usted.
– ¡Conmigo! -había enorme asombro en su voz-. Bien, señor… sea rápido, y si le es posible, menos vehemente.
– Siéntese, y acataré ambas órdenes.
Elinor vaciló; no sabía qué hacer. La posibilidad de que llegara el coronel Brandon y lo encontrara ahí se le cruzó por la mente. Pero le había prometido escucharlo, y en ello estaba comprometida su curiosidad no menos que su honor. Tras un momento de reflexión, entonces, que la llevó a concluir que la prudencia exigía darse pr isa y que su consentimiento era lo que mejor podía lograrlo, caminó en silencio hacia la mesa y se sentó. El ocupó una silla frente a ella, y durante medio minuto no cruzaron palabra.
– Le ruego sea rápido, señor -le dijo Elinor en tono impaciente-, no tengo tiempo que perder.
Sentado con aire de profunda meditación, él pareció no haberla oído.
– Su hermana -dijo abruptamente un momento después- está fuera de peligro. El criado me lo dijo. ¡ Gra cias a Dios! Pero, ¿es verdad? ¿Realmente es verdad?
Elinor no le respondió. Repitió él entonces la pregunta, con mayor urgencia aún.
– Por el amor de Dios, dígamelo: ¿está o no está fuera de peligro?
– Esperamos que lo esté.
Willoughby se levantó y cruzó la habitación.
– Si lo hubiera sabido tan sólo media hora antes… Pero ya que estoy aquí -habló con forzada vivacidad mientras volvía a la mesa-, ¿qué importa? Por esta vez, señorita Dashwood… quizá sea la última vez… alegrémonos juntos. Estoy de humor para la alegría. Dígame sinceramente -sus mejillas se iluminaron de un rubor más profundo- ¿cree que soy más un canalla o un necio?
Elinor lo contempló más estupefacta que nunca. Comenzó a pensar que debía estar ebrio: era lo único que podía explicar tan extraña visita, tan insólitos modales; y con esta impresión, se puso inmediatamente de pie, diciendo:
– Señor Willoughby, le aconsejaría en este momento que volviera a Combe. No puedo seguir perdiendo el tiempo con usted. Sea lo que fuere que desea tratar conmigo, será mejor que reflexione y me lo explique mañana.
– La comprendo -replicó él con una sonr isa expresiva y voz perfectamente tranquila-. Sí, estoy muy ebrio. Una pinta de cerveza con que acompañé las carnes frías que comí en Marlborough bastó para trastornarme.
– ¡En Marlborough! -exclamó Elinor, entendiendo cada vez menos lo que ocurría.
– Sí; salí de Londres hoy a las ocho de la mañana y los únicos diez minutos que pasé fuera de mi calesín desde esa hora, fueron los que dediqué a una ligera merienda en Marlborough.
La firmeza de sus modales y la inteligencia de su mirada mientras hablaba convencieron a Elinor de que, cualquiera fuese la imperdonable locura que lo traía a Cleveland, no se trataba de ebriedad; y tras pensar durante unos instantes, dijo: