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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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Aquel sin duda podía calificarse de despejado. Era uno de esos centelleantes días de invierno coronados por un cielo azul sin una sola nube. Se alegraba de llevar su abrigo de lana más grueso, guantes y bufanda, aunque los inviernos franceses no eran nada comparados con sus homólogos daneses.

París siempre le había desconcertado. Nunca le había causado una gran impresión. En realidad, le gustaba una frase de Pulp Fiction que decía el personaje de Travolta con desenfado: “Allí tienen las mismas cosas, pero con pequeñas diferencias”. Él y Jesper habían visto la película años atrás, intrigados por su premisa, pero a la postre sintieron rechazo por su violencia. Hasta hace dos días no se había planteado el uso de la violencia más que en defensa propia. Pero había disparado a Amando Cabral y a su cómplice sin un ápice de remordimiento, y eso le preocupaba. Malone tenía razón. No podía andar por ahí matando gente.

Pero al mirar a Graham Ashby, que se encontraba cerca de Larocque, contemplando París desde el gélido mirador, se dio cuenta de que asesinar a aquel hombre sería un placer. Era curioso cómo su mundo había llegado a definirse por el odio. Se obligó a pensar en cosas agradables. Su rostro y su estado de ánimo no debían dejar entrever lo que tenía en mente. Había llegado hasta allí. Ahora había que ir hasta el final.

Ashby sabía lo que esperaba Eliza Larocque. Quería que un pequeño avión cargado de explosivos se estrellara contra la iglesia del Domo, en el extremo sur de los Inválidos. Un gran espectáculo.

A los fanáticos que se habían ofrecido voluntarios para aceptar una responsabilidad absoluta sobre los hechos les encantaba la idea. Aquel gesto sería un macabro recuerdo del 11-S, aunque a menor escala y sin cobrar vidas humanas. Por eso se había elegido el día de Navidad: los Inválidos y la iglesia estarían cerrados.

Simultáneamente al atentado de París, otros dos monumentos nacionales, el Musée d’Aquitaine en Burdeos y el Palais des Papes en Aviñón, serían bombardeados. Ambos también estaban cerrados. Los tres actos eran puramente simbólicos.

Cuando dieron la vuelta al mirador, deleitándose con la vista, Ashby divisó un carro en llamas y una columna de humo elevándose delante de la iglesia de los Inválidos. Parecían haber acudido al lugar numerosos vehículos de policía, bomberos y emergencias. No fue el único que lo vio. Pudo oír algunos comentarios, pero nadie se mostró muy preocupado. La situación parecía controlada. Sin duda, Lyon tenía algo que ver con el fuego, pero ignoraba los planes del surafricano. No le había dado detalles y tampoco quería saberlos. El único requisito era que ocurriese a mediodía.

Ashby miró su reloj. Había llegado el momento de marcharse.

Se alejó de los demás mientras Larocque guiaba al grupo por el mirador. Observó que Larocque había empezado por la cara norte y que luego se había dirigido hacia la plataforma que daba al oeste. Cuando el grupo dio la vuelta en dirección sur, salió rápidamente por la puerta que conducía a la sala de observación cerrada. Lentamente, cercó el panel de cristal y colocó el candado en la parte inferior. Guildhall había efectuado un exhaustivo reconocimiento del piso superior y había descubierto que las dos puertas que llevaban arriba desde la parte cerrada estaban equipadas con cerrojos que se accionaban con un simple empujón y se abrían con una llave que solo llevaba el personal de seguridad.

Pero aquel día no.

Larocque había negociado que el club dispusiera de una hora en las alturas sin que nadie los molestara y esa hora terminaría hacia las 12.40, veinte minutos antes de que abrieran las taquillas situadas doscientos setenta y cinco metros por debajo y los visitantes empezaran a subir en tropel.

Ashby descendió rápidamente catorce escalones metálicos y cruzó hasta el lado este. Larocque y los demás se encontraban todavía en la cara sur, disfrutando de la vista. Subió las escalera metálicas hasta el segundo piso, movió silenciosamente el grueso panel de vidrio y echó el cerrojo.

El Club de París estaba encerrado arriba.

Bajó las escaleras, entró en uno de los ascensores y pulsó el botón.

– Tengo la información que me pediste -le comunicó Daniels a Malone-. En este momento seis aviones sobrevuelan el espacio aéreo parisino. Cuatro son aviones comerciales que se aproximan a Orly y al Charles De Gaulle. Los otros dos son privados -el presidente hizo una pausa-. Ambos actúan de forma extraña.

– ¿Qué significa eso? -preguntó Stephanie.

– Uno de ellos no responde a las órdenes que se le han dado por radio. El otro sí, pero no ha seguido las indicaciones.

– Y ambos se dirigen hacia aquí -dedujo Malone adivinando la respuesta.

– Uno desde el sureste y el otro desde el suroeste. Podemos ver el que se acerca desde el suroeste. Es un Beechcraft.

Malone golpeó la ventana de la cabina.

– Rumbo al sureste -ordenó al piloto, que había escuchado la conversación.

– ¿Está seguro? -preguntó Daniels.

– Lo está -respondió Stephanie.

En ese momento, Malone vio una explosión aérea a su derecha, a unos ocho kilómetros de distancia. El Skyhawk había saltado por los aires.

– Me informan que el primer avión ha sido derribado -dijo Daniels.

– Y apuesto a que hay otro Skyhawk -repuso Malone-. Al sureste. Y viene hacia aquí.

– Correcto, Cotton -dijo Daniels-. Acabamos de verlo. Los colores y las insignias son iguales a los que llevaba el que acabamos de derribar.

– Ese es el objetivo -dijo Malone-. El que protege Lyon.

– Y tienen otro problema -dijo el presidente.

– Ya lo sé -repuso Malone-. No podemos derribar este avión. Está sobrevolando la ciudad.

Oyó a Daniels suspirar.

– Parece que ese hijo de puta lo ha planeado todo a conciencia.

Eliza oyó una explosión lejana al otro lado de la torre. Se encontraba en el tramo sur de la plataforma, mirando hacia el Champ de Mars. A ambos lados de la vieja plaza de armas había viviendas privadas, bloques de pisos de lujo y amplias avenidas.

A su izquierda vio los Inválidos y la cúpula dorada de la iglesia todavía intacta. Se preguntó qué había sido aquel ruido, consciente de que todavía faltaban unos minutos para lo que había planeado durante tanto tiempo. Ashby le había dicho que el avión llegaría del norte y sobrevolaría el Sena siguiendo un localizador oculto en la cúpula unos días atrás. El avión iría cargado de explosivos y, sumados a los tanques de combustible casi llenos, las explosiones resultantes prometían ser todo un espectáculo. Ella y los demás gozarían de una fantástica panorámica a casi trescientos metros de altura.

– ¿Vamos a la cara este a dar un último vistazo antes de bajar? -preguntó Larocque.

El grupo dobló una esquina. Larocque había planeado cuidadosamente su ruta por la plataforma para que fueran contemplando lentamente la vista de aquel precioso día y acabaran orientados a los Inválidos, situado al este.

Larocque miró a su alrededor.

– ¿Alguien ha visto a lord Ashby?

Algunos negaron con la cabeza.

– Iré a buscarlo -dijo Thorvaldsen.

El Westland Lynx voló en dirección al Skyhawk. Malone miró por la ventanilla y localizó el avión.

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