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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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Malone no oyó cómo se cerraba la puerta del helicóptero, pero sintió que el torno empezaba a soltar cable. Colocó los brazos a los lados y se inclinó boca abajo con las piernas extendidas. La sensación de caída era inexistente gracias a la firme tensión del acero.

Malone inició el descenso y, como había predicho el soldado, sintió una sacudida. El Skyhawk volaba quince metros por debajo. El torno continuaba soltando cable y poco a poco se fue aproximando a la superficie del ala.

Un aire helado le azotaba el cuerpo. El overol y el gorro de lana ofrecían cierta protección, pero empezaron a agrietársele la nariz y los labios. Sus pies tocaron el ala.

El Skyhawk se tambaleó ante aquel ultraje, pero no tardó en estabilizarse. Malone retrocedió lentamente y con un gesto pidió más cable mientras avanzaba hacia la puerta de la cabina, situada en el lado del piloto.

Una ráfaga de aire frío lo desequilibró y su cuerpo se balanceó. Malone se asió con firmeza al cable y consiguió acercarse de nuevo al avión. Una vez más, hizo un gesto y sintió que el cable se alargaba.

El Skyhawk era un aparato resistente a grandes rachas de viento, con los alerones montados en la parte superior del fuselaje y apoyados sobre montantes en diagonal. Para entrar tendría que deslizarse por debajo del ala. Con un gesto, Malone pidió que el helicóptero redujera la altura para poder bajar un poco más. El piloto pareció intuir sus pensamientos y descendió para que quedara al nivel de las ventanas de la cabina.

Malone miró en el interior. Los asientos traseros habían sido arrancados y los paquetes envueltos en papel de periódico se amontonaban hasta el techo. El viento lo zarandeaba con fuerza y, pese a las gafas, el aire le resecaba los ojos.

Malone pidió más cable y, cuando este se destensó, se agarró al borde del flap y maniobró para llegar al montante, afianzando los pies sobre el tren de aterrizaje y encajando el cuerpo bajo el ala. Su peso alteró la aerodinámica del avión y vio cómo los elevadores y los flaps lo compensaban.

La cabria continuó soltando cable y entonces se detuvo. Al parecer, el soldado se dio cuenta de que ya no había tensión.

Malone acercó la cara a la ventana de la cabina y miró en el interior. En el asiento del pasajero había una pequeña caja gris. Unos cables llegaban hasta el panel de instrumentos. Malone observó de nuevo los paquetes envueltos. En el espacio que quedaba entre los dos asientos delanteros los paquetes estaban al descubierto y revelaban un material de color lavanda. Se trataba de explosivos plásticos. Posiblemente C-83, dedujo. Eran potentes.

Malone debía entrar en el Skyhawk, pero antes de que pudiera decidir su próximo movimiento, notó que el cable retrocedía. Estaban remolcándolo hacia el helicóptero y, con el ala de por medio, no podía decirles que no lo hicieran. Ahora no podía volver. Antes de que el cable tirara de él, soltó la abrazadera y quitó el gancho, que continuó su ascenso.

Malone se asió al montante y extendió el brazo hacia el tirador. La puerta se abrió.

El problema era el ángulo. Él se encontraba posiciona-do hacia adelante, las bisagras quedaban a su izquierda y la puerta se abría hacia la parte frontal del avión. El aire que llegaba desde el morro por debajo del ala jugaba en su contra y cerraba la puerta.

Con los dedos de la mano izquierda, enfundados en unos guantes, agarró el borde exterior de la puerta y mantuvo la mano derecha en el montante. Por el ángulo del ojo vio cómo el helicóptero descendía. Malone consiguió abrir la puerta resistiendo la fuerza del viento, pero descubrió que las bisagras dejaban de ceder a noventa grados, lo cual le impedía deslizarse en el interior. Solo tenía una salida.

Malone se soltó del montante, cogió la puerta con las dos manos e inclinó el cuerpo hacia el interior de la cabina. La velocidad del aire presionó inmediatamente las bisagras, el paracaídas golpeó el fuselaje y el panel metálico lo lanzó contra la abertura de la puerta. Malone logró mantenerse y lentamente metió la pierna derecha en la cabina y luego el resto del cuerpo. Por suerte, el asiento del piloto estaba completamente reclinado. Cerró la puerta y suspiró aliviado.

La palanca de mando giraba a izquierda y derecha con un ritmo constante. En el panel de instrumentos localizó el radiogoniómetro. El avión mantenía su rumbo hacia el noroeste. Un GPS, que dedujo que estaría conectado al piloto automático, parecía controlar el vuelo pero, curiosamente, el piloto automático estaba desactivado.

Vio de soslayo un movimiento y al volverse divisó el helicóptero, que se aproximaba al extremo del ala izquierda. En la ventanilla de la cabina había un letrero con números. Stephanie señaló los auriculares y los números. Malone comprendió el mensaje.

La radio del Skyhawk se encontraba a su derecha. Encendió el aparato y encontró la frecuencia de los números que ella le había indicado. Se quitó el gorro de lana, se colocó los auriculares con micrófono y dijo:

– Este avión está lleno de explosivos.

– Justo lo que necesitaba escuchar -respondió Stephanie.

– Llévelo a tierra firme -añadió Daniels.

– El piloto automático está desactivado…

De repente, el Skyhawk viró a la derecha. No era un movimiento precipitado, sino un cambio de rumbo completo. Malone vio cómo la palanca de cambio se inclinaba hacia adelante y luego hacia atrás; los pedales funcionaban solos, controlando el timón en un abrupto viraje.

Con otro giro repentino, la lectura del GPS indicó que el avión había puesto rumbo al oeste y ascendía a ocho mil pies, con una velocidad algo inferior a los cien nudos.

– ¿Qué pasa? -preguntó Stephanie.

– Este trasto piensa por sí solo. Ha dado un giro de sesenta grados.

– Cotton -dijo Daniels-. Los franceses han calculado el rumbo. Va directo a los Inválidos.

De ningún modo. Estaban equivocados. Al recordar lo que había caído de la bolsa de Selfridges la noche anterior, Malone supo dónde terminaría aquella aventura. Miró por la ventana y vio el auténtico blanco a lo lejos.

– No es ahí adonde nos dirigimos. Este avión va hacia la Torre Eiffel.

LVI

Eliza se acercó a la puerta de cristal y movió el picaporte. Miró a través del grueso vidrio y vio que alguien había colocado un cerrojo por dentro. Era imposible que hubiese ocurrido de manera accidental.

Uno de los miembros del grupo apareció por la esquina.

– No hay ninguna otra salida en esta plataforma y no he visto ningún teléfono público.

Más arriba, cerca de la plataforma vallada, Larocque vio la solución al problema: una cámara de un circuito cerrado de televisión enfocada hacia ellos.

– Seguro que algún agente de seguridad nos está viendo. Solo tenemos que llamar su atención.

– Me temo que no será tan sencillo -observó Thorvaldsen.

Eliza lo miró, temiendo lo que pudiera decir, pero consciente de lo que se avecinaba.

– Sea lo que sea lo que ha planeado lord Ashby -dijo-, seguro que ha tenido eso en cuenta y también el hecho de que algunos de nosotros llevaríamos teléfonos. Tardarán algunos minutos en subir hasta aquí. Así que, ocurra lo que ocurra, será pronto.

Malone sintió cómo el avión descendía. Su mirada se clavó en el altímetro. Siete mil pies y bajando.

– ¿Qué diablos…?

La caída cesó a 5.600 pies.

– Propongo que envíen el caza -dijo-. Puede que sea necesario hacer estallar este avión en el aire -Malone miró los edificios, las carreteras y la gente-. Haré lo que pueda por variar el rumbo.

– Me informan que tendrá un caza escoltándolo en menos de tres minutos -dijo Daniels.

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