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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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En el Servicio Secreto, Sam había oído rumores sobre la posible manipulación de Bin Laden, pero esas investigaciones eran confidenciales y se gestionaban muchos escalafones por encima del suyo. Quizá sus publicaciones sobre el tema fueron lo que motivó a sus superiores a presionarlo. Oír a Eliza Larocque mencionar muchos argumentos sobre los que él había especulado públicamente no hicieron sino confirmar lo que sospechaba desde hacía tiempo: estaba más cerca de la verdad de lo que imaginaba.

Ashby escuchó con sumo interés las palabras de Larocque y empezó a dilucidar lo que esta maquinaba. Aunque le había pedido que negociara con Peter Lyon, Larocque no le había hecho partícipe de la esencia del plan.

– El problema de la maniobra de Bin Laden -afirmó- es que no previo dos cosas. En primer lugar, el mercado de valores estadounidense permaneció cerrado cuatro días después de los atentados. Y, en segundo lugar, existen procedimientos automáticos para detectar la venta al descubierto. Uno de ellos, los “informes azules”, analiza los volúmenes de negocio e identifica amenazas potenciales. Esos cuatro días de cierre dieron tiempo a que las autoridades del mercado se percataran de la maniobra, al menos en Estados Unidos. Pero en el extranjero, los mercados continuaron funcionando y se obtuvieron beneficios rápidamente antes de que nadie pudiera detectar la manipulación.

Ashby rememoró los días posteriores al 11 de septiembre de 2001. Larocque tenía razón. Munich Re, la segunda compañía reaseguradora más importante de Europa, perdió casi dos mil millones de dólares por la destrucción del World Trade Center y sus acciones cayeron en picado después de los ataques. Un vendedor al descubierto con conocimientos podría haber ganado millones.

También recordó lo ocurrido en otros mercados. El Dow Jones cayó un 14 por ciento, el Standard & Poor’s 500 Index se contrajo un 12 por ciento y el NASDAQ Composite un 16 por ciento: esos mismos resultados se reflejaron en todos los mercados extranjeros durante las semanas posteriores a los atentados. Su propia cartera había sufrido una sacudida y, de hecho, fue el comienzo de una espiral descendente que empeoró de manera progresiva.

Y lo que decía Larocque sobre los derivados era cierto. No eran más que apuestas arriesgadas con dinero prestado. Tipos de interés, divisas extranjeras, acciones, fracasos empresariales: los inversores, los bancos y los corredores de bolsa jugaban con todo ello. Sus analistas financieros le dijeron en una ocasión que cada día se ponían en riesgo ochocientos billones de euros en todo el mundo. Ahora se daba cuenta de que tal vez pudiera sacar rédito de todo aquel riesgo. De haberlo sabido antes…

La mujer había visto la pistola y Malone lo sabía. Los ojos de la terrorista se clavaron en los suyos.

– Adelante -gritó en francés-. Hazlo.

La mujer pulsó el detonador. No ocurrió nada.

Lo hizo una vez más. Nada.

El desconcierto se apoderó de su rostro.

LII

Thorvaldsen estaba sentado con rigidez en la silla, aunque le costaba mantener la compostura. Allí estaba aquella mujer, explicando tranquilamente cómo un terrorista sacaba provecho del asesinato de miles de personas inocentes. Hablaba sin agravio, sin disgusto. Al contrario, Eliza Larocque sentía admiración por semejante gesta.

Graham Ashby también parecía impresionado. Eso no era ninguna sorpresa. Su personalidad amoral no tendría reparos en aprovecharse de la desgracia ajena. Thorvaldsen se preguntaba si Ashby había pensado alguna vez en los siete muertos de Ciudad de México. ¿O simplemente habría respirado hondo porque sus problemas al fin habían quedado resueltos? Desde luego, ignoraba el nombre de los muertos. De lo contrario, habría reaccionado cuando los presentaron. Pero no dio muestras de reconocerlo. ¿Por qué iba a conocer a las víctimas? ¿Por qué iban a importarle? Amando Cabral había recibido la orden de arreglar el agravio y cuantos menos detalles conociera Ashby, mejor.

– ¿Por qué no hemos oído hablar nunca de esto? -preguntó Ashby.

– En Internet circulan rumores desde hace años -dijo Larocque-. Les Echos,un periódico económico francés que goza de bastante reputación, publicó un artículo sobre el tema en 2007. Varios periódicos estadounidenses han recogido esa historia. Algunas personas próximas al gobierno de Estados Unidos a las que conozco personalmente, aseguran que esta cuestión se ha clasificado como confidencial. Imagino que los estadounidenses no quieren que esos rumores sean corroborados. Oficialmente, la Comisión de Bolsa y Valores ha declarado que no hubo transferencia de información privilegiada.

Ashby soltó una carcajada.

– Típico de los yanquis. Entierran las cosas con la esperanza de que desaparezcan.

– Cosa que ocurrió -dijo otro miembro del grupo.

– Pero podemos aprender de esa iniciativa -repuso Larocque-. De hecho, llevo algún tiempo estudiándola.

Malone bajó el arma mientras los hombres de seguridad se abalanzaban sobre la mujer como un enjambre. Le inmovilizaron los brazos y las manos y la sacaron del patio de honor.

– ¿Cómo sabías que era un farol? -preguntó Stephanie.

– Esa bomba no era nada. Podrían haber hecho estallar toda la iglesia. Lyon contaba con una red de seguridad y la aprovechó -Malone señaló con la Beretta el detonador que descansaba sobre el pavimento-. Ese trasto no activa nada.

– ¿Y si llegas a estar equivocado?

– No lo estaba.

Stephanie meneó la cabeza.

– Lyon no nos trajo hasta aquí para matarnos -dijo Malone-. Sabía que Ashby juega a dos bandas. Lo hizo porque quería que estuviésemos aquí.

– Esa mujer no sabía nada. Su mirada lo decía todo. Estaba dispuesta a hacer saltar algo por los aires.

– Siempre hay un tonto dispuesto a hacer el trabajo sucio. Lyon la utilizó para ganar tiempo. Quiere mantenernos ocupados, al menos hasta que esté preparado para nosotros.

Desde el interior del patio, rodeados por los edificios de cuatro plantas de los Inválidos, no podían ver la Torre Eiffel. ¿Qué estaría ocurriendo allí con Sam y Henrik? Malone pensó de nuevo en la cúpula y el transpondedor.

– Supongo que cuando apagamos ese dispositivo de búsqueda dimos la señal para que comenzara el espectáculo.

La radio de Stephanie se activó.

– ¿Está ahí? -la voz tenía un registro de barítono grave reconocible al instante. Era el presidente Danny Daniels.

Stephanie se mostró sorprendida.

– Sí, señor, aquí estoy -respondió.

– ¿Cotton está con usted?

– Sí.

– El Estado Mayor pretendía comunicarse con usted, pero me ha parecido más oportuno hablarle yo mismo. No tenemos tiempo para interpretaciones. Hemos estado realizando un seguimiento y tiene usted un buen problema ahí. Aquí va otro contratiempo: hace seis minutos, un pequeño avión se ha apartado de su ruta y no ha aterrizado en el Aeropuerto de París-Le Bourget como estaba previsto.

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